El viajero ceremonioso

SERGIO COFFERATI

Amigos míos, “creo que ha llegado la hora de desprenderme del equipaje, aunque desconozco la hora de llegada y no sé qué estaciones hay antes de la mía. Algunas señales seguras me dicen, según se afirma por estos lugares, que pronto tendré que dejaros. Quiero que me perdonéis aquellas pequeñas molestias que os he causado. Creedme: estoy orgulloso de haber partido con vosotros y os quedo agradecido por vuestra compañía. Todavía quiero conversar, largo y tendido, con vosotros, porque el lugar de destino me es desconocido. Sin embargo, siento que me acordaré muchas veces en mi nuevo sitio, mientras mis ojos ven por la ventanilla, más allá del humo húmedo de la densa niebla que nos envuelve, el disco rojo de la estación”.

Foto: Unsplash.

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Son palabras del “Viaggatore cerimonioso” de Giorgio Caproni que escogí para saludar a las compañeras y compañeros de la dirección de la CGIL. Figuraos: yo que nunca he sido ceremonioso. El caso es que las encontré apropiadas. Después, las cosas del mundo y los acontecimientos de estos meses aconsejaron a Guglielmo (1), a un servidor y al grupo dirigente de la CGIL aplazar unas semanas el momento de la despedida. Lo hicimos para rebatir las vulgares acusaciones de contigüidad entre las luchas sindicales y el terrorismo. Lo hicimos con la firmeza que se necesitaba y con la necesaria prudencia, recordando a todo el mundo que la historia habla por nosotros. Una historia llena de coraje, de firmeza y rigor combatiendo y favoreciendo la derrota del terrorismo, incluso cuando brotó en el mundo del trabajo. El rechazo de la violencia, que intentaba representar incluso los deseos más apremiantes y seculares, es antiquísimo por nuestra parte. Viene desde nuestros orígenes; siempre hemos sido enemigos del terrorismo. Los primeros que lo han señalado, desde sus delirios, han sido los terroristas. Lo han señalado cuando atacaron nuestros locales y asesinaron a personas que trabajaron con nosotros: desde el profesor Tarantelli a Massimo d’Antona y Marco Biagi.

Siempre hemos estado juntos porque era necesario. Nunca pensé que no podría alcanzar el objetivo que me propuse al dejar la organización en el natural vencimiento de mi mandato. Pero ya ha llegado el momento y, como siempre, la separación produce dolor. Hemos atravesado juntos un largo recorrido de la historia reciente. Hoy dejo a mis espaldas veintiséis años de dirigente de diversas estructuras de la CGIL. La última de ellas ha sido de carácter confederal. No es éste el momento de hacer balance. Lo haré en otro lugar, y ya tendré ocasión de hablar de las esperanzas y emociones que he tenido y vivido con vosotros.

Ahora deseo reclamar vuestra atención. Quiero expresar en voz alta algunos de los rasgos más originales de las experiencias más recientes o, al menos, los que así me lo parecen. Una experiencia que ha cambiado -mientras iban pasando los días- la función y el papel del sindicato en esta sociedad. Son hechos recientes y, con frecuencia, son hechos incontestables. No es, todavía, el poso de nuestra historia. Y estos análisis son, a veces, afortunadamente apasionantes. Son cambios que, en mi opinión, serán irreversibles.

Por eso creo que me puedo permitir hacer algunas consideraciones que he vivido de cerca. Y, junto a vosotros, las he estimulado. La crisis de la representación política, desde los inicios de los noventa, y la exigencia de estabilidad de este país, Italia, ha dado vida a un nuevo equilibrio de la representación, a toda la representación política, institucional y social. El bipolarismo imperfecto que se ha creado, por efecto de las reglas electorales, ha repercutido en todo y también en nuestras funciones y nuestro papel. Hoy se puede decir que la independencia de las grandes organizaciones, empezando por las sindicales, incrementa su importancia en este mundo que cambia las reglas. Pero esta autonomía no se mide con la capacidad de negociar indiferentemente con sujetos de inspiración política o de diversa legitimación, representando intereses materiales. Cierto, el fundamento de la independencia era (y sigue siendo) el propio y específico punto de vista, entendido como la capacidad de resolver problemas reales en el interés de los representados y en un cuadro general ventajoso para toda la comunidad. Sabemos perfectamente que nuestra representación es limitada; pero el programa de un sindicato es lo que la traduce en un estímulo coherente y general, con unos efectos que después repercutirán en todos. Un programa que tiene objetivos concretos que se refieren a valores compartidos; y los valores de una organización son los que definen la identidad. Por ello, es un error cuando se teoriza o practica la neutralidad del sindicato entre la derecha y la izquierda, también es una bobada.

En la práctica y en la cultura de la derecha no existe una idea de la confederalidad ni de la representación de los intereses generales. Lo hemos visto muchas veces, también en los últimos tiempos. Lo vimos en 1994 y ahora también. La confederalidad, entendida como representación general de los intereses (esta anomalía extraordinaria de nuestra historia), tiene valor si se salvaguardan las funciones básicas del sindicato que han ido tomando forma desde finales del siglo XIX; y no fue por casualidad, sino por la natural transformación de las sociedades de socorros mutuos y de las Ligas de resistencia. Tiene valor si aquellas funciones, las de negociación -son las que aseguran tutelas a las personas que representamos- se ejercen correctamente a diario.

La idea de sustituir tales funciones con responsabilidades nuevas, dando servicios, y con actividades subalternas respecto a lo que ha sido la parte más bella de nuestra historia, desnaturaliza nuestras obligaciones, destiñe nuestra identidad y transforma el sindicato. Por eso hemos mirado con preocupación, criticado ásperamente y contrastado, hasta donde nos ha sido posible, todo lo que se mueve en esa dirección; y lo seguiremos haciendo en el futuro. Y no es casual que venga encarada la idea que la derecha tiene de la representación, para cambiar el carácter y disminuir la eficacia. Lo hacemos de manera transparente y con determinación, convencidos de nuestras propias razones. Y lo hacemos con insistencia, también, cuando nos damos cuenta que la política acaba teniendo miedo de este sindicato.

La derecha cuando encuentra un sujeto fuerte en su camino -ella, que es incapaz de soportar la representación general, intentaría reducir la sociedad a modelos donde los sujetos no tengan autonomía- es incapaz de mediar con lo que es diferente y está legítimamente representado. Y todavía no hemos olvidado, en estos años, todo un cúmulo de temores que se han consolidado en la izquierda, que está viendo cómo cae para siempre la idea de la primacía de la política en la representación general de los intereses.

Ninguno de nosotros ha puesto ni nunca pondrá en discusión la función alta y diversa de la política, entendida como representación general. Las tareas y las funciones de los partidos son importantes y vitales en la sociedad. Pero, de igual modo, también tenemos una idea alta de nuestra función. Sé que hay aquí un nervio descubierto entre la síntesis de intereses generales y la antigua idea -que hay que romper- de la hegemonía de los intereses particulares. Nosotros hemos conquistado nuestro espacio de representación y hemos desarrollado nuestras tareas, basándolo en las certezas, en la relación democrática con las personas que queremos representar, conscientes del límite que tenemos; aunque nunca consideramos este límite como una especie de condena, sino como la justa y natural división entre las funciones y competencias de sujetos diferentes. Así pues, son nuestros valores los que definen nuestra ubicación, como han sido siempre nuestras propias características de fondo que nos distinguen en nuestras relaciones con la política. Pero este modelo de representación tiene necesidad de reglas seguras, aún más claras, partiendo de la Constitución. Nosotros somos contrarios a toda idea de bipolarismo que intente eliminar la independencia del sindicato. Y pensamos que el proyecto y el programa que definen su identidad y colocación, tienen necesidad de instrumentos para ser fotografiados, reconocidos y para impedir que se pueda determinar no sólo el bipolarismo abstracto sino también la arbitrariedad de la representación.

 

La raiz del trabajo

Hemos hablado de esta exigencia del sindicato, de su futuro en una sociedad que cambia, exactamente como hemos subrayado el efecto del declive de la percepción del valor social del trabajo, sabiendo que era importante para nosotros, pero presumiendo que no lo fuese sólo para nosotros. Si la innovación y la modernidad se separan de la raíz del trabajo, acaban deformando la sociedad e incluso se podría llegar a la ruptura de la cohesión social. Contra ello nos hemos confrontado y elevado nuestra voz, no para invadir ni sustituir el campo de actuación de otros. Lo hemos hecho para llamar la atención de la política (y particularmente de la izquierda) con el objeto de que redescubra el valor social del trabajo. Hemos luchado para volver a proponer este tema en un nuevo escenario, con frecuencia variable, que cambia continuamente. Se trata del escenario de las economías interconectadas y de la globalización, de los procesos que transforman las percepciones del tiempo y del espacio, cambiando las expectativas de millones de personas que ya no tendrán las certezas de antes. Lo hemos hecho en las nuevas dimensiones supranacionales. Lo decimos hoy, en todos los sitios: esto debe ser patrimonio de la izquierda en Europa, de la Europa social que queremos; nosotros tenemos una importante autoridad para batirnos por ello. Hemos propuesto, y lo volveremos a hacer, la idea de un desarrollo compatible, de un desarrollo que metabolice la noción de su límite y, que ya no propondrá nunca mas que los procesos de acumulación lo destruyan todo, poniendo en peligro no sólo las condiciones materiales de millones de personas, sino las de las futuras generaciones. Unas futuras generaciones que ven que el saqueo del medioambiente se convierte en un aliciente para competir. Por ello, hemos sostenido la exigencia de adoptar políticas orientadas a la economía del conocimiento, teniendo en cuenta los modelos orientales competitivos sobre la calidad del producto y del proceso, valorando los recursos humanos. Hemos considerado el acceso al conocimiento, no sólo como un acicate competitivo, sino esencialmente como fundamento de las modernas democracias.

Todo ello es parte de un proyecto que debe tener modernas tutelas. De unas tutelas nuevas, sin olvidar por ello las funciones básicas de resarcimiento que debe tener el Estado de bienestar. Y, más todavía: son constitutivos de este esquema el respeto y la extensión de los derechos fundamentales de la persona cuando trabaja o cuando es simplemente un ciudadano. Aquí se reúne la idea de universalismo y la inescindibilidad de los derechos: el derecho de la persona, el derecho del ciudadano y el derecho del trabajador, siempre conectados entre sí, tal como se entiende en la cultura europea. La reducción de estos derechos en el trabajo, cuando los modelos competitivos eligen el camino torpe de la confrontación y de la penetración de los mercados, acaba generando modelos jerárquicos en la empresa. De manera que la reducción de los derechos en el trabajo y sus modelos jerárquicos estimulan el reflejo imitativo en la sociedad; y, así las cosas, la sociedad se convierte inevitablemente en prisionera de dichos modelos autoritarios.

Durante estos meses, los derechos del trabajo -el derecho a ser informado libremente, el derecho a tener un sistema accesible de comunicaciones no instrumental y el derecho a una justicia autónoma e independiente- se hayan mantenido y no porque sí: unos derechos que están ligados a un hilo conductor común. No se trata, pues, de casualidades. Junto a otros, hemos entendido tal hilo, indicando el peligro del modelo de sociedad que propugna la derecha. En esta mistificación de la libertad se ha desarrollado (una hipótesis de libertad que hace que los débiles sean cada vez más débiles, dando poder y arbitrariedad a los más fuertes), digo que se ha desarrollado, necesariamente, nuestra capacidad de intervención, revisando diariamente todas las contradicciones que hemos vivido y resuelto. El trabajo sindical es, por su propia naturaleza, una sufrida y continua trama de defensa de lo que hemos conseguido y de promoción de lo nuevo. De modo que el sindicato confederal no es ni conservador ni de derechas. Se trata de una organización que debe romper mecanismos y privilegios, a veces fuertemente consolidados que aparecen como naturales e inmodificables. Es un sindicato que, cuando su interlocutor elige el atajo de la baja competencia y agrede los derechos fundamentales, tiene que defender tales derechos y conservarlos: esta es su sacrosanta opción. Nosotros nos preguntamos (y lo hacemos a nuestros críticos interlocutores) qué universalismo es posible, si no se parte de la defensa de los derechos sacrosantos que hemos conquistado en el curso de decenios, y con tantos sacrificios; nos preguntamos, pues, qué mundo diferente, y qué perspectiva positiva, se ofrece a los jóvenes, si no se parte del respeto y la dignidad que sus padres han conquistado en el trabajo.

 

La bandera de los derechos

Hemos puesto en el centro de la discusión general el tema de los derechos. Ya se vio en la extraordinaria manifestación del 23 de marzo pasado. Un amable interlocutor nuestro ha escrito agudamente que aquella fue no solamente una extraordinaria manifestación por el número de los participantes y por el modo con que millones de personas estaban en la calle, sino porque aquel gentío estaba sin plantear reivindicaciones materiales. Eso dijo nuestro interlocutor en una síntesis muy eficaz. Sí, allí estaban diciendo otra vez no al terrorismo y defendiendo los derechos que quieren conservar y extenderlos a los que no los tienen. Así pues, no se trató de “cosas comestibles”; ni nada similar a los grandes temas que representan los deseos no resueltos de las personas que trabajan o de los pensionistas o de los jóvenes que quieren tener una renta y la posibilidad de autorealizarse.

Durante estos años algunas coherencias elementales de nuestra organización han sido interpretadas como sorprendentes. No me lo echéis en cuenta si vuelvo a subrayarlo: ha sido difícil, pero de un valor enorme, haber antepuesto el derecho de las personas a la reivindicación concreta. Hemos optado, no sin dificultad -a veces cometiendo errores o sufriendo los efectos de las contradicciones- por dar prioridad al derecho, también frente a deseos sacrosantos, algunos de ellos que todavía están por resolver. En todo ello hemos diferenciado, desde el principio, lo que era negociable y lo que no lo es. El hecho de afirmar que los derechos de las personas son inalienables y que, por lo tanto, no pueden estar sujetos a las mismas reglas y a las mismas dinámicas que utiliza normalmente el sindicato para negociar, por ejemplo, el salario y el tiempo de trabajo, era para nosotros una obviedad. Pero a la sociedad italiana le ha parecido sorprendente: todavía ha sido más sorprendente la coherencia de llevar esta distinción hasta el final. Y ha sido importante, para nosotros y para los demás, rechazar un tipo de negociaciones que desnaturalizaban nuestras opciones, que cambiaban nuestro punto de vista que contaba con el apoyo de millones de personas.

Bien, creo que el rasgo profundo de nuestra identidad está en haber definido con precisión el fondo del problema y defenderlo con coherencia. Una identidad que nos puede llevar, hoy, en condiciones difíciles, a repetir aquí con convicción, compartiéndolo con mucha gente, que el trabajo de los próximos años de la CGIL será el que ha indicado Gugliemo. Y repetimos aquí que, para nosotros, la relación con las otras confederaciones (o sea, la unidad) siempre es importante, también después de clamorosas situaciones de ruptura; incluso de las que hemos considerado, y seguimos considerando, como graves errores de otros, como lo confirman los hechos. También el rigor y la firmeza en su valoración nos permiten afirmar que estamos dispuestos a cualquier relación unitaria sobre asuntos que se refieren a las personas que queremos representar. Sabemos que la unidad entre los diversos se resuelve en una discusión que entre en el fondo de los problemas y que requiere mediaciones. La mediación la buscamos con paciencia, y la rechazamos sólo cuando desnaturaliza nuestra identidad. De ahí que digamos a los que nos observan desde el exterior la importancia que tiene la unidad para nosotros y nuestro interés por la necesaria mediación para realizar la unidad. No obstante, reiteramos que la unidad no está separada del fondo de la cuestión, según confirma nuestra historia y la práctica diaria en los centros de trabajo. La unidad se construye sobre la sustancia de las alternativas. Es realmente paradójico que se nos pida una unidad de acción en la que, no habiendo resuelto el fondo del problema, puedan convivir un objetivo y su exacto contrario. No somos de esa opinión: por lealtad y respeto a los que tienen opiniones diferentes, haciendo opciones que nosotros no compartimos. Sin embargo, la búsqueda de la unidad será diaria; será una de las más fascinantes fatigas de vuestro futuro. Debe quedar claro -como lo ha estado durante estos meses- que no renunciaremos a esta fatiga importante de millones de personas, incluso cuando no se concrete en un punto de entendimiento: una organización como la CGIL no se condenará al inmovilismo, estará en la escena con sus propuestas.

Nosotros queremos negociar, eso ha estado claro antes y lo será en el futuro. Es nuestra función. No existe un sindicato que no desarrolle cotidianamente esta función: su obligación, pues, negociar es un acto necesario para alcanzar acuerdos. Los acuerdos se hacen mediando y la mediación es fisiológica. Lo sabemos y lo hemos demostrado en circunstancias recientes y en el pasado, asumiendo siempre la responsabilidad, tanto de lo negociado como de las mediaciones y rupturas. Cuando no ha sido posible llegar a un resultado, hemos pedido a millones de personas que lucharan por reconstruir las condiciones para reemprender las negociaciones. Sé que parece simple, pero no lo es: muchos no ven hoy que el problema es muy diferente de lo que os digo, quizá con cierta pedantería. Nosotros nunca hemos estado dispuestos a la simple ratificación de las opiniones de otros, porque no nos sirve un acuerdo porque sí. Nuestra legitimación viene del apoyo de las personas que representamos, no del hecho negocial ya concluido. Estas formas sencillas de comportarnos le han dado una gran credibilidad a nuestra confederación. También, gracias a ello, hemos encontrado, en gran medida en el curso de estos meses, un gran respaldo de los jóvenes que se han acercado a los trabajadores y a los pensionistas que siempre han observado nuestra organización con gran interés. Hemos encontrado nuevas culturas y culturas antiguas, y hemos ayudado a cotejarlas. Por nuestra parte lo hemos hecho con enorme respeto y reconocimiento de nuestros interlocutores: desde los movimientos antiglobalización al pacifismo, a los que han nacido y desarrollado en defensa de los derechos de ciudadanía en los últimos tiempos. Respeto y reconocimiento, más allá del peso específico de cada cual y de su historia reciente o antigua, con la voluntad de contrastar, de entender conjuntamente las respuestas, para que cada uno concretara, después, sus obligaciones. Estoy convencido de que estaremos juntos, en las próximas semanas, volviendo a proponer el derecho a la paz, mediante la política y la diplomacia, contra la aventura y la locura.

 

Adiós a la pertenencia partidaria

Soportadme una última consideración. Creo que, en estos momentos, vosotros -las mujeres y los jóvenes- sois una extraordinaria novedad. Hombres y mujeres con una fuerte pasión, compartiendo un proyecto que, en estos años, junto al grupo dirigente confederal -en el surco de la enseñanza de los compañeros que antes dirigieron esta organización y que esta mañana están aquí con nosotros, algo que un observador distraído pudiera apreciar como un rito, el afecto entre nosotros es parte importante de nuestra identidad- habéis promovido lo nuevo en esta organización; habéis promocionado a tantas compañeras que hoy dirigen importantes estructuras, como la confederal, demostrando con la valoración de sus inteligencias que ello es posible cuando una organización se lo propone.

Ayer elegisteis con vuestro voto a Guglielmo como vuestro nuevo secretario general. Guglielmo estará a la altura de las responsabilidades que le habéis confiado, y será uno de los importantes dirigentes de la CGIL que se recordará en tiempos futuros. Ha sido importante su elección por su cualidad como persona. Pero, también, porque se cierra un itinerario que ha visto salir de esta organización, y de su modelo de democracia anterior, que las “componentes” de partido eran la regla (2). Debe quedar claro que, en aquellas circunstancias, el modelo era profundamente democrático. Pero han hecho bien los compañeros aquí presentes en superar con coraje aquel modelo que se encaminaba al anquilosamiento y mantenía en el sindicato unas características que había que superar, transformando la CGIL en una organización que vive de planteamientos programáticos compartidos y no de viejas formas de pertenencia partidaria. La historia y la cultura política de Guglielmo confirman que aquel proceso ha llegado finalmente a su fin. Y soy el primero en estar contento.

Con vuestro trabajo diario habéis vuelto a dar confianza y esperanza a millones de personas. Habéis sabido combinar los deseos materiales con los derechos y valores. Habéis tenido en cuenta tanto a los jóvenes como a los ancianos. Habéis mirado, con el sentido de la responsabilidad que siempre debe tener una gran organización, los dramáticos problemas de personas que han nacido muy lejos y que quieren venir aquí, trabajando y viviendo en paz; les habéis ayudado con vuestro esfuerzo. Habéis contribuido a salvar este país de la situación que había a principios de los noventa, y llevado Italia a Europa con iniciativas responsables. Por lo tanto, estáis legitimados para participar en el resto del viaje; y poder dar con franqueza vuestra opinión sobre el futuro. Habéis dado prueba de poner en marcha una idea de reformismo alto, combinando las renuncias para el saneamiento con el gradualismo en las conquistas y la radicalidad que defiende los derechos y la dignidad de las personas. De ese modo, habéis hablado al corazón y a las conciencias de muchos: de quienes tenían necesidad y de los que quieren igualdad y justicia.

Queridas compañeras y queridos compañeros, ¡sed responsables! Vuestra identidad es importante para garantizar la emancipación a las futuras generaciones y para dar sustancia a la democracia. No sé, igual que el viajero ceremonioso de Giorgio Caproni, dónde está mi futura estación. Pero esté donde esté, me llevo vuestro afecto y soy feliz de ser uno de los vuestros.


Sergio Cofferati.
Secretario general, hasta 2002, del sindicato CGIL.

Discurso de despedida en la Asamblea nacional de delegados de la CGIL. Roma 21 de setiembre de 2002 traducido del italiano por José Luis López Bulla.

1 Se refiere a Guglielmo Epifani que sucedió en el cargo de secretario general de la CGIL a Sergio Cofferati.

2 Sergio Cofferati alude a que había un pacto implícito entre las diversas componentes partidarias de la CGIL que conllevaba que la elección del secretario general recayese en un miembro del Partido Comunista de Italia. En efecto, comunistas fueron los Di Vittorio, Novella, Lama, Pizzinato, Trentin y el mismo Cofferati. Posteriormente estos cuatro últimos siguieron la evolución del viejo partido hasta los Democratici della Sinistra. Guglielmo Epifani militó en el partido socialista.

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