Una segunda lectura de Karl Polanyi

ANTONIO CALAFATI, SERGIO SINIGAGLIA

Antonio Calafati (Una entrevista a cargo de Sergio Sinigaglia)

La lectura de esta sugestiva entrevista informará al lector acerca de las enormes distancias de Karl Polanyi con relación a la economía neoclásica. También sus distancias del marxismo son claras. Las más llamativas serían: el carácter del trabajo como mercancía o no, a lo que sigue la ley del valor del trabajo; la definición del socialismo; la importancia, según Polanyi, de los socialistas que Marx definió como utópicos. Con Lenin se distancia en torno al carácter del imperialismo y, también, de los motivos de la Primera guerra mundial. Y de los partidos comunistas se distancia en sus reflexiones sobre los orígenes del fascismo. También a lo largo de este diálogo se verán más diferencias entre nuestro autor y el marxismo. 
JLLB.

Sinigaglia.- Polanyi no es un pensador muy conocido más allá de los adeptos a sus investigaciones. ¿Eso depende de su adscripción herética respecto a la ortodoxia neoclásica y a la marxista?

Calafati.- Es verdad, su pensamiento no entra en el paradigma neoclásico ni tampoco en el marxista. Ello no ha facilitado la difusión del conocimiento de sus obras, por lo menos aquí. Son unas obras que, sin embargo, se han traducido ampliamente en nuestro país, incluso con prólogos o introducciones de tan diversa interpretación que hacían pensar, en más de una ocasión, que se trataba de un autor distinto. Creo también que su itinerario profesional, anómalo y un tanto “difícil”, no facilitaba la difusión de los resultados de su trabajo. Polanyi se pudo dedicar a la investigación solamente después de sus cincuenta años, en 1947, cuando era profesor de la Columbia University de Nueva York. Tras haber dejado Hungría, fue periodista durante muchos años en Viena y posteriormente enseñante en Inglaterra. Cuando ingresa en la Columbia University -había escrito ya “La gran transformación” (1) , publicada en 1944- crea el grupo de investigación del que nacerá su libro más ambicioso “Tráficos y mercados en los antiguos imperios”, que salió a la luz en 1957. Es una investigación que duró diez años: recoge los escritos de Polanyi y de sus colaboradores. Polanyi muere en 1964 y sus obras más notables (“El comercio de esclavos en Dahomey”, 1964, y “La subsistencia del hombre”, 1977) fueron póstumas, a cargo de sus discípulos. No obstante, creo que la principal razón de las dificultades que hay en la utilización del pensamiento del autor, desde el plano analítico, están en el carácter transdisciplinar de su obra. Es un factor que puede explicar la relativa difusión del pensamiento de otros científicos sociales del siglo XX.

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¿Y lo de su pensamiento herético…?

No estoy seguro de que sea verdaderamente un autor herético. Creo que Polanyi pertenece a una línea de pensamiento muy visible en el siglo XX, que va desde Veblen a Commons, de Myrdal a Hirsch, de Hirschman a Amartya Sen, por sólo citar algunos nombres muy conocidos entre nosotros. La idea central de Polanyi (esto es, que el proceso económico está incrustado en el sistema social, que la economía es un producto de las relaciones sociales) no es herético en mi opinión. Al contrario, se puede decir que está en la base del pensamiento de los autores que he citado antes. Es más, se trata de una idea que ha sido dominante en las políticas públicas.

En el campo de las políticas públicas, de manera evidente a partir de los años treinta, fue central la regulación social del proceso económico. Por ejemplo, la insostenibilidad social de un mercado competitivo del trabajo -tal vez el punto central de toda la crítica de Polanyi a la economía de mercado- era una tesis ampliamente compartida y de ninguna de las maneras es herética. Sugiriendo un paralelismo que hubo desarrollado (en absoluto singular) parecería suficiente recordar que antes de la definitiva afirmación del Estado de bienestar, el trabajo como mercancía había perdido relevancia teórica. En la obra de Keynes los salarios eran fijos y debían mantenerse así, fijos: en su “teoría” no era un mercado de trabajo verdadero y propio. Los salarios “fijos”, según Keynes, son importantes como para Keynes lo es la socialización parcial de las inversiones. Si consideramos herético a Polanyi, entonces debemos pensar que es herético el pensamiento social del siglo XX. No creo que ese sea el camino justo para entendernos.

 

¿Qué influencia ha tenido la perspectiva metodológica de Polanyi en el estudio del proceso económico?

La ampliación del sistema de categorías que propone Polanyi para el estudio del proceso económico es de un interés extraordinario. La utilización integrada de las categorías del “intercambio”, de la “redistribución” y de la “reciprocidad”, así como de su contraposición entre “economía formal” y “economía sustancial” han permitido facilitar los nuevos vínculos causales y sugerir nuevas interpretaciones. Y ello ha permitido al autor proponer una sugerente lectura del surgimiento del capitalismo, tal como lo expone en “La gran transformación”. Al mismo tiempo, pone a Polanyi en sintonía con un relevante y fascinante filón del pensamiento económico y social del siglo XX. En primer lugar, y desde una perspectiva histórica, se podría decir que nuestro autor desarrolló el proyecto de Thorstein Veblen quien, a finales del siglo XIX, defiende a las claras que la “perspectiva antropológica” habría revolucionado la economía política, empujándola a modificar radicalmente el mismo sistema de categorías.

Polanyi no es un antropólogo. Pero la perspectiva antropológica que efectivamente introduce en la investigación histórica y en el análisis económico (lo que Veblen no consiguió hacer) permitió un radical avance del conocimiento de movimientos evolutivos de la economía. Ahora bien, ya en John R. Commons (un gran intérprete del institucionalismo americano de entre guerras) se substituye el más amplio concepto de “transacción” y es substituido por “intercambio”. Polanyi hace más complejo el sistema de categorías y no contempla lo económico como la esfera en la cual domina el intercambio. Para nuestro autor, el proceso económico es dado por la producción y circulación de “materia organizada”, de mercancías, en el interior de un sistema humano. Polanyi sostiene que es sencillamente falsa la tesis según la cual sólo el intercambio (y peor aún, el intercambio competitivo) sería el único principio organizativo del proceso económico; una tesis falsa desde una perspectiva histórica. La distinción entre “economía substancial” y “economía formal” es muy importante.

 

Volvamos a la relación entre el pensamiento de Polanyi y las políticas públicas. ¿Podemos afirmar que Polanyi es uno de los padres fundadores del Estado de bienestar (welfare state)?

No sabría decir hasta qué punto “La gran transformación” ha influenciado la definitiva consolidación del Estado de bienestar después de la Segunda guerra mundial. Ciertamente, nuestro hombre fue un extraordinario intérprete del proceso que condujo a la afirmación del Estado de bienestar, de las primeras legislaciones en defensa de los trabajadores de las últimas décadas del siglo XX, incluida la introducción de los sistemas de salud nacional. Polanyi interpreta el Estado de bienestar como una respuesta al deseo de reducir y compensar los costes sociales de la expansión del mercado. En el centro de su obra está la tesis de que los mercados (sobre todo los del trabajo, la tierra y la moneda) determinan costes sociales insostenibles.

Polanyi ve los fascismos de los años veinte y treinta como una respuesta a las demandas sociales de control de los mercados. Se puede decir que, en su análisis, el Estado de bienestar es una alternativa a las dictaduras fascistas del periodo de entreguerras, porque los fascismos son vistos como una forma de respuesta al deseo de compensar los costes sociales del mercado. Polanyi muere cuando el moderno Estado de bienestar se encontraba en su fase inicial. Creo que se puede afirmar, no obstante, que su análisis no se limita a una dicotomía entre Estado y mercado. En Polanyi es la sociedad la que se contrapone al mercado, no el Estado, y sería a favor de políticas públicas basadas en esta distinción.

 

Su concepción del “welfare state”, pues, no es -utilizando una palabra gastada- “estatalista”, pues Polanyi parece darle un mayor papel a la sociedad…

Cierto, en su obra se da mucha importancia a la articulación territorial del Estado. Se podría decir que, en Polanyi, la unidad de análisis es “la ciudad”, la “municipalidad”; en términos modernos y más generales se podría decir que es el “sistema local”, cerrado o semicerrado. Aunque el proceso de integración política y económica entre sistemas locales ha conducido al nacimiento del Estado, se mantienen muchos niveles territoriales (y de regulación) con los que se puede reaccionar contra la “invasión” del mercado, es decir: allí se pueden mantener “esferas de interacción de no-mercado”. Por ejemplo, la “redistribución” -una de las modalidades elementales de transferencia de mercancías (materia organizada) de un individuo a otro, intermediada por una autoridad- no se expresa, y no se debería expresar, solamente a nivel de Estado. Si se observan los sistemas sociales en el tiempo y en el espacio, la forma de actuar del principio redistributivo lo encontramos cuando surge un tipo de interacción entre individuos: familia, tribu, comunidad, sociedad. Así pues, el Estado de bienestar es solamente una modalidad en la que se puede expresar el obrar del principio redistributivo. Es importante recalcar que, en la perspectiva de Polanyi, el Estado de bienestar es la reafirmación en clave moderna del principio de redistribución que limita la esfera del intercambio. Más todavía, es igualmente importante subrayar que la redistribución no puede sustituir a la reciprocidad. Robert Walzer, en “Las esferas de la justicia”, propone una moderna lectura de la concepción de justicia redistributiva que parece inspirarse en el análisis de Polany (2) .

 

Por tanto, en Polanyi el intercambio no es el único principio organizativo del proceso económico. Pero reciprocidad y redistribución son conceptos clave para entender nuestras economías ¿o son útiles sólo para el estudio de las economías “arcaicas” o “primitivas”?

Nunca han existido economías totalmente dominadas por el intercambio competitivo: el sistema de categorías propuesto por Polanyi es, por tanto, aplicable también a nuestras economías. En primer lugar, es útil recalcar de qué manera Polanyi distingue entre “intercambio” e “intercambio competitivo”, también entre “mercados” y “mercados competitivos”. Se trata de una distinción fundamental para Polanyi, pero también es útil para entender cuánta ficción existe en el uso del término “mercado”. Puede haber intercambios -en las relaciones horizontales- entre sistemas locales, y el conjunto de estos intercambios darían lugar a un mercado. La expresión “mercado” puede asumir también (y frecuentemente lo hace) un significado espacial cuando las transacciones se encuentran en el espacio con una cierta frecuencia temporal. Pero el intercambio competitivo es otra cosa: existe solamente cuando el intercambio se da sobre la base de una equivalencia (precio) que se forma espontáneamente mediante la interacción multilateral entre los sujetos que compran y venden. Los mercados competitivos son mercados que se autorregulan, mercados en los que el precio se forma a través de la intersección de contratos bilaterales entre comprador y vendedor.

En segundo lugar, para describir el proceso económico Polanyi introduce las categorías de la “redistribución” y la “reciprocidad”. Reciprocidad, redistribución e intercambio son las tres categorías (nuestro autor las considera preliminares) que él usa para interpretar la circulación de las mercancías en el interior de los sistemas humanos: familia, ciudad, municipalidad…

Con la expresión “reciprocidad” Polanyi hace referencia a la circulación de materia organizada de un individuo a otro, determinada por el status -por la relación de status- entre los individuos. En una familia de nuestra sociedad, hoy, el status de mujer o hijo funda el derecho a una parte de la disponibilidad de mercancías del marido o padre. No existe intercambio, no son equivalencias (precios), porque la materia organizada (o la moneda) circula de uno a otro individuo dada la relación de status. La cultura, con sus valores y normas, determina la circulación de las mercancías en el interior del sistema humano de referencia. La reciprocidad en Polanyi es un principio todavía más elemental que la redistribución. La redistribución tiene un carácter “político”, en el sentido en que se funda en un proceso de decisión colectiva. Las transacciones que se dan sobre la base del principio de reciprocidad, sin embargo, están directamente conectadas a la cultura de una comunidad concreta.

La economía de mercado sería, por tanto, una innovación reciente, surgida hace unos doscientos años junto a la Revolución industrial…

… una experiencia según Polanyi que nació con la abolición de la Poor Laws en 1834 y acabada unos cuarenta años después con la introducción de los vínculos que se pusieron al funcionamiento del mercado de trabajo y en particular con el reconocimiento de los sindicatos…

Polanyi interpreta la ascensión del capitalismo como un proceso de transformación en mercancías. Es decir, de materia-energía contratada en los mercados competitivos: del trabajo, de la tierra y de la moneda. Pone su atención, además, en el auge y declive de los mercados de trabajo y de la moneda. A propósito del mercado de la moneda: la discusión actual sobre los efectos de los mercados de capitales competitivos y globalizados le debe mucho a la metodología de Polanyi.

 

¿Cual ha sido el proceso que ha conducido al nacimiento de la economía de mercado?

Desde una perspectiva histórica (y analítica) podemos decir que el punto de partida de Polanyi son los sistemas humanos cerrados o semicerrados. Nuestro autor interpreta la evolución institucional como un proceso de integración de sistemas locales. Se puede poner el ejemplo de la “famiglia appoderata” (3). Esta familia campesina con finca propia es un sistema abierto en términos de relaciones verticales: la producción se da sobre la base de la manipulación de materia/energía presente como consistencia o como flujo en el espacio geográfico de referencia. Las transacciones horizontales son mínimas, casi en el límite cero. En el interior de la familia, la materia organizada (la producción) se distribuye entre miembros a través de la modalidad de la reciprocidad y la redistribución. La subsistencia del sistema en su totalidad estaba asegurada mediante la tecnología por la materia/energía disponible en el espacio geográfico. La subsistencia de sus miembros se determinaba por el funcionamiento de los principios de la redistribución y la reciprocidad y desconectada de la posición de cada individuo en el ámbito del proceso de producción. La aldea funcionaba de la misma manera. Las relaciones horizontales eran mayores y servían para reducir la dependencia de la producción con relación al espacio económico. Pero el hecho que fueran transacciones bilaterales o multilaterales entre aldeas no mermaba la importancia de la reciprocidad y de la redistribución en el interior de la aldea. En efecto, según la interpretación de Polanyi, la primera fase de expansión de los mercados afecta a los mercados entre sistemas humanos (familia, tribu, comunidad) en el interior de los cuales el mercado no tiene papel alguno: son mercados sin economías locales de mercado. Lo que equivale a decir que trabajo, tierra y moneda no son mercancías que se intercambian sobre la base de los precios.

 

Por tanto, ¿para Polanyi la economía de mercado -la economía con mercados que se autorregulan- es una construcción artificial?

La utilización de la dicotomía natural/artificial, en referencia a un proceso económico organizado por mercados competitivos, es un nudo sin resolver de la ciencia social contemporánea. Las normativas que impedían la formación de mercados de trabajo, de la tierra y de la moneda fueron eliminadas durante la Revolución industrial mediante decisiones políticas. Así pues, los mercados son artificiales en tanto que han sido construidos. Sólo que para los economistas ingleses del siglo XIX lo que era “natural” era el éxito de tales transformaciones. Una economía de mercado parecía ser el reflejo de la naturaleza humana.

Polanyi propone una perspectiva diferente: la economía de mercado nace de una determinada idea de sociedad, de políticas públicas influenciadas por una ideología, por ejemplo el “laissez faire”. El aspecto interesante de Polanyi es la perspectiva empírica de la que arranca: él observa (y así interpreta la historia económica y social, también política) que una economía dominada por mercados que se autorregulan tiene costes sociales insostenibles. En cierto sentido, se puede decir que Polanyi no tiene una oposición de principio contra el mercado. Su análisis se dirige a explicar el surgimiento de los costes sociales que en el siglo XIX conducen a la “cuestión social” (4) . El capitalismo del “laissez faire” es artificial como puede serlo un experimento. Un experimento que ya en 1870 muestra las señales del fracaso; aunque, según Polanyi, ocurrirá el auge del fascismo y la Segunda guerra mundial para convencer a las sociedades europeas que dicho experimento había fallado realmente. Esta perspectiva empírica (precisamente basada en los costes sociales) es muy interesante. Y actual. Por ejemplo, la encontramos en K.W. Kapp en su obra “Los costes sociales de la empresa” (1950) y constituye un importante filón para el ambientalismo moderno (5) .

 

¿Por qué se ha ido en esa dirección? ¿Qué empujó hacia los mercados competitivos en el trabajo, la tierra y la moneda?

La Revolución industrial, el descubrimiento de la máquina. Según la interpretación de Polanyi, son el nacimiento de la fábrica y el éxito que la máquina ha mostrado en la capacidad de utilizar la energía con el fin de incrementar la producción quienes hicieron creíble entre las clases medias inglesas el experimento de la economía de mercado.

El mercado de trabajo fue creado, según nuestro autor, porque era considerado funcional para una posterior expansión de la producción de fábrica, particularmente funcional para el incremento de la producción en escala y las fluctuaciones de los intercambios determinados por la tumultuosa dinámica comercial. La acumulación de capital o bien el crecimiento del papel de la máquina, a través de la fábrica, no debía encontrar obstáculos, vistos los beneficios que comportaba. Y la expansión del sistema de la fábrica tenía necesidad de un mercado de trabajo. Es una cuestión de “flexibilidad”, como se dice hoy…

 

Pero Polanyi recalca la “resistencia” de la sociedad cuando nace el mercado de trabajo. ¿La experiencia de la “Speenhamland Law” parece ser muy importante en su reflexión?

La “Speenhamland Law” introduce en Inglaterra en 1795 un subsidio de integración del salario. Según Polanyi esta fue la última forma de resistencia de la sociedad a la formación de un mercado de trabajo. Fue abolida en 1834 frente a la insostenibilidad de un mecanismo redistributivo que no incentivaba ni la calidad del trabajo ni la innovación tecnológica y que, con efectos redistributivos, había llegado a ser políticamente insostenible. El “subsidio de integración del salario” es interpretado por Polanyi como el rechazo de una sociedad dominada por el mercado: un rechazo que viene de la élite dominante. En efecto, en los primeros decenios del XIX lo que cambia es la concepción de la sociedad por parte de las clases dominantes. Bajo el trasfondo de este cambio, la “Speenhamland law” pierde su significado. También en el último decenio fue un periodo de discusión sobre la forma que debían asumir nuestras sociedades y nuestras economías. La extensión de los mercados, sobre lo que tanto se discute hoy, tiene una base ideológica, no técnica. Y su defensa es legítima, como la defensa de una ideología. No más.

 

¿Cómo se coloca el pensamiento de Polanyi respecto a la concepción marxista del cambio social…?

En primer lugar, Polanyi -a diferencia de Marx- no tenía una concepción lineal (en definitiva, por estadios) de la evolución del sistema social. Expansión y dominio de los mercados, formación de la clase obrera y socialismo: ésta no era la secuencia que Polanyi veía. La “gran transformación” de la que habla nuestro autor no surge del ineluctable pasaje de un estadio a otro. Polanyi interpreta el cambio institucional como regulado por un conjunto de mecanismos locales y puntuales de estabilización.

Los sistemas sociales superan el desequilibrio sobre la base de mecanismos de retroacciones parciales y de su forma de actuar emerge un orden institucional general. Las sociedades reaccionan a los costes sociales del mercado con cambios institucionales difusos, cuyo éxito global no está predeterminado. Para usar un término moderno, se podría hablar de “complejidad” en referencia al concepto de “doble movimiento” de Polanyi. Estos mecanismos “parciales” y “locales” de regulación no pertenecen al marxismo ortodoxo, ni tampoco al pensamiento socialdemócrata clásico.

El “doble movimiento” de Polanyi -la expansión de los mercados y la reacción social que se manifiesta mediante un incremento de la regulación de la expansión de los mercados- no se expresa mediante formas de colectivización. Esta evolución institucional que frena la expansión de los mercados y limita su dominio no tiene nada que ver con la alternativa entre propiedad privada y propiedad colectiva de los medios de producción. En este sentido, entre el pensamiento de Polanyi y el marxismo ortodoxo hay una diferencia radical. Otra diferencia es lo que determina el valor de las mercancías. Polanyi defiende que la teoría del valor-trabajo no tiene ningún sentido y la rechaza. Para Polanyi no es el trabajo la medida del valor de un objeto producido, no es la cantidad de trabajo incorporado directa e indirectamente. Más bien, el valor de un artefacto depende del significado que tiene en el interior de un sistema cultural, simbólico. La atención que Polanyi ha dedicado a la formación de las equivalencias (y su demostración de que las equivalencias no son precios) es emblemática. La explotación se expresa en términos de una inicua distribución de las mercancías: son explotados si son demasiado pobres (con relación a los estándares de la colectividad de referencia) (6) . Polanyi pone en el centro la cuestión de la justicia distributiva, al igual que una gran parte de la reflexión contemporánea: de Rawls a Walzer y de Dahrendorf a Amartya Sen.

 

Pero… ¿Qué está en el origen del freno que las sociedades ponen a la invasión del mercado mediante cambios institucionales locales y difusos?

Polanyi busca en “La gran transformación” la solución de una aparente paradoja. En los últimos decenios del siglo XIX la reacción contra la expansión del mercado con la introducción de normas que vinculan los resultados de la contratación bilateral conduce a sociedades gobernadas por regímenes políticos muy diferentes (7) . Por otra parte, sucederá lo mismo para la consolidación del Estado de bienestar tras la Segunda guerra mundial: entre el “welfare state” de los laboristas ingleses y el “Sozialstaat” de los liberales alemanes habían muchas cosas en común. Polanyi parece dar una respuesta a esta generalización de la reacción basándola en valores éticos universales, particularmente en la universalidad del concepto “mínimos existenciales” que es un tema que de nuevo encontramos en Kapp. Después de todo, en la misma tradición liberal clásica, la competición y el cambio son valores “in se”, como parecen pensar muchos liberales de última hora, muy extendidos por aquí.

El sufrimiento determinado por la pobreza y la indigencia viene reconocido por sistemas de decisión colectiva, independientemente de la orientación político-general. Solamente cuando el resultado de los experimentos de ingeniería social (8) se convierte en una “fé”, (el “laissez faire” era una fé en la Inglaterra de mediados del siglo XIX) estos valores universales, entonces, dejan de orientar las decisiones colectivas y los costes sociales, ya de por sí elevados, son vistos como necesarios para alcanzar un mayor bienestar social futuro. De nuevo se trata de una valoración social sobre costes y beneficios de un sistema institucional concreto.

La sociedad civil, en sus múltiples manifestaciones, reacciona contra los costes sociales que produce el mercado. En “La gran transformación” hay páginas muy bellas que describen esta reacción. En el siglo XIX la “cuestión social” (la pobreza) (9) tenía una relevancia central. La miseria no afectaba a toda la sociedad, pero sí a algunos sectores concretos de la población: aquellos cuya subsistencia se basaba íntegramente en las relaciones de intercambio (de su propio trabajo) sin ninguna otra posibilidad de abrirse a relaciones verticales. En efecto, el vínculo entre desempleo y pobreza existe solamente si las relaciones horizontales (intercambio de materia entre individuos) están dominadas completamente por el mercado. Si dominan la reciprocidad y la redistribución no hay tal nexo.


Polanyi está muy atento a la experiencia comunitaria de Owen…

Claro, por lo menos a juzgar por lo que se dice en “La gran transformación”. Creo que Polanyi tenía in mente (como, por otra parte, todos nosotros) su personal utopía. Incluso por su tendencia pragmática, Polanyi no dedicó mucho tiempo a desarrollar los detalles de esta utopía. Pero creo que se basaba en la imagen de una sociedad articulada bajo sistemas locales de reducida dimensión y ampliamente autosuficientes basados en relaciones verticales, y que mediante un cierto grado de apertura horizontal era gobernada por decisiones colectivas del mismo sistema local. Desde este punto de vista, el proyecto de Owen (pero no sólo el de Owen) aparecía ante Polanyi como un paso en la dirección justa: como un intento de reactualizar los mecanismos de reciprocidad y redistribución. Se puede añadir que, al igual que Owen, Polanyi no estaba contra la innovación tecnológica, aunque afirmaba que la innovación tecnológica debía tener un control social. Una posición que está continuamente inscrita en el ambientalismo y en la legislación de defensa del medioambiente. La utopía de Polanyi parece resurgir, al menos en parte, también del “comunitarismo americano”.

La actual situación parece caracterizarse, al igual que en los inicios del siglo XIX, por un retorno a la fé del “laissez faire” (liberalismo radical) y por la ilusión de la eficiencia social de los mercados autorregulados. Desde este punto de vista, ¿qué hay de actual en el pensamiento de Karl Polanyi?

El interés por la obra de un autor depende de tantos factores que es imposible decir hasta qué punto Polanyi puede volver al centro de la atención. Claro, su actualidad es extraordinaria. Pero en un debate tan sincopado y superficial sobre las relaciones Estado-mercado como, por ejemplo, el que tenemos por aquí, no veo que su uso pueda utilizar las categorías que emplea Polanyi. Demasiada complejidad, demasiado “pragmatismo coherente” por parte de los analistas y comentaristas de estos lugares. Por otra parte, ya que liberalismo radical (“laissez faire”) y globalización son unas fés tan compartidas entre los analistas que han ocupado la esfera de la comunicación, no veo que pueda haber interés en reemprender el tema de Polanyi.

No obstante, lejos de los reflectores del debate político cotidiano ya es otro asunto. Creo que Polanyi en las universidades es leído y estudiado, y posiblemente lo será mucho más en los próximos años. También porque es verdaderamente interesante. Por otra parte, incluso nuestro autor nos ha enseñado que la evolución social tiene orígenes difusos y locales. Las políticas públicas no son solamente el reflejo del debate político cotidiano…

 

¿Quiere decirse que la lógica de mercado no es también relevante a la hora de determinar las políticas públicas…?

Si se mira a los hechos, creo que es difícil afirmar que hayamos entrado nuevamente en una fase de capitalismo radical, de “laissez faire”. A pesar de los desesperados intentos de muchos analistas de hacer creer que éste sería el camino justo, se han dado pasos tímidos (y, en parte, a escondidas) en esta dirección. Por otra parte, es difícil decir hasta qué punto las sociedades europeas están dispuestas a ir adelante por ese camino. Hay que poner atención a ello, partiendo de nuestra experiencia italiana. En Italia, el Estado de bienestar no ha tenido nunca legitimidad política. Primero la inflación y sucesivamente la generalizada evasión fiscal han permitido la construcción de un Estado de bienestar sin que haya habido deseo de una discusión sobre las implicaciones redistributivas. Y hoy parece políticamente más simple y técnicamente más interesante “liberalizar” antes que volver a dar legitimidad política a los mecanismos de redistribución y dignidad social, a los instrumentos de reciprocidad. Pero en gran parte de los países europeos las cosas van de diferente manera, y no parece estar a la vista el “laissez faire”. Aunque, ciertamente, como nos ha enseñado Hirschman, los tiempos y la dirección del cambio son imprevisibles.

 

Por tanto, ¿una relectura de Polanyi?

Creo que los historiadores nunca han dejado de leerle. La exhortación está quizá más justificada para los economistas. Por otra parte, el gran interés por los cambios institucionales y por la relación entre instituciones y proceso económico vuelven a llamarnos la atención sobre la obra de Polanyi. Pero incluso sobre toda la tradición del pensamiento económico al que pertenece nuestro autor. Releer Polanyi, como anclaje para un itinerario del siglo XX poco frecuentado y todavía tan influyente a la hora de determinar nuestras instituciones económicas.

Antonio Calafati.
Università degli Studi di Ancona, Dipartimento di Economia.

Sergio Sinigaglia.
Escritor.

Este artículo se publicó por primera vez en 1998, en el número 73 de la revista “Una Città”. Ahora, ha sido traducido del italiano al castellano por José Luis López Bulla, autor, también, de las notas a pie de página.

(1) “La gran transformación” (Karl Polanyi) Fondo de Cultura Económica, 2003, con prólogo de Joseph Stiglitz e introducción de Fred Block.

(2) “Las esferas de la justicia. Una defensa del pluralismo y la igualdad” (Robert Walzer) Fondo de Cultura Económica, 1997.

(3) La “famiglia appoderata” es la que gestionaba con diversos títulos -propiedad, arrendamiento, masonería, aparcería…- una finca rústica (podere) y se caracterizaba por un modelo familiar con múltiples agregaciones con tendencia al patriarcado; el trabajo se fijaba sobre la base de una concreta jerarquía de roles entre varones y mujeres. Esta familia estaba en condiciones de producir en su interior todo cuanto le era necesario para el sostén de sus miembros y no dependía en absoluto de los recursos externos, ya se tratase del mercado o por parte del Estado.

(4) Una buena compañía para abundar en la materia, desde otro ángulo, es “La metamorfosis de la cuestión social”, Robert Castel, Paidós. 

(5) K. W. Kapp (1910 – 1976) es uno de los pioneros de la teoría de los costes sociales y del ecoambientalismo.

(6) La diferencia con el planteamiento marxiano de las plusvalías (absoluta y relativa) es evidente.

(7) Polanyi sostiene que el Estado nación se consolidó como reacción a la expansión del mercado: la política de aranceles fue una de las medidas más representativas.

(8) Para quienes piensen que este término, “ingeniería social”, es de reciente cuño, les recordaremos que ya se encuentra presente en los escritos del famoso matrimonio fabiano, los Webb, a finales del siglo XIX.

(9) Para conocer a fondo el pauperismo, véase el libro anteriormente recomendado de Robert Castel, “La metamorfosis de la cuestión social”.