Cine y depresión económica: las uvas de la complacencia

DAVID THOMPSON

Hay grandes películas que reflejan la Depresión,
pero, para esta crisis, ya no disponemos del talento preciso.

 Y bien, ya conocen las malas noticias. Nos hemos quedado todos pensando cómo transcurrió la última depresión grave, en esa parte de los peores diez años sólo disipados por la guerra. Pero también están las buenas noticias. La última vez que se produjo dicha depresión, ese lugar, otrora conocido como Hollywood, produjo:

Soy un fugitivo (I Am a Fugitive from a Chain Gang). Dirigida en 1932 por Mervin Le Roy, con Paul Muni. Es un ilustre ejemplo del género carcelario, de denuncia social, falsos culpables y fugitivos de la justicia.

Foto: Pixabay.

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Desfile de candilejas (Footlight Parade). Musical protagonizado por James Cagney, Joan Bondell , Ruby Keeler y Dick Powell, con números del extraordinario Busby Berkeley, dirigido en 1933 por Lloyd Bacon.

Al servicio de las damas (My Man Godfrey). Realizada en 1936 por Gregory La Cava como director, fue interpretada por Dick Powell y Carole Lombard.

Fueros humanos (Man's Castle). De 1933, dirigida por Frank Borzage, con Spencer Tracy y Loretta Young en los principales papeles. Un drama en torno al desempleo, que termina por conducir al crimen.

El secreto de vivir (Mr Deeds Goes to Town). Uno de los clásicos de Frank Capra en los años 30 (1936), con Gary Cooper y Jean Arthur, como el falso ingenuo que hereda una fortuna y la reportera cínica de corazón de oro, respectivamente.

Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath). Otro clásico, éste de John Ford (1940), basado en la celebérrima novela del mismo título de John Steinbeck publicada un año antes, con Henry Fonda y Jane Darwell, que relata la historia de una familia de granjeros sin tierra ni trabajo que, como miles de "oakies", se desplazaron, durante la Gran Depresión, de la Oklahoma asolada por la erosión y la sequía a la promisoria California.

Calle sin salida (Dead End). Dirigida por William Wyler en 1937, con Sylvia Sydney, Joel McCrea y Humphrey Bogart. Es un drama de "gangsters" y delicuencia juvenil situado en el East End de Nueva York.

El pan nuestro de cada día (Our Daily Bread) de King Vidor (1934). Cuenta la historia de una pareja urbana que, acuciada por la Depresión, marcha a a vivir al campo, donde establece una comunidad agrícola de tintes socialistas que logra sobrevivir tras enfrentarse a los desastres naturales y la animadversión de las autoridades.

Y, Luces de la ciudad (City Lights). El primero de los largometrajes de Chaplin realizado (1931) en la era del sonoro y de la Depresión, con Virginia Cherrill en el papel de la florista ciega.

No hace falta discutir si todas estas son grandes películas, pero todas afrontan el hecho de que millones de personas se las veían en los años 30 con las penurias de la pobreza, que podían llegar fácilmente hasta la muerte, el desastre y la degradación. Parece extraño, pero casi todas estas cintas fueron producto del sistema de una fábrica dispuesta a considerar la felicidad y el bienestar como ideales últimos de los Estados Unidos.

Pues los hombres y mujeres que hacían que la fábrica funcionase -sobre todo los escritores- eran antiguos periodistas que no se engañaban sobre lo que de veras sucedía en el país, lo mismo que los novelistas y autores de teatro cuya gama sentimental iba de la ira a la compasión. De manera que bastantes de las películas de la fábrica salieron sardónicas, irónicas, compungidas, torturadas y puramente airadas. Al servicio de las damas es una comedia en la que Carole Lombard, que interpreta a una atolondrada figura de la buena sociedad, va en busca de un "hombre olvidado" al vertedero de la ciudad, un hombre caído en desgracia, un vagabundo, un pordiosero. Ya sé que el tipo que encuentra resulta ser William Powell, el perfecto caballero, y todo acaba saliendo bien. Pero Al servicio de las damas no enmascara las realidades en las que se basa. Hay una honestidad en algunas películas de los años 30, un ingenio ácido, un sentido de la necesidad de reforma que condujo a que algunos escritores se les acusara posteriormente de rojos.

¿Qué pasará esta vez? La industria cinematográfica norteamericana lleva años preocupada. Sabía que su público iba menguando, y notaba su propia incapacidad de reproducir el populismo de los años 30 y 40. Y nadie conoce todavía el alcance de la crisis. Así que no tiene sentido que nadie -y mucho menos Hollywood- pregunte si tiene los escritores y directores que podrían hablar al país a la vez que ofrecen consuelo compasivo y cierta esperanza lejana.

Falta el talento y la experiencia

No hay más que ver las películas que ha realizado el grueso de la industria en lo que llevamos de siglo para saber que nos falta el talento o la experiencia necesaria. En 1930, el talento de las películas norteamericanas procedía de la literatura, el teatro y el periodismo, de un trasfondo cultivado y un sentido compartido de la identidad moral en su forma de ser norteamericanos. El talento de hoy consiste en la gente joven absurdamente rica que ha logrado los exitazos de los últimos doce años. Saben muy poco de la vida, salvo lo que pueden perder.

Esta gente, lo mismo que buena parte del público, ha perdido la costumbre y hasta el recuerdo de los tiempos duros. Y la conexión entre la consternación y las grandes esperanzas ha tenido 60 años de prosperidad, supremacía y autosatisfacción. Esto último constituye el rasgo más alarmante, puesto que indica la pérdida de espíritu crítico y de un sentido de la política, que cree en el continuo declive del poder. El espíritu crítico que hizo Al servicio de las damas y escribió Las uvas de la ira no va a volver porque chasqueemos los dedos.

Los norteamericanos (y la gente de muchos otros países) necesitan recobrar la capacidad de experiencia, para registrar lo que nos sucede y poder verlo a mayor escala en el conjunto de la gente.

Pero aún queda la esperanza. Con extraña pertinencia nos llega una película escrita por Oliver Stone. Dista de ser perfecta, pero Stone es un norteamericano decidido y consciente, que siente la necesidad de recordar. Su última película -W- tiene algo de la ambigua ironía de Al servicio de las damas y una sorprendente intuición de cómo llegamos hasta donde estamos. Sólo Norteamérica podía hacer W. Y dejar que un hombre así fuera presidente. 


David Thomson.
Autor del New Biographical Dictionary of Film.

Traducción de Lucas Antón para www.sinpermiso.info

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