Las nuevas estructuras familiares

Lluís Flaquer

El cambio en las estructuras familiares obedece no tan sólo a los valores y tradiciones culturales que constituyen su base de sustentación, sino, sobre todo, a mi entender, al proceso de transición a una sociedad postindustrial donde se produce una sustitución de las familias por los individuos como unidades centrales e indispensables en la vida social. Con ello culmina el proceso de individualización y se pasa de las estrategias colectivas a las individuales.

En las sociedades preindustriales, las familias obraban como corporaciones, como conjuntos; en cambio, los intereses individuales se hallaban subsumidos en los colectivos y lo habitual era la renuncia a la propia autorrealización en aras de los objetivos del grupo. Durante la época de esplendor de la sociedad industrial se impone el modelo de familia nuclear como un espacio autónomo, independiente, donde prevalecen los intereses de la familia elemental y sus vástagos menores en detrimento de las influencias de las redes y grupos de parentesco más amplios. En esta fase de evolución se partía del presupuesto de que no podía existir contradicción entre los intereses de los padres y de las madres ya que la división del trabajo en el seno de la familia limitaba al máximo los roces y los enfrentamientos. En la transición a la sociedad postindustrial, en cambio, se parte del supuesto contrario: puede darse, y se da muchas veces, una divergencia entre los intereses de los progenitores y esto puede traer consigo la disolución del vínculo conyugal.

En este artículo me centraré, sobre todo, en las consecuencias de la inestabilidad matrimonial para la infancia. Pero no debemos olvidar tampoco la existencia de otros hogares más convencionales, que pertenecen a una fase anterior y que contienen también hijos, como son las familias biparentales con un sólo sustentador (que antaño eran las normales pero ahora han pasado a ser familias atípicas, porque la norma es que trabajen tanto el marido como la mujer), que normalmente pertenecen a los estratos más bajos de la sociedad (algunas mujeres no encuentran trabajo porque tienen niveles educativos bajos), que se enfrentan a un riesgo de pobreza, así como las familias numerosas, que antes también entraban en la normalidad y que ahora son atípicas y muchas veces también corren un riesgo de pobreza. Estas dos cuestiones no las trataré, ya que me gustaría centrarme en lel tema de la inestabilidad matrimonial, que me parece ser el más importante desde el punto de vista de la transición a una sociedad postindutrial.

La inestabilidad conyugal es el principal factor ligado a la desinstitucionalización del matrimonio y a la redundancia del padre y se halla asociado con la evolución hacia una familia matrifocal, más centrada en la madre.

Una de las consecuencias de esta situación de inestabilidad matrimonial y de redundancia del padre es la posibilidad de una importante pérdida de recursos económicos para las mujeres y los niños que acompaña normalmente la ruptura matrimonial. Se calcula, por ejemplo, que en EE.UU. el primer año después del divorcio, las mujeres que tienen la custodia de los hijos experimentan una pérdida del 20% al 30% de sus ingresos familiares, mientras que, al contrario, los padres ausentes o no residentes, tienden a incrementar sus ingresos en un 10%. Esta situación crea un riesgo de exclusión y vulnerabilidad y será básicamente el tema de mi exposición. De todas formas, quisiera dejar claro que no me voy a centrar, cuando hable de inestabilidad matrimonial, únicamente en el divorcio, precisamente porque hay una serie de fenómenos que están relacionados con el divorcio, con la ruptura o con la constitución de unidades familiares que no requieren pasar por el matrimonio.

 

Las rupturas familiares

Si se trata de clasificar las rupturas según los tipos de unión se puede ver que el divorcio no es más que la punta del iceberg de lo que serían una serie de fenómenos bastante distintos en su naturaleza. Hay uniones consensuales, de hecho, en que la ruptura también es de hecho y sobre este tipo sabemos muy poco: son parejas de hecho que se rompen y tienen efectos muy similares a las rupturas de las parejas conyugales. Las parejas matrimoniales también pueden romperse de hecho, como veremos y, en este caso, las rupturas no quedan legalizadas, son sin papeles. Y también, sobre todo en los países del sur de Europa, puede que las rupturas matrimoniales acaben en separación judicial sin llegar al divorcio. Y, por último, tenemos las rupturas matrimoniales que llegan al divorcio, que es la norma de la mayoría de países europeos. Entonces, hay una serie de fenómenos diversos susceptibles de análisis. Voy a centrarme en una serie de indicadores que están disponibles, aunque no todos ellos lo suficientemente disponibles y los datos, pues, no son siempre suficientes. Voy a hablar de las tasas de divorcialidad, de la duración de los matrimonios, de los procesos de renupcialidad, de la proporción de parejas cohabitantes, de la fecundidad extramatrimonial, de los hijos de madres adolescentes, de la cohabitación y separación de hecho y de los menores que viven en familias monoparentales.

¿Cuáles son las tendencias europeas? Podemos empezar viendo la comparación de EE.UU. con el conjunto de la UE. El indicador es el número de divorcios por 100 matrimonios. Podemos ver cómo en EE.UU. el número de divorcios se ha estabilizado desde 1980, incluso acusa un ligero descenso en los últimos años tras haber repuntado en 1992. En EE.UU. el crecimiento más fuerte se registró en el quinquenio de 1970-1975, en que se pasó de un divorcio por cada tres matrimonios a un divorcio por cada dos, tasa que prácticamente sigue siendo la misma 25 años después. En cambio, en la UE se sigue dando un aumento desde 1960 debido a que en la UE hay grandes disparidades, hay países en que hay una gran tradición divorcista, con tasas muy altas, y otros países en que el divorcio está creciendo. Y esto hace que en la UE también crezcan los divorcios. Además, hay países en los que el divorcio no existía en 1960, es el caso de Italia, donde estuvo prohibido hasta 1970, en España hasta 1981 y en Irlanda hasta 1997. Aquí tenemos un mapa en el cual se reflejan las tendencias de divorcio en el conjunto de los países de la UE. Podemos ver muy claramente que en los países nórdicos, así como en el Reino Unido y en Austria, hay unas tasas importantes de divorcio. Y también aparece la proporción de matrimonios disueltos por divorcio que pertenecen a la cohorte de 1980 (la gente que se casó en 1980): veinte años más tarde, el 28% se habían divorciado en el conjunto la UE. En España sólo el 12%. Aquí vemos la evolución de las tasas brutas de divorciailidad en distintos países y, como puede verse, los países donde hay unas tasas más altas son Dinamarca y el Reino Unido, luego vendrían Francia y Alemania y, al final, España, donde antes de 1980 no existía el divorcio y ha ido aumentado, pero muy alejada de las tendencias mayoritarias europeas.

 

La duración media del matrimonio

Vemos como en España y en Italia esta duración es mayor que en otros países. En la gran mayoría de países la duración se sitúa en torno a los 11 o12 años pero, en cambio, en países donde hay menos tradición divorcista, en España o Italia, la duración es superior a unos 15 años. En relación a la proporción de divorciados que contraen segundas nupcias, indicador calculado con los hombres y las mujeres divorciados y divorciadas que contraen segundas nupcias con respecto a los divorcios del año, podemos ver cómo España es el país donde hay menos propensión por parte de los divorciados a contraer segundas nupcias, un 29% que contrasta con Dinamarca, por ejemplo, donde es el 58%. Vemos que hay grandes disparidades en el conjunto de la Unión Europea y esto es muy importante porque el conjunto de los autores señalan que las segundas nupcias son una forma de escapar a la precariedad, y los datos nos indican que las segundas nupcias constituyen una de las rutas más prometedoras para la salida de la crisis económica por parte de las madres solas con hijos a cargo.

En el caso de España, sí se dan pocos matrimonios de segundas nupcias, ello indicaría una mayor precariedad. Pero en este caso hay una cierta compensación porque hay un alto grado de cohabitación de las personas separadas o divorciadas. De todas maneras, tenemos pocos datos. En estos momentos en Catalunya tenemos una sola encuesta panel, que es de una institución privada y, en cambio, el gobierno de la Generalitat no ha hecho ninguna encuesta pública que permita, a los investigadores, investigar este tema y muchos otros. Para el tema de la pobreza infantil y la diferencia de rentas son necesarias este tipo de encuestas, que son una serie de entrevistas que se hacen sucesivamente a las mismas personas a lo largo de los años y que permiten ver cuales son las variaciones en su situación patrimonial y de rentas, etc.

 

Renupcialidad y tasas de divorcio

Otra característica que es muy relevante es si se casan más en segundas nupcias los hombres o las mujeres, y vemos que, precisamente en los países mediterráneos, hay una mayor tendencia de los hombres a casarse en segundas nupcias, supongo porque se sienten desvalidos y necesitan rápidamente rehacer su pareja. Y, en cambio, hay países en que sucede todo lo contrario, por ejemplo, en Bélgica y en Alemania son las mujeres las que se casan más en segundas nupcias. En la mayoría de países de la UE están igualados, no hay disparidades en este sentido.

En lo que respecta a tendencias de las tasas de divorcio hay un crecimiento en los países mediterráneos como España e Italia donde las tasas de divorcio son más bajas. Por otra parte, los datos nos indican que a lo largo del tiempo hay un proceso de convergencia entre todos los países de la UE. Pero se está dando muy a largo plazo y persisten las disparidades.

Pero el divorcio sólo registra una parte de las rupturas y hay otro indicador de inestabilidad conyugal que es el número de hijos nacidos fuera del matrimonio. Aunque sólo una parte de estos hijos nacen de madres solas, los que nacen de parejas de hecho pueden ser también testigos de una ruptura informal entre sus padres, aunque también algunas de esas parejas se legalizan a través del matrimonio. Es especialmente preocupante el caso de las madres adolescentes, que tienen hijos sin estar casadas, aunque su situación varía mucho según los países. No sucede lo mismo en países como el Reino Unido o EE.UU., donde este es un problema bastante acuciante y otros países donde no se da esta problemática.

Si comparamos entre la proporción de hijos extramatrimoniales en el conjunto de la UE y EE.UU., vemos cómo en 1960 prácticamente había la misma proporción, muy baja, en torno al 5%, pero a partir de esa fecha hay una diversificación: mientras en EE.UU. van creciendo muy rápidamente, en la UE lo hacen a un ritmo mucho más moderado. Y eso seguramente se debe al factor explicativo que antes he mencionado: hay grandes disparidades respecto al grado de modernización de los países europeos y, mientras que en unos ha crecido mucho el número de hijos nacidos fuera del matrimonio, en otros lo ha hecho mucho menos. En 1995 el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio en países como Suecia, Dinamarca, las proporciones son muy elevadas (en Suecia una proporción superior a 1 de cada 2) y en otros países, como Grecia o España, las proporciones son mucho más bajas. La proporción de hijos extramatrimoniales y su evolución en una selección de países europeos indica que en la mayoría, sobre todo Dinamarca, Francia o el Reino Unido, están por encima de la media y que sólo están por debajo de esta media España y Alemania.

Respecto a la tasa de fecundidad extramatrimonial en España, es muy baja en relación con la tasa de fecundidad general y está muy distribuida a lo largo de todas las edades de la madre. En cambio, en otros países como, por ejemplo, en el caso del Reino Unido, hay una proporción elevadísima de niños que nacen fuera del matrimonio cuando la madre es adolescente. Estas madres solteras dan origen a un número muy importante de familias monoparentales pobres. Otro país muy curioso es el caso de Islandia, donde gran parte de los hijos nacen fuera del matrimonio.

En lo que respecta al porcentaje de parejas cohabitantes, tenemos, por una parte, los países nórdicos, (Finlandia, Suecia, Dinamarca) y por otra, los países mediterráneos. En Catalunya tenemos muchas más parejas cohabitantes que en el conjunto de España y estamos superando la media europea. Y el último indicador es el porcentaje de menores de 16 años que viven en hogares monoparentales. Es el mejor indicador de todos porque, en realidad, lo que nos interesa es saber qué proporción de menores están viviendo en familias monoparentales. De todas formas, este indicador no siempre está disponible, no existen series y es un indicador que está sacado de encuestas. Nos muestra que hay países como el Reino Unido donde hay una proporción muy grande (prácticamente es el 25%, uno de cada cuatro niños menores de 16 años vive en familias monoparentales). Hay otros casos muy curiosos, como el caso de Irlanda, donde aparece un 12%. Teniendo en cuenta que estos datos son del 1995 y que en Irlanda no había ley de divorcio, todos estos casos son producto de separaciones informales. Algo parecido sucede en Catalunya: tenemos casi la misma proporción de hijos menores de 16 años viviendo en hogares monoparentales que la media europea; en cambio, si miramos las cifras de divorcio, éstas son relativamente bajas en relación con la media europea.

En el sur de Europa (sobretodo me refiero a Italia y España, que son dos países muy parecidos en términos del sistema de regulación legal del divorcio), en la mayoría de los casos la separación es un requisito para el divorcio (hay que separarse y luego divorciarse después de un periodo de espera). Un divorcio requiere dos fases, con dos comparecencias ante el juez. Esto significa un encarecimiento increíble porque significa pagar dos veces, contratar un abogado dos veces y significa, también, un estorbo. En lugar de divorciarse directamente hay que pasar por una serie de fases. Y, aunque tras la separación muy pocos se vuelven atrás, una gran proporción de separados nunca se divorcian. Por ello, en los cuatro países principales del sur de Europa la tasas de divorcio, que supone la disolución definitiva del vínculo matrimonial, están muy por debajo de la media europea. Pero esta situación trae consigo que los gobiernos no se ven muy impelidos a actuar porque, claro, como el problema no existe, no es necesario plantear políticas públicas para afrontarlo. Pero en el caso de algunas regiones españolas (Baleares, Canarias, Catalunya) hay unas elevadísimas tasas de ruptura informal.

Por ejemplo, en Catalunya, si tratamos de clasificar a las personas según su estado civil, distinguiendo una situación muy especial, que es la de los separados de hecho (personas que siguiendo casadas tienen unas formas de residencia que no corresponden con este estado civil: viven solos, encabezan una familia monoparental, conviven con una persona soltera, etc.), vemos que estos separados de hecho crecieron, entre 1991 y 1996, en un 183%. Y, además, sumados los separados legales más los divorciados, éstos son menos que los separados de hecho. En el caso de las mujeres no es así, aunque las separadas de hecho hayan experimentado un crecimiento del124%. Es un problema que habría que abordar, pero muy poco conocido porque no hay encuestas; tenemos sólo los datos del censo, pero no sabemos qué hay detrás de todo esto.

Ya para terminar unas breves notas sobre qué nos van a deparar los países que van a entrar en la UE muy pronto. También hay grandes disparidades entre ellos: mientras hay países con una gran tradición divorcista y con unas elevadísimas tasas de divorcio, como por ejemplo las Repúblicas Bálticas, Estonia o Letonia, también hay otros, como Polonia y Bulgaria, que se hallan por debajo de la media. Y lo mismo sucede en lo relativo a la proporción de hijos nacido fuera del matrimonio. Vemos como en Estonia también son los campeones, tienen tasas superiores al 50% y siguen subiendo y en otros países, como la República Checa o Polonia, el crecimiento ha sido mucho más limitado y se encuentran por debajo de la media europea.

 

Diagnóstico y consecuencias

Vamos a intentar hacer un diagnóstico de la situación y vamos a ver cuáles son las consecuencias. El divorcio, sobre todo, está correlacionado con el auge y desarrollo de las sociedades postindustriales, con el empleo femenino (cuanto más mujeres trabajan mayor independencia y autonomía económica tienen y eso les da la posibilidad de plantear el divorcio). El divorcio, pues, está asociado con este proceso de individualización pero, sobre todo, con la individualización de género. Es verdad que ha habido anteriormente otras fases históricas en que ha ido creciendo la independencia de las personas, lo cual ha determinado la constitución de unos grupos familiares y de convivencia cada vez más pequeños. Pero es que ahora estamos llegando al límite. Son todas las personas adultas las que se supone que pueden llegar a ser independientes y esto crea unas reglas del juego totalmente distintas. Vamos a comentar las consecuencias que acarrea esta situación.

En primer lugar, me gustaría debatir amablemente con Esping-Andersen cuando dice que la homogamia es el problema, y a mi me parece que no solamente es la homogamia (en el sentido que las parejas se forman con personas que pertenecen a los mismos niveles sociales), sino la homogamia inclinada hacia una ligera hipergamia. La mayoría de parejas siguen contrayéndose basándose en el supuesto del varón sustentador (male breadwinner), o sea que es el hombre el que tiene que ganar más dinero. Siguen habiendo muchas parejas en las cuales el médico se casa con la enfermera, el ejecutivo con la secretaria, y eso es lo que produce fenómenos de desclasamiento en el momento de la ruptura. Porque, mientras viven juntos, hay una fusión de economías y una compensación de ingresos, pero cuando se produce una ruptura, hombres y mujeres que pertenecían al mismo estrato social, pero no al mismo nivel de ingresos, pueden mostrar un desequilibrio económico muy importante. En segundo lugar, la custodia de los hijos puede ser un regalo envenenado para las mujeres. En todos los países se da la custodia de los hijos a las madres. Ello puede entenderse en el caso de que los niños sean muy pequeños, pero creo que tendríamos que ir avanzando hacia una sociedad donde se diera una mayor paridad y se adjudicara la custodia indistintamente a los padres y a las madres. Esto también produciría una mayor igualdad y una mayor igualación de niveles de ingresos en el momento de la ruptura. En tercer lugar: es importante avanzar hacia la creación de un fondo público para anticipar pensiones de alimentos impagadas. Se trata de una medida que aparece formulada en los programas de la mayoría de los partidos políticos desde hace 10 años y que ha sido ya implementada en muchos países europeos. Me pregunto por qué esa formulación programática nunca se ha puesto en práctica. Si leemos los programas de la mayoría de los partidos políticos desde hace tiempo vemos que se va prometiendo en una elección tras otra.

 

Parentesco y ciudadanía

¿Cuál debería ser el criterio para hacer el reparto de responsabilidades entre lo privado y lo público, entre parentesco y ciudadanía? Esto me parece un tema clave en el caso de la inestabilidad matrimonial. ¿Tenemos que insistir más en que los padres, los progenitores que no tienen la custodia de los hijos, paguen la pensión de alimentos o tenemos que insistir más en la provisión pública de prestaciones mínimas para aquellos casos en que se da pobreza infantil? Es un debate abierto y es difícil llegar a una conclusión pero, en todo caso, lo que sí que es totalmente impresentable es que esto sirva de coartada para la inacción. Como tienen que pagar los padres, pero luego resulta que no lo hacen, aunque tenemos en las leyes penales un tipo delictivo que es no pagar la pensión, pero resulta que luego se dan muy pocas denuncias, más valdría que hubiera un sistema para poder reclamar a estos padres el pago de las pensiones de alimentos o unos sistemas de sustitución de rentas.

En lo que respecta a los modelos familiares en función del reparto entre el trabajo remunerado y no remunerado de los cónyuges, una variable muy significativa es la estructura del mercado de trabajo. Quisiera insistir en que el problema no es la monoparentalidad, no son las madres que viven solas; el problema es un mercado de trabajo que discrimina a las mujeres. La discriminación salarial todavía existe en todos los países de la OCDE: las mujeres ganan desde un 42% menos que los hombres en Corea hasta un 10% menos en Bélgica. En España, un 30% menos (1997). Luchar contra la discriminación salarial supone también luchar en pro de una sociedad en que haya una paridad entre familias, tanto si tienen hijos a su cargo como si nó. En segundo lugar, es necesaria una lucha contra la dualización y los desequilibrios internos del mercado de trabajo. Sabemos que hay una mayor tasa de desempleo para las mujeres, las mujeres están más típicamente trabajando en la economía sumergida, hay escasas garantías contra el despido del mercado de trabajo, trabajos a tiempo parcial, contratos precarios, poca cobertura social, falta de medidas de conciliación de la vida laboral y familiar, etc.

Sería un grave error estigmatizar a las madres solas. Su situación no es más que la consecuencia de la falta de ajuste entre las nuevas estructuras de la sociedad y los Estados de bienestar que todavía obedecen a los viejos principios. Y aquí es donde hay que insistir, sobre todo, en esta necesidad de rediseñar los principios básicos del Estado de bienestar

 

Los niños son ciudadanos

Los niños son ciudadanos y serán los futuros ciudadanos. Velar por el bienestar de nuestros hijos es velar por el futuro de nuestros sistemas liberales y democráticos. No podemos hacer pagar a los niños los platos rotos de sus padres ni cargar sobre sus espaldas las consecuencias de un desajuste en nuestros sistemas de bienestar. Si nos centramos en la tasa de actividad femenina, en los países de la UE, observamos que hay muchas disparidades entre el norte y el sur. En los países del sur hay tasas muy bajas.

De la misma forma, podemos ver también cuáles son las necesidades de cara a desarrollar una política familiar, sobre todo en España. En relación a las transferencias monetarias para las familias, según datos de la OCDE, desde principios de los años 80 hasta finales de los años 90, España es el país donde ha habido un menor gasto en prestaciones económicas para las familias respecto al PIB. En otros países como Suecia, Francia, Alemania, hay también variaciones pero a mucha distancia del caso español. Lo más grave son los servicios para las familias, que es donde España tiene la necesidad de hacer un mayor esfuerzo. España figura a casi 0 durante la década de los años 80 y luego empieza a subir muy lentamente, pero vean ustedes la cantidad de dinero que se gasta en servicios para las familias en un país como Suecia, el Reino Unido (donde durante mucho tiempo había una aversión a gastar en guarderías y servicios a las familias). En el caso de Francia y Alemania ha habido también unos aumentos significativos y persistentes a lo largo del periodo. En España estamos despertando con mucho retraso.

 

El modelo británico

Vamos a ver algunos modelos, algunas respuestas, experiencias que se han llevado a cabo en distintos países. Vamos a ver la respuesta escandinava, la respuesta británica, la respuesta francesa sobre cómo lidiar con el problema de la monoparentalidad y la inestabilidad familiar. Gran Bretaña presenta la mayor tasa de monoparentalidad en Europa (casi uno de cada cuatro niños vive en hogares monoparentales) y los menores que viven en familias monoparentales en Gran Bretaña, y en especial las madres solas, presentan una tasa de pobreza muy alta, de forma que un 60% de ellas viven con unos ingresos por debajo de la media, en comparación con sólo un 20% del conjunto de los hogares. Una muestra representativa de las madres solas en el Reino Unido coincide con una radiografía de la pobreza. Las madres solas se mantienen más tiempo en situación de pobreza que otras familias y ni tan sólo una ocupación estable es capaz de sacarlas de esta condición. Aunque muchas familias monoparentales están recibiendo prestaciones, de manera que casi un millón de progenitores solos están en programas de mantenimiento de rentas y unos 300.000 son beneficiarios del crédito familiar, el problema persiste. Una de las características más prominentes de las familias monoparentales británicas es la altísima proporción de madres solteras. Hasta los 20 años, casi todos los niños nacidos lo hacen fuera del matrimonio. Y esto produce un contingente muy importante de madres solas que padecen, ellas y sus hijos, los problemas de la pobreza. La paradoja en Gran Bretaña es que en los últimos 25 años, mientras que la tasa de empleo de las madres solas ha bajado 11 puntos (pasando del 52% en el 1971 al 41% en 1995), la tasa de las madres casadas ha subido 32 puntos (pasando del 39% al 71%). O sea, las personas que más necesitan trabajar, las madres solas, son las que menos trabajan en el Reino Unido, al menos hasta que el gobierno Blair ha tratado de tomar cartas en el asunto. Hasta su caída, el gobierno conservador había insistido, sobre todo, en la necesidad del control del pago de la pensión de alimentos por parte de los excónyuges. En 1993 se empezó a aplicar la ley aprobada en 1991, que estableció nuevos mecanismos para determinar y hacer cumplir los pagos de las pensiones de alimentos. Antes de la aprobación de esta ley, los tribunales eran los encargados de establecer la cantidad de las pensiones. De esta forma, se pasó de un sistema judicial discrecional a un conjunto de procedimientos administrativos regulares. La ley creó un organismo encargado de fijar las pensiones de alimentos que, no obstante, deja en manos de los tribunales todos aquellos asuntos relacionados con la división del patrimonio familiar. Por otra parte, la orientación de los conservadores siempre ha sido la de estimular más la oferta que la demanda de trabajo, así como ofrecer incentivos financieros más que levantar las barreras que impiden acceder al empleo. En cambio, el gobierno laborista de Tony Blair se ha empeñado en incrementar el trabajo remunerado de las madres solas, tratando de remover los obstáculos que lo pueden impedir, por ejemplo, la falta de guarderías o de cualificación profesional. Desde que llegó al poder se ha propuesto imprimir una nueva dinámica en la orientación de su política familiar pero sin romper totalmente con la tradición británica. Se ha negado a plantear una prestación específica para familias monoparentales, como sucede, por ejemplo, en Francia, pero, en cambio, se ha avanzado mucho en la lucha contra la pobreza infantil. Si bien ha cambiado su estrategia en lo relativo a las guarderías, se trata de ofrecer desgravaciones fiscales y velar por la calidad de los servicios y la cualificación de los profesores, no tanto de impulsar la creación de plazas públicas garantizando la satisfacción de la demanda. Este compromiso entre tendencias antiguas y nuevas no resulta fácil y el balance de esta experiencia británica es ambivalente. Mientras que algunos autores se muestran satisfechos ante la voluntad política de luchar contra la pobreza infantil, también se señalan muchas carencias y muchas dificultades a la hora de avanzar hacia una situación en que haya una mayor igualdad entre los hijos que viven en hogares monoparentales y en hogares biparentales.

 

El modelo escandinavo

El modelo escandinavo es mucho más conocido y, además, es más o menos el que inspira las propuestas del profesor Gösta Esping-Andersen. Por lo tanto, pasaré sobre él mucho más rápidamente. Se trata, sobre todo, de fomentar el empleo femenino, de que todas las madres trabajen independientemente de si tienen o no niños, de sus edades, etc., de llevar a cabo medidas activas para combatir el paro femenino, medidas para combatir la discriminación laboral y salarial. Para que las madres trabajen hay que tener toda una serie de servicios públicos para las familias, sobre todo guarderías, con lo cual se pueden introducir al mercado de trabajo no sólo las mujeres de clase media o media-alta, con niveles educativos altos, sino todas las mujeres, independientemente de sus cualificaciones profesionales y de sus niveles educativos. Estas mujeres sólo se pueden incorporar al mercado laboral si hay un buen sistema de servicios públicos para las familias. Al mismo tiempo, se trata de combatir la pobreza infantil y, para este combate, se necesitan establecer prestaciones económicas para las familias, no solamente las prestaciones generales de subsidios familiares sino prestaciones complementarias. Tenemos el caso de Dinamarca donde se han conseguido unos resultados espectaculares en este sentido. Los niños menores de 16 años que viven en hogares con renta baja, en Dinamarca, no alcanzan el 4%, en comparación con unas tasas elevadísimas de pobreza infantil en países como el Reino Unido, Portugal, España. Igualmente destaca la posibilidad de establecer algunas medidas especiales para las familias monoparentales como, por ejemplo, en los países escandinavos, donde las familias monoparentales tienen los servicios de guardería gratuitos.

 

El caso francés

Un país en el cual ha habido un intento de tratar de forma distinta las familias monoparentales es el caso de Francia. En Francia tienen derecho a dos tipos de ayudas: la llamada “Allocation de Soutien Familiale”, subsidio de apoyo familiar, y la “Allocation de Parent Isolé”, subsidio para el progenitor sólo. La primera es una prestación sin condición de recursos destinada a aquellas personas que asuman la responsabilidad de un niño huérfano de padre y madre o bien de un niño uno o ambos de cuyos progenitores se sustraen de sus obligaciones de dar alimentos o son insolventes. Es la antigua prestación por orfandad a la cual se le ha añadido la posibilidad de que niños que no están recibiendo las pensiones de alimentos por parte del progenitor que no tiene la custodia también puedan tener unas prestaciones. Posteriormente la caja de subsidios familiares se encarga de recuperar en provecho del niño las pensiones de alimentos eventualmente impagadas. El importe varía según si falta uno o ambos de los progenitores, pero, en cambio, es independiente del número de los hijos.

La segunda ayuda, el subsidio para el progenitor sólo, es una prestación concedida bajo condición de recursos destinada a garantizar unos ingresos mínimos, cuyo importe está en función del tamaño de la familia, a las personas que viven solas y se hallan en periodo de gestación o tienen al menos un hijo a su cargo. Se paga a partir de los 12 meses de la fecha de solicitud con un límite de 18 meses posteriores al hecho generador de la situación de monoparentalidad o hasta que el hijo menor haya alcanzado la edad de tres años. Puede haber distintos hechos generadores de la monoparentalidad: el nacimiento de un niño de madre soltera, viudedad, divorcio. Se trata de dar un apoyo a los padres o madres que se encuentran en este trance para que puedan superar en un periodo relativamente breve esta situación de precariedad. Se trata, pues, de garantizar a los progenitores solos un nivel de recursos que les permita, en un espacio de tiempo limitado (que puede ir de un año a tres años, en función de la edad de los hijos), enfrentarse a las consecuencias materiales del hecho generador de su situación.

Ya para terminar, avanzando ya hacia las conclusiones, se puede apuntar un pronóstico. En Europa, como hemos visto, hay un margen para el crecimiento de la inestabilidad conyugal. Todos los indicadores están señalando que es muy probable que se dé un crecimiento del divorcio, sobre todo en los países donde las tasas de divorcio aún son bajas (países del sur de Europa) y, además, nos vamos a encontrar con la sorpresa de los nuevos países candidatos que se van a incorporar, en algunos de los cuales tenemos tasas muy elevadas. El problema es que si resulta que, por otra parte, la UE se ha empeñado en aumentar las tasas de empleo de las mujeres (según las conclusiones de la cumbre de Lisboa tenemos que llegar a un 60% de empleo femenino en el 2010), esto va a propiciar unas mayores tasas de ruptura porque hemos dicho que hay una correlación entre divorcio y empleo femenino, y se puede calcular, por medio de un análisis de regresión, que, más o menos, con un 10% de aumento del empleo femenino, habrá un 5% de aumento de los casos de divorcio. Esto significa que van a crecer las tasas de divorcio en los países del sur de Europa, donde está aumentando rápidamente el empleo femenino y, además, vemos que en algunas partes ya ha crecido, como es el caso de Catalunya, donde se dan muchos casos de ruptura informal que no aparecen registrados como divorcio y ya aparecen tasas prácticamente europeas. Esto va a exigir un compromiso muy importante por parte de las autoridades en materia de política social. La duda es si, tanto en los países del sur de Europa como en los países candidatos, habrá una suficiente voluntad política para afrontar esos retos. Por el contrario, abrigo el temor que el excesivo entusiasmo que sienten algunos de los países de la periferia europea (tanto los del sur de Europa como algunos de los excomunistas) por la política exterior de EE.UU., no suponga también una admiración desmedida por su modelo de protección social. Y, en este caso, el proyecto europeo se podría ver gravemente comprometido, la armonización de las políticas sociales sería una tarea imposible y Europa podría partirse en dos, porque nos encontraríamos con una Europa con una protección social muy elevada y con otra Europa con un modelo de precariedad muy parecido a EE.UU.


 

Lluís Flaquer.
Profesor titular de sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Este artículo es la transcripción de la ponencia desarrollada por el autor en el encuentro “La participación de la sociedad en el Estado de bienestar del siglo XXI”, organizado por el “Forum Europa” los días 19, 20 y 21 de marzo del 2003 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) y patrocinado por la Diputación de Barcelona.