La modernidad líquida y la necesidad de formar a los educadores con valores sólidos

MIQUEL R. PLANAS, antropólogo.

Desde aquella frase proverbial escrita por el filósofo griego Heráclito, “Todo fluye, todo cambia, nada permanece”, hasta nuestros días, han pasado más de veintisiete siglos y parece que sea de una actualidad absoluta. Hoy en día nos encontramos en un mundo donde una infinidad de objetos, cosas, circunstancias, acontecimientos y fenómenos diferentes, cambian constantemente de forma tan rápida como las informaciones que nos transmiten las nuevas tecnologías que invaden la vida cotidiana de tantos miles de personas.

 Elefantes dalinianos. Foto: Jon Ander.

Elefantes dalinianos. Foto: Jon Ander.

Vivimos en un mundo cambiante como jamás se había visto antes, la información de todas las partes del globo navega a una velocidad de vértigo. Lo que ocurre, de un extremo a otro del planeta, se puede conocer con un simple cliquear de cualquier dispositivo que tenga Internet. 

Todo fluye, todo cambia, nada permanece, en el plano económico, en lo cultural, lo social, lo político, lo religioso, lo personal y en definitiva, en la globalidad de las cosas. La sociedad misma es un producto con fecha de caducidad y constante movimiento.

“La sociedad misma es un producto con fecha de caducidad”

Así pues, las enseñanzas de Heráclito recogidas por Diógenes Laercio, en su obra titulada De la naturaleza, podrían aparecer como titulares de cualquiera de los periódicos que a diario nos transmiten noticias, opiniones, sensaciones, etc.

La capacidad cambiante de las noticias en los medios de comunicación e Internet, sumergen al ser humano de hoy en una complejidad de contradicciones y de paradojas informativas. Aturden de tal modo que la misma filosofía oriental corrobora con las ancestrales técnicas del Feng Shui y con los pensamientos de muchos filósofos: el simple hecho de descansar en el proceso del sueño; cuando despertamos, dejamos de ser el mismo que habíamos sido poco antes de dormirnos. Esto, trasladado a las relaciones humanas, crea un relativismo y una concepción de que todo es líquido y de que nada permanece. Lo cual no significa que el permanecer en algo sea lo decisivo, ya que en la misma naturaleza el fluir de las cosas es sinónimo de salud, bienestar y prosperidad.

“Todo es líquido y nada permanece”

Nuestro mundo, en palabras de Jean-Paul Sartre, filósofo del siglo XX, crea un vacío, una “náusea” que pervierte la percepción del mismo, y esto lleva a una existencia caótica, frágil, sin sentido ni propósito alguno. La fluidez y la liquidez de las cosas hacen que percibamos como una enfermedad y no como una certeza ordinaria todo lo que nos rodea.

El ser humano de hoy no se comprende a sí mismo por no haber tenido tiempo de que nada haya quedado estable en él, de forma permanente, y lo único que parece descubrir es un vacío, un caos que le causa una auténtica náusea.

“El ser humano de hoy no se comprende a sí mismo por no haber tenido tiempo de que nada haya quedado estable en él”

En este sentido y siguiendo los pasos del sociólogo Zygmunt Bauman, la vida líquida impone una dinámica de pensamiento donde se concibe la capacidad para poder conseguir las cosas de manera instantánea como algo muy bueno, totalmente privilegiado e incluso como muestra de superioridad jerárquica. Se ha apoderado de los seres humanos el pensamiento de que el tiempo va en contra nuestro y, por lo tanto, escapar del suplicio que es la paciencia y la postergación, significa huir de la obligación y tener más oportunidades para consumir y avanzar.

“La vida líquida impone una dinámica donde se concibe la capacidad para poder conseguir las cosas de manera instantánea como muestra de superioridad jerárquica”

A diferencia de la vida líquida, la solidez vivida de antaño se enfrentaba a un estado real de monotonía, de tranquilidad y de uniformidad, e incluso podía caber la posibilidad de pensar en el viaje de la eternidad, basado en intentar ser bueno en la vida terrenal para tener una mejor vida en el trasmundo. Pero, una vez sumergidos en la liquidez, ya no hay objetivos ni metas claras donde apuntar. Las cosas fluyen, y el fluir trae consigo cambios que complican el cumplimiento de cualquier misión. Cuando un nuevo comenzar aparece, hay que pensar que llega de la mano de su momento final.

“Cuando un nuevo comenzar aparece, llega de la mano de su momento final”

Debido a la aparición de un sinfín de comienzos y de finales, la vida líquida debe entenderse como una serie incesante de momentos de usar y tirar, que dan faena a la industria de la eliminación de residuos. La muestra de perseverancia es un peligro para la movilidad y, como tal, debe ser desechable, y a sabiendas de que la vida líquida no puede detenerse, es necesario poder desprenderse de todo aquello que rebosa su fecha de caducidad. Hay que andar ligero en el camino de la modernidad.

“La vida líquida debe entenderse como una serie incesante de momentos de usar y tirar”

Es por este motivo que la modernidad líquida y el individualismo que ésta genera en la sociedad, plantea un reto a nivel educativo, debido a que se necesita preparar a la generación actual para saber manejar el tiempo en que vive, en especial el consumismo que promueve la poca durabilidad de las cosas.

“Las tecnologías abren un camino de informaciones que pueden abocarnos a la brutalidad de la liquidez y a la frívola superficialidad”

En nuestros días, la tecnología resulta ser la paradoja de la enseñanza. Si no conocemos bien los elementos transitorios de la misma y aquellos que pueden ser permanentes, nunca podremos llegar a concretar una enseñanza adecuada sobre los futuros educadores. Es decir, que las tecnologías nos abren un vasto camino de informaciones que si no se manejan adecuadamente, pueden abocarnos a la brutalidad de la liquidez y a la frívola superficialidad de las cosas.

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