Periodistas o lacayos

José Luis Caballero

El semanario francés L’Express, “la revista internacional francesa más famosa” según el European Suscription Service, publicaba en su número de la segunda semana de diciembre de 2007 una noticia que sus autores consideraron de impacto. El presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, había sido fotografiado, relajado y sonriente según L’Express, en Eurodisney junto a la cantante, actriz y varias cosas más Carla Bruni. Es evidente que aquello que afecte al presidente de la República Francesa es noticia.

 Redacción del diario New York Times a mediados del S. XX. Fuente: archivo.

Redacción del diario New York Times a mediados del S. XX. Fuente: archivo.

Hace unos años, concretamente en 1996, falleció otro ilustre presidente de la República Francesa, François Miterrand, un hombre íntegro, comprometido, condecorado por su lucha en la resistencia contra la ocupación alemana, y respetado en todo el mundo. En las biografías de Miterrand, las publicadas en vida o la mayor parte de las posteriores, se habla de su trayectoria política, no exenta de polémica dados sus escarceos con la extrema derecha en los años treinta nunca ocultados, pero apenas sí se habla de sus relaciones personales. ¿Por qué? La pregunta es pertinente en estos tiempos, porque la información, la noticia y el periodismo se han convertido en algo diferente a lo que era hace unos años o unas décadas. Se cuenta que cuando el periodista Stanely encontró a David Livingstone en el centro de África después de considerarlo perdido durante años, el viejo explorador, antes de leer las cartas de su familia que le traía Stanley le preguntó: “¿Qué pasa en el mundo?”. Livingstone sabía seleccionar lo que para él era noticia, auténtica información, ¿qué está pasando en el mundo? Y la respuesta a esa pregunta es lo que los periodistas, con mayor o menor fortuna, estamos y están obligados a responder.

A principios del siglo XXI, con la explosión informativa que ha supuesto la generalización de Internet, sustituyendo o completando la galaxia Gutemberg, y la reorganización del universo audiovisual, el periodismo se ha transformado profundamente; en cierto modo se ha democratizado, pero al mismo tiempo se ha vulgarizado y asimilado el error, la superficialidad, el rumor y la mentira como nunca antes lo había hecho. Decía el tristemente famoso -y cojo- doctor Joseph Goebbels, que una mentira repetida sistemáticamente se convierte en una verdad. Magia. La magia que aprendieron hace mucho tiempo los profesionales de la información en su sentido más amplio: periodistas, propagandistas, publicistas, marketinianos, espías, políticos y sacerdotes. Sin haber superado todavía la contradicción descubierta en 1964 entre apocalípticos e integrados y perdida ya la inocencia del periodismo aséptico y veraz, nos encontramos con una nueva dicotomía, cantidad/calidad, que nos sirve la omnipresente Red. Nunca tuvimos a nuestro alcance tanta información… falsa y sin contrastar, tanto corta-y-pega, tanta superficialidad, mentira, manipulación, rumor y desde luego tantas posibilidades. ¿Cómo podíamos trabajar antes los periodistas sin Internet? Eso es algo que todavía hoy se pregunta uno. Pero eso no es todo, desde luego. Para acabar de componer el cuadro, seguimos arrastrando, corregidos y aumentados, los problemas de siempre: ¿es la información una mercancía más?, ¿informamos o manipulamos?, ¿vale la pena investigar o nos quedamos con los titulares impactantes?, ¿de verdad alguien cree en la objetividad? o ¿utilizamos la información como espectáculo y coartada? Podemos discutir si la información, el teórico objeto de la profesión periodística, es una mercancía o no, pero desde luego es un valor, un valor altísimo por el que todavía estamos luchando y probablemente lucharemos durante mucho tiempo.

El jueves 5 de junio de 2008, el diario El Mundo en su edición de Catalunya abría la portada a cuatro columnas con este titular: "Campaña de la Generalitat para que los inmigrantes rechacen el español". En la explicación posterior, en la llamada entradilla, aclara: "Reparte folletos identificando el catalán con la lengua que sirve 'para ayudar a tus hijos e hijas en la escuela', 'para mejorar en tu trabajo' y 'para conocer a gente y que te entiendan'”; los entrecomillados son del periódico. En una primera lectura, se observa que la edición de un folleto de la Generalitat, sobre la cuestión lingüística y de inmigración en este caso, uno de los muchos folletos que aparecen periódicamente dando cuenta de acciones de gobierno más o menos interesantes, adquiere la categoría de noticia de portada y a cuatro columnas, lo que en términos periodísticos es casi comparable al anuncio de la muerte del Papa Woytyla.

 

La confianza del lector

A la luz de este ejemplo, surge una primera reflexión cuando se aproxima uno a la realidad de la prensa actual: ¿de qué nos están informando? El lector de diarios o el espectador de un telediario no dispone de tiempo, o no lo quiere emplear, en escoger aquello que le interesa de la avalancha de informaciones y por tanto le pide al periodista que le escoja de ese gran volumen de información aquello que, a juicio del periodista, es lo más importante. Cuando un lector, un ciudadano corriente, compra un diario o sintoniza un telediario, se supone que está haciendo un ejercicio de confianza. Muchas veces sin ser consciente de ello admite que lo que es noticia, lo más importante que ha pasado en el mundo, en su país, o en su pequeña comunidad es lo que alguien ha elegido como tema de portada. En el caso mencionado más arriba, sobre el folleto de la Generalitat, alguien considera que la publicación de semejante texto, explicando a los inmigrantes que aprender el idioma del país en que residen puede ser una cosa beneficiosa, es una noticia de portada a cuatro columnas. ¿Cuál es el criterio en este caso?, ¿la trascendencia?, ¿lo inusual?, ¿lo llamativo?, ¿lo interesante para el lector del diario?

Cabría preguntarse si lo que está haciendo el redactor que construye la noticia, el redactor jefe que la escoge y el director que la coloca de portada no es más que responder a lo que, se supone, el lector del diario espera encontrar, en este caso anticatalanismo. La portada de un diario, o la importancia que se da a cada noticia, responde siempre al criterio de los responsables del medio, pero esos criterios, cada vez más, tiene poco que ver con lo que realmente le interesa al ciudadano. No hay más que ver las estadísticas del CIS para ver por dónde van unos y otros, lectores y medios de comunicación. La política, es decir las peleas entre los partidos, llegan a ser el 65% de los titulares de los periódicos, mientras que ese mismo tema, la política, apenas llega al 2% en las preocupaciones de los ciudadanos expresadas en la encuesta del CIS. Claro es que la misma encuesta está viciada cuando se separa economía o paro de “política”, como si no tuvieran nada que ver una cosa con otra.

El periodista profesional, en gran parte, ha hecho dejadez de los verdaderos intereses de los ciudadanos y antepone el espectáculo, el titular llamativo, el interés de los sustentadores de su medio de comunicación o la ideología política por delante del derecho del ciudadano y de la obligación del profesional: contar cómo va el mundo.

¿Y cómo se da la información? Si elegir qué noticia es la más importante ya es un ejercicio de subjetivismo y de ética o falta de ética, el modo de dar la información o la elección de la fuente que la proporciona todavía es más problemático. Los periódicos y los diarios de la radio y la televisión están llenos de referencias "fuentes bien informadas", "fuentes cercanas" o lo que ya es mucho peor, "se dice…", "se rumorea…", "ha llegado a oídos…", "según se ha podido saber…", todo ello fórmulas para ocultar la fuente de información o tal vez para ocultar que no hay fuente de información y el periodista está vertiendo su propia opinión interesada. 

 

Internet: el placer de no hacer calle

En momentos de aglomeración de trabajo en una redacción, de búsqueda desesperada de noticias o de confirmación de una noticia -cuando se tiene interés en hacerlo- el periodista de hoy en día tiene a mano Internet, un invento que ha dejado atrás al teléfono y no digamos ya a la moto en el aparcamiento del periódico o al taxi a la puerta, pero al mismo tiempo ha supuesto una comodidad añadida que aleja al periodista de las fuentes de la información, es decir, de la calle. Un ejército de asesores, portavoces, expertos en marketing, mánagers y representantes, agrupados en gabinetes de prensa y en equipos asesores actúan como verdaderos cortafuegos que controlan, elaboran y filtran la información que conviene a los intereses de sus representados, no a los ciudadanos. Así en lugar de política se nos informa de partidismo, en lugar de economía se nos informa sólo de empresa, en lugar de cultura se nos informa de espectáculo, en lugar de sociedad se nos informa de corazón y en lugar de un telediario se nos da una crónica de sucesos.

El panorama del periodismo en la actualidad es de crisis, evidentemente, pero no sólo de crisis económica, de contracción de la empresas de comunicación, de falta de lectores, de escasez de fondos y precariedad. Sí, todo eso es cierto, pero también lo es que hay una crisis de profesionalidad, un alejamiento de la fuente de información, que es la sociedad misma, un monstruo llamado Internet que nos es extraordinariamente útil y extraordinariamente peligroso, una falta de ética en el tratamiento de la noticia, una confusión entre objetividad y subjetividad y una utilización de la audiencia como coartada.

“La audiencia lo pide”, dicen los creadores del rumor, de la telebasura y del sensacionalismo. Y de ningún modo, la “audiencia” no pide nada, la audiencia es un método de cálculo para la venta de publicidad, nada más. El ciudadano, lo que quiere, por definición, es informarse de como va el mundo y el periodista no es, ni debe ser, un lacayo de políticos o banqueros.



José Luis Caballero.
Escritor y periodista.

Autor del libro de reciente aparición Periodistas o lacayos. Editorial Meteora. Barcelona 2009.