¿Quiénes son los militantes de ETA?

Fernando Reinares

Ante las atrocidades llevadas a cabo por ETA, en estrecha connivencia con su cada vez más circunscrito elenco de simpatizantes, es oportuno interrogarse acerca del perfil sociológico que caracteriza a los militantes de dicha organizacion terrorista, autores de una barbarie tan prolongada como degenerativa. En este sentido, un somero análisis, con carácter divulgativo, de los datos correspondientes a algo más de seiscientos miembros de la banda armada, extraidos de sumarios y procedimientos abreviados incoados en la Audiencia Nacional a lo largo de dos décadas, ofrece resultados bien elocuentes.

Se trata de una muestra sobradamente significativa en la que no se incluye a cuantos se han relacionado con ETA como colaboradores. Equivale, de hecho, a entre la mitad y un tercio del total de activistas etarras habidos desde el final de los años sesenta, lo que permite sostener algunas generalizaciones respecto al conjunto de la militancia. ¿Quiénes son, pues, los terroristas? ¿Cuáles son sus rasgos demográficos básicos? ¿De qué ámbitos geográficos y entornos culturales proceden?.

¿A qué se dedicaban cuando ingresaron en ETA? ¿Cómo han evolucionado su caracterización social a lo largo del tiempo?.

 

Edad, sexo y estado civil

En primer lugar, hablar de etarras es hacerlo de jóvenes varones y solteros. El hecho de que nueve de cada diez militantes de ETA hayan sido y sean varones refleja, también en este ámbito del activismo político agresivo, la impronta de una subcultura dentro de la cual prevalecen valores y conductas marcadamente patriarcales. Es incluso habitual entre las mujeres que se convirtieron en miembros de la organización terrorista vasca, el haberlo hecho a petición expresa de sus novios o, en menor medida, de familiares muy cercanos.

Por otra parte, el estado civil típico de los etarras, la soltería, es indicativo de las obvias dificultades que entraña hacer compatible la arriesgada vida ilegal en clandestinidad y los compromisos adultos de carácter familiar. Algunas notorias excepciones han existido, desde luego, como es el caso de un militante guipuzcoano que, antes de abandonar el terrorismo, fue capaz de compaginar su vida cotidiana de respetable agente comercial, casado y con hijos, con la militancia en un comando armado durante más de quince años.

La inmensa mayoría de los etarras aceptaron ingresar en la organización terrorista, normalmente tras algunos años de inmersión en el entorno inmediato de los violentos, durante su juventud, cuando mayor es la disponibilidad en términos de tiempo y de responsabilidades personales. Algunos antropólogos han considerado que la voluntad de aterrorizar ha sido siempre un producto de la "hybris" juvenil, de la falta de medida a que es propensa la edad que sigue a la niñez.

Ahora bien, lo que llama singularmente la atención es el hecho de que los nuevos miembros de ETA sean, desde hace ya tiempo, cada vez menos en número, pero cada vez más jóvenes. Mientras que durante la primera mitad de los setenta, bajo el franquismo y durante los primeros años de la transición democrática, sólo el nueve por ciento de los militantes que ingresaron en la organizacion terrorista tenía menos de veinte años, estos constituyen desde hace más de una década casi el sesenta por ciento de cuántos son reclutados.

Pasaron ya aquellos tiempos en que los dirigentes etarras disponían de un amplio remanente de militancia y se mostraban remisos a incluir quinceañeros entre sus subordinados. Ahora aceptan lo poco que hay disponible, aunque por la psicología propia de su edad, propensa a la rebeldía y el aventurerismo, no sea otra cosa que carne adolescente de cañón, de la que otros se benefician en su pretensión de imponer por la fuerza, al conjunto de la ciudadanía vasca, determinados planteamientos minoritarios.

 

Procedencia geográfica y entorno cultural

En otro orden de cosas, entre quienes se han incorporado a ETA a lo largo de su historia predominan los jóvenes de origen quipuzcoano que, procedentes del territorio vasco donde la implantación del nacionalismo es mayor, suponen prácticamente la mitad del total de etarras conocidos. Su principal comarca de extracción es la de Donostialdea y no el Gohierri, como suele aducirse con frecuencia, quizá porque los nacidos o residentes en dicha zona han tendido a estar sobrerrepresentados entre los dirigentes de la organización armada clandestina.

Durante los años setenta, sin embargo, siete de cada diez terroristas procedían de localidades pequeñas y medianas, mientras que en la actualidad el sesenta por ciento de ellos ha nacido en áreas urbanas y metropolitanas, donde menor es la vigencia de los atributos primordiales más íntimamente relacionados con la cultura vasca tradicional. De hecho, los miembros de ETA reclutados en los últimos quince años provienen en su mayoría de un entorno lingüístico donde menos del diez por ciento de la población se expresa correctamente en euskera.

Por el contrario, el contingente más numeroso de quienes se convirtieron en militantes durante la década de los setenta, coincidiendo con la fase final de la dictadura y los albores de la transición, procedía de zonas en que la tasa de vascohablantes superaba al sesenta por ciento. No en vano, si entonces eran seis de cada diez los etarras que disponían de ambos apellidos autóctonos, entre los captados desde la segunda mitad de los años ochenta se han invertido los datos, de manera que aproximadamente el sesenta por ciento carece ahora de apellidos autóctonos o tiene solamente uno. Algunos de estos etarras, hijos de inmigrantes pero residentes en zonas donde la implantación del nacionalismo vasco radical es intensa, se vieron acuciados durante su adolescencia por afirmar una fuerte identidad colectiva en la que reconocerse a sí mismos y ser reconcidos por los demás.

 

Ocupación y sector de clase social

Por último, interesa observar que se han registrado cambios muy relevantes respecto a la ocupación ejercida por los terroristas en el momento de su captación, según distintos estadios temporales de la militancia. Lo cual puede ser relacionado tanto con transformaciones ocurridas en la estructura social vasca como, sobre todo, con alteraciones en el potencial de movilización etarra.

Mientras que la mitad de quienes se incorporaron a la organización terrorista entre el inicio de los años setenta y el comienzo de la transición democrática eran obreros especializados de la industria y los servicios, estos apenas constituyen un dieciséis por ciento de los militantes que han sido reclutados desde el inicio de los años ochenta. Los etarras extraidos de las clases trabajadoras han ido perdiendo peso en favor de quienes provienen de las nuevas clases medias. En cambio, si en aquel primer período el porcentaje de estudiantes constatable entre los terroristas recién incorporados era del cinco por ciento, el subgrupo correspondiente a dicha categoría ocupacional constituye ahora el grueso de las captaciones registradas durante esta última fase, alcanzando al treinta y tres por ciento del total.

En definitiva, el perfil sociológico de quienes han ingresado en ETA a lo largo de la última década coincide, en gran medida, con la caracterización del radicalismo juvenil, anómico y urbano, actualmente observable en la mayor parte de los países europeos. Un radicalismo que, en nuestros días, suele manifestar el descontento a través de movimientos totalitarios de orientación neonazi, pero que en la tierra de los vascos canaliza su agresividad desbaratadora a través de la oferta articulada de violencia que proporciona ETA.

A este segmento de activistas se añaden, en la actual composición interna de la muy mermada organización terrorista, otros dos especialmente significativos, en los que cabe ubicar a la mayor parte de los miembros, ya estén en prision o fuera de ella. Por una parte, el de quienes se convirtieron en militantes durante los años de la transición democrática, cuando las expectativas políticas del nacionalismo vasco radical eran muy elevadas y hasta se consideraba verosímil que la insurgencia violenta culminara con éxito, debido a lo cual se encuentran hoy desorientados, aunque todavía sumisos al férreo control de la organización. Por otra, el de los actuales dirigentes y otros terroristas notables, particularmente interesados en asegurar el mantenimiento y la viabilidad del grupo armado, pues de ello depende, en buena medida, no tanto el logro de determinados objetivos políticos como la satisfacción de sus propias ambiciones y necesidades personales.


 

Fernando Reinares.
Cátedra Jean Monnet Estudios Europeos. Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)

Los datos aportados en este artículo proceden de un proyecto multianual de investigación financiado por la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología (Madrid) y la Fundación Harry Frank Guggenheim (Nueva York).