La hora del nuevo municipalismo progresista

RAQUEL SÁNCHEZ

Hemos vuelto, dirán algunos, pero la verdad es que nunca nos fuimos. Se acabó la travesía del desierto, dirán otros, pero siempre estuvimos ahí, a pie de calle, trabajando de cerca y mirando lejos. Son algunos lugares comunes o afirmaciones mediáticas que últimamente hemos escuchado, pero que, aun siendo ciertas, parecen olvidar la esencia del municipalismo: la vocación de servir a la ciudadanía atendiendo sus necesidades y ofreciendo garantías de futuro, poner las condiciones para que nuestras ciudades sean espacios de convivencia, cohesionados y equilibrados, que ofrezcan calidad de vida y aseguren la igualdad de oportunidades.

Foto: Ajuntament de Gavà.

Foto: Ajuntament de Gavà.

Ese es el denominador común. De hecho, se puede reseguir una línea de continuidad que define los cuarenta años de ayuntamientos democráticos que acabamos de cumplir y que, con algunos altos y bajos, en Catalunya viene marcada por un predominio de gobiernos y políticas progresistas. Continuidad, sí, pero no continuismo, porque aunque los valores son claramente coherentes, no es lo mismo gobernar y gestionar ahora que hacerlo en los años ochenta del siglo pasado. Municipalismo rima con inconformismo, y tanto la evolución de los proyectos y las acciones como la capacidad de renovación de ideas y personas constituyen un factor esencial para explicar la ola de municipalismo progresista -mayoritariamente encabezado por el socialismo democrático- que se ha reflejado en las últimas elecciones municipales y que se traduce en el nuevo mandato local que ahora empieza.

“Tanto la evolución de los proyectos y las acciones como la capacidad de renovación de ideas y personas constituyen un factor esencial para explicar la ola de municipalismo progresista”

¿Qué ha ocurrido? Las razones son diversas, pero me atrevería a decir que la principal es haber sabido actualizar, readaptar y por tanto revitalizar nuestros valores fundamentales de justicia e igualdad, prosperidad y progreso, libertad y fraternidad. ¿Es eso una abstracción o un ejercicio de retórica? Todo lo contrario. Incluso añadiría que justamente ha habido una respuesta del electorado a determinadas posiciones cargadas en exceso de simbolismo y dogmatismo pero exentas de realismo. Nosotros hablamos de valores que nos orientan y que se traducen en acciones tangibles. Nosotros hablamos de hechos, no de quimeras; de principios que se validan con propuestas realistas y realizables.

“Hablamos de hechos, no de quimeras”

Hablamos de garantizar los derechos sociales y de priorizar la educación con propuestas innovadoras. Hablamos de feminismo como la óptica imprescindible para una sociedad igualitaria, verdaderamente paritaria en todas sus esferas. Hablamos de sostenibilidad como el paradigma ineludible que después de la larga crisis económica debe marcar sí o sí la agenda local y global: sostenibilidad medioambiental y transición ecológica, pero también sostenibilidad urbana y territorial, económica y social.

Y hablamos al mismo tiempo de sostenibilidad democrática, es decir, política en el sentido más profundo de la palabra. Hace cuatro años vivíamos un momento crítico de desafección política, y había que trabajar para recuperar la credibilidad de la política y la confianza de la gente. Algunos lo hemos hecho desde la necesidad y desde la convicción. Sin fórmulas mágicas, con acciones concretas como la transparencia y la rendición de cuentas, la participación ciudadana y los espacios de codecisión, y la honestidad y el rigor en el comportamiento público y en la gestión de los recursos. Son los ingredientes de la nueva política, de la buena política, y han venido para quedarse. Personalmente, no entiendo ni practico la política de otra manera.

Estoy convencida de que será con estos valores y estas maneras como afrontaremos mejor los retos que tenemos enfrente.

La realidad de una sociedad digitalizada y una economía postindustrial que define un nuevo entorno y un nuevo marco de relaciones laborales. La nueva economía, más circular y más social, que reúna en una misma visión la ecología, la productividad y la competitividad. La amenaza del cambio climático. Las dificultades de acceso a la vivienda y las nuevas transformaciones urbanas que aseguren ciudades equilibradas, integradoras y sostenibles. El envejecimiento de la población y la garantía de los derechos individuales y colectivos poniendo al día el Estado de Bienestar para consolidar su viabilidad. La educación como verdadero instrumento para la igualdad de oportunidades.

Y también aquellos retos que nos deben permitir ganar peso y dimensión, proyección y prestigio, de puertas adentro y de puertas afuera.

Me refiero en primer lugar al área metropolitana de Barcelona. Ahí es donde con más fortaleza ha resurgido el municipalismo progresista, y tenemos que acertar para que la realidad metropolitana, plenamente reconocida y políticamente dotada, juegue un papel central en materia de renovación urbana y vivienda, preservación y valorización del territorio, movilidad y medio ambiente, y desarrollo económico puntero y equilibrado.

En segundo lugar, hacer de las ciudades y de la propia área metropolitana una verdadera contribución a la articulación del país. Para que Catalunya recupere también peso, proyección y prestigio y para convertirnos en la verdadera cocapital de esa España que ahora se dispone a abrir también una nueva etapa. En los últimos años hemos sufrido en Catalunya las consecuencias de una confrontación dolorosa y estéril. Dejemos atrás este período y recuperemos la fuerza del catalanismo mayoritario e integrador para ponerlo al servicio de un país plural, un país para sus gentes y con un gobierno que gobierne. Pongamos lo mejor de todos nosotros al servicio de la concordia y la reconciliación, el respeto y la serenidad, y de los problemas y las expectativas reales. Las ciudades y los ayuntamientos, que en esta etapa hemos trabajado intensamente por preservar la convivencia, queremos sumar en esa dirección.

Y en tercer lugar, para ubicarnos con voz propia en Europa y en un contexto global definido por las ciudades y las metrópolis como espacios de referencia y necesitado de los valores del progreso. Estamos en una situación complicada, donde vemos cómo nuevas fuerzas reaccionarias y de la derecha más extrema están llamando a las puertas de nuestra sociedad y, vestidas de modernidad y demagogia, quieren trasladarnos medio siglo atrás. Son los que levantan la bandera de la exclusión, el sectarismo y la confrontación permanente. Los que cuestionan principios esenciales de la sociedad democrática. Desde el municipalismo progresista podemos contribuir a hacerles frente, y sumar en la tarea colectiva de una Europa más solidaria e integradora que ponga al día sus valores fundacionales para abrir una etapa renovada y recuperar su papel proactivo.

En definitiva, tenemos la oportunidad de situar la ilusión por encima del pesimismo, la confianza sobre el miedo y el progreso sobre el retroceso. Y desde nuestro lugar en el mundo debemos asumir la responsabilidad y aportar la ambición para no dejarla pasar.

“Tenemos la oportunidad de situar la ilusión por encima del pesimismo“

Vivimos tiempos volátiles, o como algunos afirman, “gaseosos”, ni siquiera tiempos “líquidos”. No son tiempos fáciles, ni las respuestas simples. Pero desde el municipalismo, desde esa ola de progreso que palpamos en nuestras ciudades, ofrecemos certezas y esperanzas. Con la coherencia de nuestra trayectoria, la resistencia que nos define y la consistencia de nuestras propuestas.

 

Raquel Sánchez.

Alcaldesa de Gavà