Las fake news de la ultraderecha ante el periodismo de calidad

MANUEL CAMPO VIDAL

“La desinformación será clave en las Elecciones Europeas. Esto es el uso político del dato para que la gente se crea una ideología o una propuesta que no es real”, declaraba recientemente Cristina Tardáguila, fundadora de La Lupa, primer medio de verificación de noticias falsas de Brasil, en el Foro Next titulado: ‘La batalla contra las fake news’. Varios países de Europa – especialmente Italia con la presencia de Salvini y España con el reciente apogeo de Vox – y también del resto del mundo – como la reciente victoria del brasileño Bolsonaro – han sufrido, y están sufriendo, esta epidemia desinformativa tan contagiosa y, a su vez, tan eficaz. Como aseguraba el Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de España, Josep Borrell, “hemos conseguido que no nos envenenen físicamente – refiriéndose a los productos alimenticios – pero no que no nos envenenen psicológicamente”.

Toda revolución tecnológica ha sido utilizada como medio propagandístico y, por tanto, probablemente también de mentiras. Lo fue la radio para Roosevelt, presidente de Estados Unidos, a principios de la década de los 30 en las conocidas ‘Charlas bajo la Chimenea’ donde enviaba su mensaje a los norteamericanos. Anteriormente, lo había sido el cine con los patrióticos largometrajes de la Alemania nazi como ‘Triumph des Willens’ - El triunfo de la voluntad -, producidos por el autodenominado ‘Patrón del cine alemán’, Joseph Goebbels. Por supuesto, también lo ha sido, y es, la televisión, como en el reciente caso de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, TV3, a la que hacía referencia el periodista Ignacio Vidal-Folch en un artículo de opinión en El País: “TV3 es el reino de las medias verdades o medias mentiras recurrentes. España ha dejado de existir en los informativos de la televisión catalana”.

“Toda revolución tecnológica ha sido utilizada como medio propagandístico”

Algo parecido sucede ahora con las redes sociales, elemento fundamental para difundir fake news en un tiempo récord y con un impacto social abrumador. Las noticias falsas son capaces de enrarecer el clima político, el clima social y, en consecuencia, deteriorar la democracia, que es lo que hay en el fondo, y desestabilizar la Unión Europea.

¿Por qué ahora le damos más importancia? Porque se produce en unas circunstancias que antes no teníamos.

En primer lugar, muchos de los que las difunden pueden ampararse en el anonimato, sobre todo, en el caso de WhatsApp donde la privacidad de las conversaciones hace que resulte prácticamente imposible conocer la fuente de la noticia. En segundo lugar, la aparición de aceleradores tecnológicos, a través de los bots y robots. Una investigación del Instituto de Tecnología de Masachusetts (MIT) asegura que las noticias falsas se retuitean un 70% más que las verdaderas, como sucedió con uno de los tuits pro independencia de Cataluña de Julian Assange, que logró más de 72 mil retuits en apenas unas horas. Esto se debe, entre otras cosas, a la confusión que producen estas informaciones en los consumidores. De hecho, Approaching the Future, un estudio que anualmente elabora Corporate Excellence – Centre for Reputation Leadership junto a Canvas Estrategias Sostenibles, estipula que el 65% de las personas reconocen no ser capaces de distinguir si las noticias son ciertas o son mentiras y rumores. Además, determina que las fake news aumentaron en un 365% en el año 2017. Cifras, cuanto menos, preocupantes.

“Las noticias falsas se retuitean un 70% más que las verdaderas“

A esto hay que sumarle que las informaciones verdaderas tardan seis veces más en llegar por Twitter a unas 1.500 personas, según el MIT. Aunque lo cierto y más preocupante es que no son esos aceleradores los que más difunden las noticias falsas, sino nosotros, las personas. El componente emocional de las mentiras nos estimula para clicar, sin pensar, el botón de compartir.

Recuerdo una declaración de Juan Francisco Delgado, Doctor en Psicología Social y Experto en Emprendimiento e Innovación en Tecnologías de la Información y de la Comunicación por la Universidad de Stanford, que decía “las emociones generan en nuestro conocimiento un rechazo de algunas creencias, o un reforzamiento de lo que ya tenemos”. Los seres humanos tendemos a agruparnos en comunidades, lugares donde las noticias falsas son más demoledoras. Las típicas conversaciones de bar han sido sustituidas por los grupos de Facebook, Twitter y, sobre todo, de WhatsApp. Mensajes sencillos, escuetos y muy visuales – donde las imágenes cobran una gran importancia – que facilitan la comprensión del receptor. Lo preocupante de este servicio de mensajería instantánea – utilizado por más de 1.500 millones de personas en todo el mundo – es que es lo más parecido a una conversación personal de toda la vida, de tú a tú, con personas de confianza en la mayoría de los casos que, de manera inconsciente y desafortunada, sirven como filtro de credibilidad.

“Tendemos a agruparnos en comunidades, lugares donde las noticias falsas son más demoledoras”

Esta es la herramienta del momento, el soporte comunicativo que ya dominan los partidos de ultraderecha en toda Europa y el mundo, y que han demostrado ser tremendamente eficaces en las sociedades, normalmente, provocado por un fuerte descontento social.

¿Por qué nos las creemos? Algunos por ignorancia, otros porque necesitan creérsela, otros por la verosimilitud con las que nos presentan las informaciones a pesar de ser falsas, y otros por culpa de los medios de comunicación que, a priori son creíbles, pero también pecan de soberbia y, sobre todo, de rapidez para difundir las informaciones y ganar esa lucha constante por ser los primeros sin, en muchas ocasiones, contrastar las fuentes y tener tiempo suficiente para poder realizar una interpretación de lo acontecido.

“(Los medios de comunicación) pecan de rapidez para difundir las informaciones y ganar la lucha constante de ser los primeros”

¿Qué hacer? En primer lugar, creo que debemos ver con simpatía algunas organizaciones, incluso sin ánimo de lucro, que se dedican a aclarar cosas. Mención especial a Maldito Bulo en España, Verificado 2018 en México, y a la ya citada La Lupa en Brasil. Debemos apoyarlas, colaborar con ellas porque están tratando de certificar que las cosas son ciertas o no.

Es la hora del periodismo de calidad. Es absolutamente fundamental que recuperemos la credibilidad de los que escribimos, de los que hablamos ante un micrófono, de los que hablamos por televisión. El periodista debe contrastar y ratificar las fuentes porque, como asegura Clara Jiménez, fundadora de Maldito Bulo, “todos los periodistas somos fact-checkers porque va en la propia esencia del periodista verificar la información”.

“Es la hora del periodismo de calidad”

No olvidemos que se avecinan las europeas, las generales y las municipales y la campaña electoral ya está en marcha. Ríos de información fraudulenta en forma de noticias e imágenes corren por nuestros dispositivos móviles. Permanezcamos alerta y con los ojos bien abiertos porque las noticias falsas no descansan.

Manuel Campo Vidal

Periodista y profesor de comunicación.