Hablemos del CNI, ese servicio público tan discreto

José Luis Caballero

No es nada familiar oír en España el concepto “Cultura de Inteligencia” y no lo es por varias razones, la primera de ellas y no baladí, es que en el vocablo “inteligencia” recogido en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, hay que esperar hasta el epígrafe número 5 para encontrar la definición que nos interesa: “Trazo y correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí”. Se identifica así el termino inteligencia con el de “secreto” y de un modo relacional entre personas o naciones, diferente del significado de “inteligencia” habitualmente aceptado y referido a la capacidad individual para entender o comprender. Sin entrar en el -a mi juicio- error de hablar de “nación” en lugar de hablar de Estado, este concepto de Inteligencia es si no desconocido, corrientemente ignorado, no ya por la población en general sino incluso por los medios de comunicación de masas. Y sin embargo hay una definición de Inteligencia, la psicológica, perfectamente aplicable a lo que nos ocupa: “la aptitud que nos permite recoger información de nuestro interior y del mundo que nos circunda, con el objetivo de emitir la respuesta más adecuada a las demandas que el vivir cotidiano nos plantea”. Naturalmente estaríamos hablando de recoger información del exterior, no de nosotros mismos, y esa respuesta la daría la persona o entidad a la que proporcionáramos la información.

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La segunda razón para este desconocimiento está evidentemente en el concepto de Cultura, normalmente identificado a la cantidad y no a la calidad. Se entiende la cultura, sobre todo en los medios de comunicación,  como un cajón en el que caben las artes, las ciencias, la religión, las expresiones sociales e incluso la historia, pero pocas veces se la ve como un todo integrador, interrelacionado, expresión de la sociedad real y capaz de proyectarse en aspectos concretos. Ya en mi libro “Periodistas o Lacayos” (Meteora 2009) señalaba una concepción lineal y plana del concepto de Cultura manejado por los medios y expresado por Iván Tubau en su obra "Teoría y práctica del periodismo cultural" donde el autor definía a esa rama del periodismo, la cultural, como «La forma de conocer y difundir los productos culturales de una sociedad a través de los medios masivos de comunicación». Ese concepto de Cultura casa pues muy mal con la idea que pretende expresar la “Cultura de Inteligencia”, pues esa idea parte, obviamente, de un concepto de cultura más amplio en extensión y en profundidad.

Más adecuado me parecía ya, según expresé en mi obra mencionada, la definición que la UNESCO da de Cultura con una incursión en la antropología para explicar que la Cultura «hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden», nada que ver en esta definición –decía yo en la obra citada- con lo que diarios, televisión u otros medios de comunicación nos "venden", literalmente, como Cultura.

Y en tercer lugar, en el meollo de la cuestión, está la palabra “de” que relaciona de un modo específico ambos términos, Cultura de Inteligencia, separando el primer término de su acepción general para referirlo y unirlo a aquel otro de Inteligencia.

Todas estas dificultades lingüísticas para el conocimiento a priori desaparecen no obstante ante la misma incongruencia que supondría no dar a cada concepto su valor exacto. Estamos hablando de Cultura en su sentido más profundo como el modo en que el hombre “se expresa, toma conciencia de sí mismo” y “busca incansablemente nuevas significaciones” y hablamos de Inteligencia como “trato y correspondencia secreta” entre entes que pueden ser personas, estados, naciones, corporaciones o grupos.

En el Glosario de “Servicios de Inteligencia y Sistemas democráticos”, coordinado por el profesor Miguel Ángel Esteban Navarro, de la Universidad Rey Juan Carlos, se define así la Cultura de Inteligencia: “Entendemos por cultura de inteligencia el conjunto de conocimiento que la sociedad debe tener sobre la necesidad, la función y la finalidad de un Servicio de Inteligencia, de manera que perciba como propias las cuestiones relacionadas con su seguridad, su libertad y la defensa de sus intereses”.

Tenemos pues un concepto claro que el Glosario pretende introducir en la sociedad, el debate sobre la necesidad de los servicios de Inteligencia en un sistema democrático.

Faltaría definir, como daño colateral, si Inteligencia, como dice el Diccionario en su 5ª acepción, habla solo de trato y correspondencia secreta o si refiere también a lo que en esos círculos se llama información abierta, es decir todo aquello que nuestra sociedad proyecta a través de sus medios de comunicación. ¿Es Inteligencia igual a secreto, o hablamos de secreto en otro sentido? En definitiva, desde un punto de vista personal, cuando hablamos de Inteligencia, de periodismo, de publicidad e incluso de novela estamos hablando de un mismo objeto: información. ¿Compartimos pues un solo objeto los novelistas, periodistas, oficiales de inteligencia, publicitarios. Esto es, la información?, ¿es la única diferencia el tratamiento que le damos para nuestros fines particulares? ¿En qué medida necesita la sociedad democrática unos servicios de Inteligencia y de qué modo se articulan con la sociedad civil? Muchas incógnitas, muchas preguntas y muchas definiciones que aclarar. Parafraseando a Fernando VII, vayamos todos y yo el primero por la senda del conocimiento sobre la Cultura de Inteligencia.

 

Inteligencia, espionaje, servicios secretos

Como casi todos los conceptos que se manejan en los medios de comunicación, el término “espía”, “servicio secretos” o “agente secreto” se ha vulgarizado hasta el extremo de que nos encontramos más ante un estereotipo influenciado por el cine o la novela que por la realidad, sin perder de vista que esos términos han perdido ya vigencia y hoy en día hablaríamos de oficiales de inteligencia que definen mucho mejor de qué estamos hablando. Espía, según el término acuñado por el profesor D. Pastor Petit, espiólogo y el mayor especialista en este asunto,  es la “persona dedicada al acecho, a observar disimuladamente lo que se hace o se dice y a fingir lo que no es”. Añade después el profesor que no todo aquel que espía es un profesional para acabar haciendo una diferenciación entre el espía ocasional, impulsado por alguna razón, y el agente profesional, adiestrado y preparado “con las técnicas y argucias del Servicio Secreto”. Nos aparecen pues dos conceptos esenciales y complementarios; por un lado el trabajo de ver y oír disimuladamente y por otro el fingimiento. Pero estos conceptos se han quedado cortos a la hora de definir un trabajo, el de inteligencia, que supone recopilar información de cualquier índole, secreta o abierta, pero también la de interpretar la información obtenida, analizarla y elaborarla para su uso por las instancias políticas.

En su origen, era precisamente el disimulo, el fingimiento, lo que hacía que el “espía” fuera aceptado en el seno del lugar en el que desarrollaba su actividad de recogida de información, o al menos que fuera ignorado lo que, si se descubre, imprime en la víctima o las víctimas, la sensación de que ha sido traicionado por alguien en quien confiaba. A pesar de los esfuerzos de la novela, del cine y en menor medida de los estamentos oficiales, esa sensación de traición que produce el “espía” es algo que todavía permanece en el inconsciente colectivo, en especial en un país como España que ha salido de una larga dictadura, presente todavía en la mentalidad de una parte de la población. Espía, sea funcionario del Estado o “chivato”, es decir profesional u ocasional, sigue estando en el subconsciente colectivo de amplios sectores de la población como servidor del Estado-Dictadura, como un personaje indigno que nada tiene que ver con el súper agente secreto de la iconografía del espectáculo o lo que es peor, nada que ver con el oficial de los servicios de inteligencia, funcionario leal servidor del Estado democrático.

Desde luego, esa concepción del “espía” un tanto peyorativa, sin dejar de tener algo de realidad, es anticuada, parcial y superficial. Para empezar, el espía, al que se le atribuye la traición, es en muchos casos todo lo contrario al traidor, es fiel, absolutamente fiel al Estado o la organización a la que pertenece, es leal a sus auténticos compañeros y su trabajo resulta ser el de un soldado, soldado de la oscuridad si hemos de ser un poco poéticos. Así titula sus memorias Robert Baer, ex agente de la Agencia Central de Inteligencia, “Soldado de la CIA”, y reivindica esa característica. “Este libro es una memoria de la trayectoria de un soldado de a pie en la otra guerra fría, la guerra contra las redes terroristas que no tienen la intención de hundirse a sí mismas como se hundió la Unión Soviética”.  Naturalmente no es el momento de entrar en las finalidades de la CIA o de la política exterior norteamericana, pero sí en la mentalidad del agente secreto, del oficial de inteligencia, del soldado de la oscuridad cuyo trabajo está impregnado de lealtad y fidelidad y nada tiene que ver con la traición a pesar del disimulo, la discreción y el fingimiento. A nadie se le ocurre decir que un soldado en combate es un asesino porque mata al soldado enemigo, por tanto cabría argumentar que no se puede tildar de traidor al agente que hace su trabajo necesariamente oculto. Otra cosa son los agentes ocasionales a los que el mismo Baer hace referencia hablando de su trabajo en Oriente Medio y en Irán. Agentes ocasionales iraníes y árabes merecen el agradecimiento de Baer porque le ayudaron en un trabajo de treinta años defendiendo los intereses de Estados Unidos en aquella zona convulsa. Pero, ¿y esos agentes árabes o iraníes?, ¿son traidores a su patria? ¿deben ser respetados como soldados de la oscuridad o despreciados como indignos traidores? Así lo hizo el Gobernador romano de Lusitania, Servilio Cepión cuando los asesinos de Viriato se presentaron ante él para recibir la recompensa económica prometida por matar a su propio caudillo. Ese dilema podría solucionarse, de hecho está claramente solucionado, cuando en la ecuación entra no el dinero, sino la ideología o los principios. Si los asesinos hubieran sido convencidos agentes romanos, partidarios de someterse a Roma con lo que eso implicaba de superior cultura, organización y principios morales, en ese caso estaríamos ante una acción aceptable, ¿o no? Lo que desde luego la hace inaceptable a nuestros ojos es el ejecutar una acción como aquella por un simple beneficio económico, así pues admitiríamos la supuesta traición de los agentes iraníes o árabes siempre y cuando su motivación fuera la de oposición a los regímenes de uno u otro signo de sus países. Y esa actitud nos plantea dos cuestiones fundamentales. Por un lado las motivaciones personales de cada uno y por otro el concepto de patriotismo, por encima del régimen específico del momento. Pero ambas cuestiones seguramente se escapan de lo que entendemos por espía, lo que significa la acción encubierta, el trabajo del agente secreto o del más amplio concepto de servicios de inteligencia.

Aceptemos pues que los agentes a los que Baer hace referencia, a aquellos a los que agradece su colaboración, eran patriotas iraníes o árabes, amantes de sus propios países pero que estaban en contra de sus regímenes políticos y veían a Estados Unidos como un modelo y un aliado para una vida mejor, como tal vez, alguno de los lusitanos que asesinaron a Viriato veían a Roma. Y lo que calificaríamos como traición no es más que disimulo y fingimiento por una evidente razón de eficacia y seguridad personal. Siguiendo este razonamiento, cuando hablamos de los cinco de Cambridge, por ejemplo, Blunt, Philby, Cairncross, Burgess y McLean debemos concederles igualmente la ausencia de traición, el patriotismo hacia su país, el Reino Unido solo que con una absoluta disidencia de su sistema político, social y económico. Tampoco vamos a entrar en el terreno de la superioridad moral o social de un sistema sobre otro ni mucho menos en la disyuntiva de Estado Soviético o Monarquía Constitucional. La cuestión estriba en delimitar por un lado el oficial de inteligencia profesional, funcionario y servidor del Estado y por otro el espía ocasional, en el que las motivaciones juegan un papel importante y le hace ser un Judas (suponiendo que Judas fuera un traidor) o un honrado soldado de la oscuridad.

Siguiendo el imprescindible diccionario del profesor Pastor Petit, cuando define al Agente Secreto, lo identifica inmediatamente como el espía profesional, porque en definitiva, al margen de que espía es un término coloquial y a veces peyorativo, la función principal del agente secreto es la de espiar, en un sentido amplio, no solo observar sino al mismo tiempo tratar y analizar la información, transmitirla, influir en lo observado y en definitiva realizar todas aquellas actividades que les sean encomendadas manteniendo siempre la discreción, o el secreto al que hace referencia la profesión. Y eso es lo que conocemos como Inteligencia que, curiosamente, no aparece como tal concepto en el diccionario de profesor Pastor Petit, aunque está implícita en otras múltiples definiciones. A la hora de definir lo que es un agente secreto, el doctor Pastor Petit hace referencia a la pertenencia a una organización, generalmente estatal, aunque no siempre, y a un adiestramiento específico en “criptografía, tintas invisibles o simpáticas, micrografía, microfilme, armas especiales, explosivos, armamento sofisticado…” Dada la velocidad con que la tecnología se desarrolla hoy en día, sea de la información o de cualquier índole, no es de extrañar que una edición de 1996 no tenga en cuenta específicamente la Informática, las Redes Sociales, la fotografía digital o la Telefonía Móvil y que haga hincapié en tintas invisibles o microfilmes. Micrófonos, cámaras digitales de vídeo o de fotografía, sistemas de comunicaciones, ordenadores y programas específicos de transmisiones o de encriptación son hoy en día conocimientos básicos, vitales, en la profesión de agente secreto, sea cual sea su nivel. Y finalmente, llama la atención el conocimiento que el profesor Pastor Petit reconoce al agente secreto en lo que se refiere a armas, específicas o sofisticadas, y a explosivos. Hay que tener en cuenta, no obstante, que cuando hablamos de agente secreto o espía, de un modo inconsciente, estamos pensando en época de guerra, ¿para qué sino el conocimiento de armas y explosivos? El agente secreto tiene su razón de ser en la guerra… o al menos eso es lo que en la definición clásica entendíamos como espionaje, espía, agente secreto, soldado… algo diferente a lo que hoy en día entendemos como oficial de inteligencia que incluye un amplio trabajo de análisis, elaboración y recopilación.

¿Qué ocurre entonces? No estamos en guerra. ¿O tal vez ha cambiado el concepto de guerra? Desde el final de la II Guerra Mundial ningún país en el mundo ha declarado la guerra a otro, al modo clásico, y sin embargo el número de guerras entre países supera las cincuenta desde 1945, sin contar revoluciones interiores y sin tener en cuenta guerras latentes que estallan esporádicamente. Así pues nos encontramos con que el concepto de guerra clásica, entre países, declarada de un modo formal, con la pertinente retirada de Embajadores y sus requisitos legales ha desaparecido totalmente del panorama mundial. De hecho, la Alemania de Hitler inauguró este sistema cuando, sin previa declaración de guerra, invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939 aunque sus países enemigos, básicamente Francia y el Reino Unido sí respetaron esa norma.

La cuestión que nos ocupa es la de determinar si el espionaje es por definición una actividad en tiempo de guerra o por el contrario forma parte de la política y es igualmente aplicable en tiempo de paz. La respuesta, obviamente es que también se aplica en tiempos de paz, pero sin lugar a dudas de un modo que hasta ahora podríamos llamar vergonzante. Ningún país, hasta hace relativamente poco tiempo, presumía de sus servicios secretos o admitía que espiaba a sus potenciales enemigos o incluso a los amigos. A poco que reflexionemos con algo de madurez, comprendemos que las decisiones que toman los gobernantes, o los responsables de grandes empresas, necesitan información, necesitan tener en sus manos el máximo conocimiento de lo que sucede en el mundo, cercano o lejano, amigo o enemigo. Es tan evidente que no requiere explicación, y esa información puede ser abierta, al alcance de todos, o secreta, para lo que, es evidente, hace falta un servicio secreto que la obtenga. No obstante, para justificar esa actividad fuera del tiempo de guerra, se han acuñado conceptos como los de “guerra fría” o “guerra contra el terrorismo”, como si fuera necesario el epígrafe “guerra” para justificar la labor de los servicios secretos; espiar, obtener información, influir en los acontecimientos mundiales y elaborar, analizar y tratar la información. No. El espionaje no es una cuestión solo de guerra abierta y es por tanto identificable con el término de inteligencia.

En 1975 se publicó en París la obra “Le grand Jeu” (El Gran Juego) las memorias de Leopold Trepper, espía mítico que dirigió la conocida como “Orquesta Roja” o la red de espionaje soviética en la Europa ocupada por los nazis. Ese término, “el gran juego”, era ya utilizado para definir el enfrentamiento secreto entre el bloque soviético y el de la OTAN. El término, no obstante, había sido acuñado cien años antes, en el centro de Asia para situar la pugna entre el Imperio Británico y el Imperio Ruso, de modo que el Reino Unido de la guerra fría –y sobre todo Estados Unidos- y la Unión Soviética, como herederos de sus respectivos imperios, continuaron jugando ese juego no ya en el centro de Asia sino en todo el mundo.

Ya en “El arte de la guerra” de Sun Tzu se puede leer: “Siempre que quieras atacar a un ejército, asediar una ciudad o atacar a una persona, has de conocer previamente la identidad de los generales que la defienden, de sus aliados, sus visitantes, sus centinelas y de sus criados; así pues, haz que tus espías averigüen todo sobre ellos” y en todo un capítulo, el XIII, se elogia en todos los sentidos y se dan las directrices de lo que, en términos más modernos, podríamos definir como espionaje.

Pero hoy en día, en un mundo complejo, donde los conflictos entre naciones son solo una parte de los conflictos, el concepto tradicional de espionaje se queda corto, es solo una parte de un concepto más amplio que es el de Inteligencia.

Hablábamos al principio de la Inteligencia como “la aptitud que nos permite recoger información de nuestro interior y del mundo que nos circunda, con el objetivo de emitir la respuesta más adecuada a las demandas que el vivir cotidiano nos plantea”. Para definir pues ese nuevo concepto que engloba también al espionaje clásico solo tendríamos que hacer unos pequeños cambios en esa definición y decir: “la aptitud que nos permite recoger información del mundo que nos circunda, con el objetivo de emitir la respuesta más adecuada a las demandas que la actividad de sus destinatarios nos plantea”, entendiendo por destinatarios aquellos responsables políticos de la marcha de un país, de un organismo internacional o incluso de una empresa.

 

El papel de los servicios secretos en una sociedad democrática

En julio de 2010 tuvo lugar en Cartagena (España), un curso de verano sobre “Servicios de Inteligencia y Seguridad Internacional” organizado por la Universidad Politécnica, en el que una veintena de expertos de varios países dieron una amplia panorámica sobre tema tan espinoso. Uno de los expertos argumentaba en una de las múltiples charlas informales alrededor de las ponencias, que la función de los servicios de Inteligencia, como la de cualquier otro organismo del Estado era la defensa del concepto de Estado Democrático, o lo que es lo mismo, que izquierdas o derechas eran aceptables desde cualquier punto de vista siempre y cuando respetaran el Estado Democrático. Decía ese mismo experto que su misión, como profesional del ámbito de la Inteligencia al servicio de su país, pasaba también por defenderlo de lo que llamaba “la extinción”, haciendo una suerte de traspolación o de darwinismo social. Podemos coincidir así en que en un país democrático, los servicios de Inteligencia defienden la democracia, del mismo modo que una organización terrorista que opera en un país democrático está luchando contra la democracia. Entraba así en concordancia este experto, con lo expuesto por Alain Touraine sobre la idea de nación emancipada de la de estado nacional y emancipada “de su carga cuasi religiosa”. Patriotismo, sí, pero patriotismo democrático, no a cualquier precio. En definitiva, la idea que defienden los servicios de inteligencia de la democracia es que no importa quien esté en el Gobierno puesto que los servicios de inteligencia tienen como finalidad la defensa del Estado y de la Democracia.

Reunir en un curso universitario a expertos en Inteligencia de varios países tiene varios efectos, y uno de estos efectos es percatarse que cada experto, cada miembros de cada organización, coincide con el resto en que la obtención de información, de Inteligencia en el sentido en que apuntábamos más arriba, es fundamental para la supervivencia del grupo social, llamémosle país o nación, al que representa. Una aportación interesante en ese sentido es la de ese darwinismo social del que hablábamos. Supongamos que las sociedades se mueven del mismo modo que las especies; eso quiere decir que las menos adaptadas o las que no sepan defenderse, desaparecerán. La desaparición de la Unión Soviética y de los países del socialismo real así lo muestran, como también el fenecido Imperio Británico, el Español, el de Gengis Kan o el Romano. La lucha pues, se da sobre el terreno para saber qué modelo de sociedad superará la gran prueba de la crisis de crecimiento. Diversos modos de vida compiten por un mismo nicho vital y aquel que tenga la mejor información será el que sobrevivirá, al menos eso mantiene el darwinismo. Un avispado experto en Inteligencia ponía el ejemplo de Irán. Irán no puede competir con Estados Unidos o la Unión Europea ateniéndose al modelo social y mental de esas sociedades, por tanto inventa o utiliza otro modelo diferente, que sí es competitivo, para luchar por ese mismo nicho vital que llamamos globalización. Y ese modelo social o mental que utiliza Irán es el islamismo radical y su punta de lanza, el terrorismo yihadista. Simplificando, los servicios de inteligencia de un país se mueven en lo que llamaríamos “patriotismo” que sería el modo de poner en términos sociales el darwinismo de las especies, pero hay un rasgo importante en ese patriotismo, un rasgo ya señalado por Jurgen Habermas cuando da esa connotación básica que llama “patriotismo constitucional”, el patriotismo de los ciudadanos que se sienten parte de un proyecto democrático y constitucional, no de una idea de “patria, última refugio de los canallas” que decía Bertold Brecht. Así los servicios secretos defienden, desde su trabajo de obtención y elaboración de Inteligencia, lo que llamamos “intereses nacionales” o en nuestro caso los “intereses españoles”. Eso quiere decir que los servicios de Inteligencia se ocuparán de la obtención de información y servir al Estado, no servirse de él, asumiendo la tarea de defender los intereses nacionales marcados por el Gobierno, cualquier Gobierno del signo que sea que debe ser el garante de ese “patriotismo constitucional”.

A finales de agosto de 2010, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se entrevistó con las autoridades chinas en el curso de su visita a Shangai. Los ciudadanos nos enteramos entonces que el Presidente trata con lo altos responsables chinos de asuntos económicos de gran importancia, entre ellos de la posible instalación en España de diversas factorías relacionadas con la industria del automóvil. Parece obvio que el Presidente del Gobierno llevaba en su cartera todos los informes necesarios para saber de qué iba a hablar, con quién y con qué posibilidades. Una parte de esas informaciones, las llamadas abiertas, las preparan sus asesores a partir de la prensa, de los informes de las empresas y de los diplomáticos españoles en China o en los mercados internacionales, pero de esos informes “abiertos” una parte importante la han seleccionado y analizado los servicios de inteligencia, el CNI, que ha añadido, además, un volumen considerable de informes confidenciales, imposibles de encontrar en abierto, pero que se han obtenido por un eficaz trabajo que ha contado con agentes, confidentes, técnicos y tecnología punta.

Si hablamos de terrorismo, la creación del CESID y su sucesor el CNI supuso que, al contrario que su antecesor, el SECED, su finalidad de trabajo estaba pensada para el exterior, lejos de la vigilancia política de la sociedad española. Detectar las amenazas terroristas contra España, las redes del narcotráfico o la instalación de la delincuencia organizada en España son funciones que exigen un servicio como el que prestan los servicios de Inteligencia. Un servicio en zonas calientes del extranjero como el Magreb o el Sahara, centro y Sudamérica o la Europa oriental, pero también en el interior sin olvidar el terrorismo etarra. Esas son las funciones que presta, o debe prestar, un servicio de Inteligencia.

 

El ciudadano frente a la Inteligencia

¿Qué ocurre en España con los servicios de Inteligencia? En primer lugar ya hemos apuntado el desconocimiento. El gran público y la mayor parte de los profesionales de la comunicación no saben lo que hace el CNI y eso es perjudicial para cualquier organismo del Estado. A los funcionarios y responsables del CNI no les gusta hablar de secreto, sino de discreción; sus objetivos no son un secreto, lo son, por necesidad, los métodos y las estructuras. En cierto sentido es tan malo desconocer qué trabajo hace el CNI como lo sería desconocer que hacen los funcionarios de sanidad o los de parques y jardines. En su trabajo “El papel de la comunidad de inteligencia en la toma de decisiones de política exterior y de seguridad en España”, el profesor Antonio M. Díaz Fernández, de la Universidad de Burgos, apunta no obstante la desconfianza existente entre los políticos que dirigen el país y los servicios de Inteligencia que les deben dotar de gran parte de la información que necesitan para trabajar y esa desconfianza la sitúa como uno de los problemas a resolver para aprovechar al máximo las posibilidades de un servicio de Inteligencia. Pero a mi juicio existe un grado superior de desconfianza y es el del ciudadano con respecto, no ya a los servicios secretos, sino al Estado. Partamos pues de la base de dos conceptos antitéticos, el Estado protector o el Estado enemigo de sus propios ciudadanos.

En España existe un notable fraude fiscal, una cultura de esquivar las normas y las multas de tráfico, una percepción del funcionario como enemigo que no trabaja y disfruta de privilegios, una creencia popular de que “todos los políticos roban”, que la eficacia de la empresa privada es infinitamente superior a la de la pública. En amplios segmentos de la población el aparato del Estado está para exigir impuestos, no dar nada a cambio y perjudicar el desarrollo de la actividad normal. Desde el concepto de ultraliberalismo hasta el de antisistema existe toda una gama de justificaciones ideológicas y teóricas para denostar y defraudar al Estado. ¿Se ve en España el Estado como protector o como generador de confianza y de progreso? Seguramente se le ve como garante del progreso y la libertad en algunos estamentos, pero la derecha ultra liberal desconfía del Estado y no digamos la izquierda antisistema. Y si existe esa desconfianza tan arraigada hacia el Estado, ¿cómo va a confiar la sociedad en un servicio estatal como el CNI que, además, funciona en el secreto por propia definición? Si el ciudadano corriente no confía en los médicos de la Seguridad Social, ¿cómo va a confiar en los agentes de los servicios de Inteligencia?

Estamos pues ante un problema mucho mayor para la creación de una Cultura de Inteligencia. Estamos ante una profunda desconfianza hacia el Estado que, en grandes áreas de la población, se ve como un enemigo y no como un protector.

El profesor Diego Navarro Bonilla, experto en servicios de inteligencia y profesor en la Universidad Carlos III de Madrid, conoce perfectamente esa desconfianza de ciertos políticos hacia sus propios servicios secretos y desde luego la del ciudadano corriente “El poder, en abstracto”, dice, “es siempre percibido como limitador de libertades. Las estructuras de inteligencia, como una de las fuerzas concretas de ese poder abstracto, suelen ser objetivo o diana de los desafectos y odios contra el poder. Pero no creo que más que policías, ejércitos y todo lo que suponga autoridad. Tal vez el éxito de las representaciones cinematográficas y literarias de los asuntos de inteligencia esté en la capacidad de subvertir esa ‘seriedad’ u oscuridad, dotándoles de un tono de parodia, de crítica o de burla por parte de la sociedad que les presenta como lo que no son: caricaturas”. Y el profesor mantiene que los controles jurídicos españoles son garantía de que los servicios secretos españoles juegan limpio dentro de la Constitución. “La desviación extrema es la conversión de la agencia de inteligencia en una policía política donde el interés a defender no es el de la sociedad a la que sirve, sino al partido en el poder: Stasi y el Ministerio para la Seguridad del Estado de Erich Mielke como perfectas encarnaciones de todo esto”.

¿Qué es entonces lo que debe llegar al ciudadano español sobre el papel de los servicios de inteligencia? Desde luego y en primer lugar que el CNI, el Centro Nacional de Inteligencia, es un organismo creado al amparo de la Constitución, un organismo creado pues sobre bases democráticas y cuya finalidad, como expresa el doctor Díaz Fernández, es la de dotar al Gobierno de la información necesaria para desarrollar su política exterior, de defensa y de seguridad. Hasta ahí no cabe ninguna reticencia al papel de los servicios secretos. En segundo lugar, debería llegar al ciudadano la obviedad de que el CNI, como las Fuerzas Armadas o incluso el Ministerio de Asuntos Exteriores, por mucho que se apellide de Cooperación, no son  ONGs sino organismos del Estado, cuya función es defenderlo. Coincidamos pues en que los objetivos del CNI deben ser conocidos por los ciudadanos, ser absolutamente transparentes y donde se ha de guardar la debida discreción es en los métodos y en las estructuras de una organización que vive de la discreción.

 

Cultura de Inteligencia

¿Qué es pues la Cultura de Inteligencia? Desde el Glosario de Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos, editado por la Universidad Rey Juan Carlos y desde el propio CNI se la define así: “Entendemos por cultura de inteligencia el conjunto de conocimiento que la sociedad debe tener sobre la necesidad, la función y la finalidad de un Servicio de Inteligencia, de manera que perciba como propias las cuestiones relacionadas con su seguridad, su libertad y la defensa de sus intereses”. Bajando a la arena de la práctica, el doctor Diego Navarro Bonilla, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, autor, entre otros, del libro “Espías: Tres mil años de información y secretos” (Plaza y Valdes. 2009) y de diversas publicaciones especializadas en Inteligencia, afirma que “Es indudable que partimos de una necesidad compartida y bidireccional: los servicios de inteligencia sirven a la sociedad y, a su vez, ésta debe conocer con un poco más de rigor, el contexto de su actuación y todo lo que la ley permita o no contemple como estrictamente secreto”.

En realidad, el concepto de Cultura de Inteligencia no es más que la idea de integrar ese servicio que el Estado presta a la sociedad en el sociedad misma. Es cosa sabida que la OSS, precursora de la CIA, la CIA misma o el Inteligence Service británico, por ejemplo, reclutaban a su personal entre los más destacados alumnos de las Universidades más prestigiosas. Personas inteligentes, bien formadas en diferentes especialidades y que luego pasaban a realizar los cursos específicos de cada servicio. Al mismo tiempo, el Ejército era una fuente de obtención de personal cualificado y con las características necesarias para ejercer la función de agente secreto, agente de campo principalmente. El paso obvio siguiente parecía ser la creación de cátedras específicas en las universidades que prepararan profesionales encaminados bien hacia los servicios secretos o bien hacia su estudio y apoyo, oficiales de inteligencia en la que la función de análisis se convierte en algo primordial. Esa es la función de la Cátedra de Servicios de Inteligencia de la Universidad Rey Juan Carlos, del Intituo Elcano o de la recién creada en la Universidad de Valencia.

Este camino sugiere una simbiosis entre la sociedad y los servicios de inteligencia, una simbiosis que incluye la integración de los servicios secretos en la Universidad, como parte del conocimiento, en la empresa, como parte de su actividad, en los medios de comunicación como parientes cercanos de esos servicios secretos. Los peligros inherentes a esta simbiosis son no obstante, bastante evidentes. Por un lado está la cuestión de la misma esencia de los servicios de inteligencia: la discreción. Obviamente la ley establece cuáles son los límites de ese conocimiento; el secreto oficial, la confidencialidad, la discreción no son solo cuestiones subjetivas sino que están precisadas en las leyes. Pero es preciso preguntarse algunas veces ¿es necesario conocer el nombre del secretario, o secretaria, general del CNI?, es decir del técnico, no del político que dirige los servicios secretos. ¿Es necesario conocer nombre y apellidos de los agentes asesinados en Irak en 2003? ¿Necesitamos conocer las sedes o los lugares de trabajo de los servicios secretos? La respuesta es difícil y al margen de lo establecido en la ley, probablemente está en esa área que llamamos “sentido común”. Otra cuestión es la de la actitud de la sociedad ante esos servicios, o mejor, ante la actividad de los servicios de inteligencia. ¿Se pretende convertirnos a todos en informadores y colaboradores? La respuesta de los responsables de inteligencia es no, desde luego que no. Pero es obvio que si el Estado está para defendernos, nosotros debemos defender al Estado porque eso es defendernos a nosotros. Y hemos partido de la base de que el Estado es democrático, que el patriotismo es un patriotismo constitucional como dice Habermas y que todos estamos en el mismo barco. Cuesta trabajo no obstante convencer al ciudadano de que los intereses de la Compañía Telefónica en Argentina o de Cepsa en Brasil son intereses de todos los españoles y probablemente ahí está el talón de Aquiles de la Cultura de Inteligencia. Entendemos perfectamente que debemos colaborar en esa Cultura de Inteligencia, y más allá si es necesario, para defendernos del terrorismo, del narcotráfico y del crimen organizado, pero ¿entendemos del mismo modo que debemos involucrarnos en los intereses de Iberia, de Cepsa, de Telefónica o de Inditex solo porque son españolas?

Como posible respuesta a esa pregunta podríamos seguir a Alain Touraine y ser conscientes de que la sociedad no es monolítica, en absoluto, que existen intereses contrapuestos, formas diferentes de ver la realidad, opiniones diversas sobre temas complejos y respuestas heterogéneas a preguntas que parecen las mismas. Nosotros, ciudadanos, deberíamos reconocer al CNI, a los servicios de inteligencia, como partes necesarias y esenciales del Estado que nos defiende, ciertamente a todos, sea la Compañía Telefónica o los ciudadanos anónimos que viajamos en un tren de cercanías, y al mismo tiempo no debemos perder nunca el sentido crítico, la reclamación de nuestros derechos y el ejercicio de nuestra libertad.



Jose Luis Caballero.
Escritor y autor de El espía imperfecto. ISBN: 9788492429721. Año 2009. Madrid.