Del trabajador por cuenta ajena al trabajador autónomo

Pere Navarro Olivella

De vez en cuando se cruza en nuestro camino una cifra o un dato que nos llama la atención e invita a la reflexión. A mi me pasó cuando descubrí que en Catalunya habíamos superado la cifra de los 450.000 afiliados y en alta en el régimen de autónomos. Con una población ocupada del orden de 2.250.000 personas, que el 20% sea autónomo, es decir, que una de cada cinco personas que trabaja lo haga bajo la condición de autónomo, quiere decir alguna cosa.

Si nos referimos a la provincia de Barcelona descubriremos que iniciamos el año 1997 con 1.632.000 personas ocupadas de las que 330.000 ya son autónomos y que éstos vienen aumentando a razón de 5.000 por año.

¿Qué está ocurriendo y por qué? Si se lo preguntamos al Gobierno posiblemente nos responderá, con su triunfalismo habitual, que es una prueba fehaciente del dinamismo de la sociedad actual, de la capacidad de iniciativa de los ciudadanos y que, en definitiva, nos hallamos ante un buen síntoma y una buena noticia. Yo más bien soy de la opinión de que las cosas no son tan sencillas, de que muchos autónomos lo son a su pesar y de que nos hallamos ante un cambio sustantivo en el mundo del trabajo.

 

Viejos y nuevos autónomos

Lejos de aquella concepción tradicional del autónomo como el titular de un pequeño comercio o negocio, mucho me temo que el autónomo actual es un expulsado del mercado de trabajo que busca la supervivencia a su manera y, en su inmensa soledad, se ve obligado a integrarse en esta nueva clase social.

Individualista a la fuerza, sin nadie que le represente, a medio camino entre el trabajador y el empresario pero sin las ventajas de unos y otros, se ha hecho autónomo a la fuerza e intuye que difícilmente volverá a ser un trabajador por cuenta ajena.

Obligado a buscarse el trabajo cada día y a pagarse los seguros sociales y los impuestos, recuerda con añoranza la nómina de su antigua empresa con sus cotizaciones y retenciones incluidas, de las que nunca tuvo que preocuparse. Se les puede identificar de forma inequívoca en el restaurante porque siempre se llevan la factura para desgravar.

Para los más jóvenes, aquellos que al alcanzar la edad laboral ya se inician como autónomos, ésta es una figura y una cultura que posiblemente les acompañará durante toda su vida laboral y que considerarán normal, pero para los más mayores supone todo un cambio cultural respecto a épocas anteriores de no fácil asimilación.

Pero atención porque no todos están solos y, con el transcurso del tiempo, una parte no despreciable se ha organizado o les están organizando a través de la figura jurídica de la cooperativa de trabajo asociado donde, integrados como socios-trabajadores y con su carnet de autónomo, van contratándose o subcontratándose de empresa en empresa, haciendo lo mismo que hacían antes pero bajo la condición de autónomos. En el mundo laboral se les conoce con el nombre de "falsos autónomos".

Es a través de esta dinámica como las cooperativas de trabajo asociado, que fueron concebidas en su día como unidades de producción con entidad propia, se han ido deslizando hacia gestores de contratación que permiten ofrecer mano de obra más barata bajo la fórmula de autónomos, hacerse cargo de tareas cada vez más amplias bajo la fórmula de subcontratas y transformar el contrato de trabajo clásico en un contrato mercantil de prestación de servicios.

 

El autónomo por sectores de actividad

Un empresario me explicaba las ventajas de trabajar con autónomos de la siguiente manera: al acudir a la contratación o subcontratación de autónomos me ahorro cualquier coste por enfermedad, desaparecen los problemas de horarios, jornadas o vacaciones ya que se trabaja a "preu fet" y sólo cuando hay trabajo, no existen indemnizaciones al acabar el contrato, si el rendimiento es bajo se sustituye un autónomo por otro autónomo, se diluyen responsabilidades en caso de accidentes, y, sobre todo, existe un ahorro de diez puntos en las cotizaciones a la seguridad social ya que el autónomo cotiza a un tipo del 28,3 %, mientras que el trabajador por cuenta ajena lo hace a un tipo medio del 39%. Ya sabemos que las prestaciones de la seguridad social son menores, pero esa es otra historia.

Al escucharle tuve la impresión de que las empresas, en la búsqueda de nuevas fórmulas para reducir compromisos, obligaciones, deberes y costes, habían descubierto en los autónomos todo un filón y encontrado toda una solución.

Si nos aproximamos al tema desde una perspectiva sectorial, descubriremos que en el sector del transporte el trabajador fijo o por cuenta ajena es casi una especie en vías de extinción. Los trabajadores autónomos, con su camión a cuestas y las letras como lastre, sobreviven a base de horas y horas de trabajo entre una difícil competencia cuyas duras condiciones salieron a la luz a raíz del último conflicto. El empresario argumenta, y no le falta razón, que el conductor es difícilmente controlable y que el pago por kilómetro o entrega realizada es una buena solución. Se le concede un crédito para la adquisición del vehículo, se le paga algo por llevar el anagrama de la empresa y se acuerda el precio por kilómetro recorrido. Así de sencillo. Aún recuerdo el caso de un conductor de camión que realizaba una media de 24.000 kilómetros al mes sin apenas descansos entre Vic y Francfort y que acabó, como no podía ser de otra manera, durmiéndose al volante y colisionando contra una pared en una pequeña y lejana ciudad alemana. Al ser preguntado por lo que había pasado, encogió los hombros con resignación a la vez que decía: "Hay lo que hay".

Más curioso es el caso del sector cárnico, por referirme a un sector industrial y próximo, donde los autónomos han ido introduciéndose bajo la fórmula de socios-trabajadores de cooperativas de trabajo asociado. Al principio lo hicieron en los trabajos de matarife pero, poco a poco, se fueron extendiendo al despiece y a la manipulación, hasta cubrir todo el amplio abanico del trabajo productivo en la industria cárnica. Hoy en día, y solo en Catalunya, son más de tres mil los trabajadores autónomos que operan en el sector a través de cooperativas de trabajo asociado, desplazando a los trabajadores fijos de plantilla en un proceso de previsible final. Para hacerse una idea de la situación baste señalar que, en el Convenio Colectivo de ámbito estatal, se ha aprobado una declaración en su disposición adicional tercera que dice: "Las partes firmantes coinciden en señalar que la utilización de las denominadas cooperativas de trabajo asociado no es la solución adecuada para la necesaria estabilidad del empleo en el sector, la formación profesional de los trabajadores y la mejora de la productividad y la competitividad de las empresas". Todo un brindis al sol.

En el sector de la hostelería y restauración, los autónomos también se van abriendo camino en los oficios tradicionales por la vía de las cooperativas de trabajo asociado que ya se conocen con el nombre de cooperativas de autónomos. Al principio se facilitaban los servicios de camarero para días u ocasiones especiales, más tarde se contrataron dichos servicios de forma estable y permanente, luego se fueron extendiendo a lavaplatos, limpieza de habitaciones, gobernantas, etc., hasta transformarse en la vía ordinaria o habitual de acceso al trabajo en determinadas zonas geográficas. En éstas, ya es el propio empresario quien les indica, cuando no les gestiona, su integración en las cooperativas de autónomos como forma y modo de trabajar en su empresa. Es así como poco a poco y sin excesivo ruído, se han ido haciendo un hueco en un sector con inmensas posibilidades. Si se molestan en preguntarles a los camareros de los nuevos establecimientos de restauración del Puerto Olímpico, verán como les responden: "Yo también soy autónomo".

Quizás sea la construcción el sector de mayor tradición en la presencia de autónomos. La multiplicidad de oficios o especialidades, la eventualidad del trabajo en la obra, la exigencia de presupuestos cerrados y la cultura de la subcontrata han hecho de este sector terreno especialmente abonado para los autónomos. Son grupos con vínculos familiares o de antiguos compañeros de trabajo que, a medio camino entre el empresario y el trabajador, constituyen sociedades para contratarse como autónomos. Los hijos ya acceden a su primer empleo bajo la fórmula de autónomos que, previsiblemente, les acompañará durante toda su vida profesional.

En el sector de la informática, salvo las grandes empresas, el resto, que es la mayoría, se halla conformado por una pléyade de autónomos que, con sus conocimientos como única herramienta, instalan sistemas, implantan aplicaciones y elaboran o modifican programas, cobrando por hora trabajada. Es un sector nuevo que se ha configurado alrededor de la figura del autónomo como algo normal o consustancial.

La prensa, la radio o la televisión, donde la retribución se fija a tanto la pieza, ha encontrado en la figura del autónomo la fórmula jurídica adecuada para su funcionamiento. Casi no hay, o no queda lugar para el trabajador por cuenta ajena. "Tanto haces, tanto cobras" y todos son o se llaman colaboradores. Si los grandes nombres del periodismo actual esconden tras de sí un autónomo, ¡qué no debe pasar con tantos y tantos anónimos colaboradores que hacen posible la programación diaria!.

Los asesores de mil y una materias, los distribuidores de mil y un productos, los encuestadores de opinión sobre mil y un temas o los que prestan mil y un servicio ya forman parte de ésta gran familia de autónomos que va extendiéndose y ampliándose de forma silenciosa pero perseverante.

 

Tiempo de autónomos

La apertura de mercados y la globalización de la economía ha favorecido la creación, consolidación y crecimiento de las grandes empresas, consorcios o grupos multinacionales que poco o nada tienen que ver con la empresa tradicional. Para hacerse una idea de la magnitud del proceso, basta señalar que hay estudios que anuncian que en el año 2.020, cuarenta mil empresas o grupos cubrirán por sí solos dos tercios del comercio mundial. Todo ello conlleva una dualización del mundo empresarial donde las diferencias entre las grandes empresas y el resto son cada vez mayores y más acusadas, constituyendo mundos distintos que exigirán normas o reglamentaciones diferentes.

El mundo del trabajo también se ve afectado por ésta dualización. Los trabajadores de las grandes empresas, conocidos ya como los aristócratas del mundo del trabajo, seguirán un camino, pero el resto, éste inmenso resto de pequeñas empresas, negocios, iniciativas o servicios, aparece como el ámbito natural para la actuación de los autónomos.

El auge del sector servicios también favorece la figura del autónomo, y no deberíamos olvidar que actualmente el 61,8% de la población ocupada, es decir, más de la mitad, pertenece al sector servicios con una inequívoca tendencia al crecimiento.

Superada aquella concepción del mundo del trabajo que descansaba en la industria, la fábrica, la maquinaria y los obreros, la realidad actual viene conformada por los servicios donde muchas veces no hay más que una idea, un despacho, un teléfono y un fax. Aquí es donde los autónomos se desenvuelven y se desenvolverán con mayor facilidad.

La cultura anglosajona ha ido ganando terreno de forma abrumadora en los últimos años. Su poder económico y su presencia mediática le han permitido imponer una forma y concepción de la vida, de la sociedad y de la economía. En lo referente al trabajo, también se ha asentado la dura, estricta y exigente cultura anglosajona de influencia calvinista, que sitúa al individuo como único protagonista de su propio destino y encumbra la competitividad, el esfuerzo y la eficiencia por encima de concepciones o consideraciones sociales, solidarias, comunitarias o colectivas. Es en ésta concepción del ser humano en la que encuentra acomodo y justificación doctrinal la figura del autónomo.

En un país excesivamente reglamentista, sorprenderá descubrir que el trabajador por cuenta propia o autónomo tiene como única regulación un Real-Decreto de 20 de agosto de 1.970, con más de un cuarto de siglo de vigencia, que se limita a definirlo como: "Aquel que realiza de forma habitual, personal y directa, una actividad económica a título lucrativo", sin sujeción a contrato de trabajo. Con algo de imaginación todo entra o puede entrar, cabe o puede caber, dentro de ésta definición y su campo de aplicación.

Otro aspecto a valorar y que juega a favor del establecimiento de la figura del autónomo es su menor coste de cotización a la Seguridad Social.

Somos muchos los que pensamos que un 39% de cotización sobre el salario es excesivo. Que es una penalización sobre el factor trabajo. Que es un freno a la contratación. Que invita o incentiva a la reducción de los costes de personal al mínimo imprescindible y que podría y debería reducirse compensándose el menor ingreso con una subida del IVA en determinados productos. En Francia, el debate está abierto y existen interesantes propuestas sobre la reducción a un 10% de las cotizaciones que gravan el salario en las categorías no cualificadas como medida para fomentar el empleo.

El empresario, en su búsqueda de fórmulas para reducir costes de personal, utiliza y agota las posibilidades que le brinda la legislación, y sólo así cabe entender la proliferación por encima de las necesidades reales de los contratos de aprendizaje o a tiempo parcial con menos de 12 horas semanales, cuya única explicación es el sensible menor coste en su cotización a la Seguridad Social.

Los autónomos cotizan actualmente al 26,5% si no se incluye la incapacidad temporal, y al 28,3% si se incluye, todo ello sin olvidar que las bases de cotización las elige el propio autónomo entre el mínimo y el máximo que anualmente fija el Gobierno. El trabajador por cuenta ajena cotiza al 39% y lo hace sobre salarios reales. La diferencia es demasiado importante como para pasar desapercibida y el mundo económico con sus asesores forzarán la ley hasta donde sea posible para aprovecharla.

De una forma u otra, los parámetros expuestos avalan o favorecen la extensión de los autónomos como forma y modo de organizar el trabajo y la contradicción aparece al constatar que éstos importantes y significativos protagonistas son, o al menos parecen, los grandes ausentes del debate.

Las estadísticas oficiales nos hablan de parados, de población activa, de sectores de actividad, de número de contrataciones e incluso de contratos temporales, pero nunca se refieren a los autónomos.

¿Por qué esta pertinaz ausencia o este contumaz olvido de los trabajadores autónomos en los discursos del Gobierno, de la Patronal o de los Sindicatos?. Es que acaso no son o no se les considera trabajadores.

 

Los autónomos y el derecho del trabajo

La eclosión de la figura del autónomo invita a preguntarse ¿dónde y cómo queda el Derecho del Trabajo? Mucho me temo que estamos asistiendo al principio del fin del Derecho del Trabajo y es entonces y bajo esta perspectiva que, al volver la vista atrás, la historia adquiere todo su sentido.

La historia, la fascinante historia del Derecho del Trabajo cumple sus cien años de vida. Antes, el trabajo estaba sujeto al derecho mercantil, se compraba y se vendía como una mercancía más y el comerciante o mercader se limitaba a adquirir la producción elaborada personalmente por los maestros o artesanos en sus propios talleres.

Más tarde, el mercader ya no se limita a mantener estas relaciones externas con los artesanos y da un salto cualitativo al decidir hacerse empresario y colocar bajo su control el proceso productivo sirviéndose del trabajo ajeno. Es el nacimiento de la factoría y de la industria.

La extensión del trabajo por cuenta ajena, el desequilibrio entre las partes, su conjunción alrededor de la fábrica y las míseras condiciones del trabajo industrial ponen al descubierto tal cantidad de problemas y de tal magnitud, que obligan a los poderes públicos a plantearse la necesidad de una legislación reguladora del trabajo dependiente. Estamos a finales del siglo XIX y asistimos al nacimiento del Derecho del Trabajo.

Primero fue el trabajo de los menores y las mujeres, posteriormente la duración de la jornada laboral, más adelante las condiciones de seguridad e higiene o la regulación del régimen salarial y sus abusos los que, poco a poco, fueron dando cuerpo a lo que más adelante se conocería como el Derecho del Trabajo.

Una vez ordenadas las condiciones mínimas de la prestación del trabajo por cuenta ajena aparece la necesidad de buscar fórmulas para hacer frente a los infortunios o desgracias capaces de provocar situaciones de necesidad. Son la enfermedad, el accidente, la incapacidad o la vejez que, primero de forma voluntaria a través del mutualismo y luego con la intervención del Estado, dan lugar al nacimiento de lo que, con el tiempo, se conocerá como la Seguridad Social. Son los albores del Estado de bienestar.

Atención porque esta nueva forma de organizar la sociedad alrededor del trabajo dependiente, esta nueva forma de entender al ser humano como una unidad de producción y consumo, conformó toda una revolución cultural que impregnará, prevalecerá y caracterizará al siglo XX. Esta doctrina, esta filosofía y esta forma de entender y organizar las sociedades occidentales ha servido de forma eficaz y ha funcionado razonablemente durante casi un siglo.

A partir de mediados de los años 80 con la irrupción de los avances científicos, las nuevas tecnologías, la automatización de la industria, la revolución de la informática, la globalización del comercio, la mundialización de la economía y la desintegración del referente colectivista en la Unión Soviética, entre otras causas, ponen en cuestión un modelo que se presenta como no válido para los nuevos tiempos.

Los expertos dicen que entramos en una época de cambios, transformaciones y turbulencias, caracterizada por la incertidumbre y la inseguridad, que durará hasta que las piezas del puzzle vuelvan a encajar alumbrando un nuevo sistema estable de organizarnos y entender la vida que deberá servirnos y caracterizará el nuevo siglo.

El Derecho del Trabajo, como no podía ser de otra manera, se ve afectado por los cambios, se halla en el centro de las transformaciones y, poco a poco, estamos asistiendo a lo que unos llaman su readecuación a los nuevos tiempos y otros su progresiva desaparición.

La rapidez de los cambios exige flexibilidad de las organizaciones a fin de poderse adecuar a las nuevas circunstancias y es aquí donde el Derecho del Trabajo, con sus regulaciones y rigideces, es presentado como un obstáculo para la eficacia y la competitividad.

El derecho a una categoría profesional y a una función específica se verá sustituido por el deber de hacer de todo en nombre de la movilidad funcional. El derecho de residencia se verá cuestionado por el deber de cambiar de domicilio si se quiere mantener el puesto de trabajo bajo la denominación de movilidad geográfica. El derecho a un contrato de trabajo estable se transformará en un trabajo eventual y precario por necesidades del guión. El derecho a una prestación por desempleo también se transformará en una ayuda cada vez más precaria en el tiempo y en su cuantía por razones financieras.

Es en este contexto en el que hay que ver y entender el auge de los autónomos. Fuera del ámbito del Derecho del Trabajo y sujetos a una relación estrictamente mercantil con la empresa, cierran el círculo de la historia y vuelven a situar el trabajo como aquello que fue al principio, una mercancía o un servicio que se compra y vende en el mercado según sus reglas.

 

Conclusión

He escrito estas líneas huyendo del tono académico, con pinceladas gruesas y como aproximación al tema con la evidente intención de provocar el debate.

La eclosión de los autónomos es, sin duda alguna, uno de los fenómenos más significativos y una de las transformaciones de mayor calado que se están produciendo en el mundo del trabajo. Su precariedad económica, su fragilidad jurídica y su vulnerabilidad social demandan una mayor atención.

Se pretende que el autónomo deje de ser ese gran desconocido que todos sabemos que existe pero del que nadie habla. El gran ausente de las estadísticas laborales, de los informes oficiales, de los parámetros económicos y de los pactos sociales.

Se trata de situar el tema en el centro del debate, de analizarlo y de establecer los límites legales de una figura que amenaza con extenderse más allá de lo razonable.

Los 2.250.000 autónomos que existen en España, los 450.000 que hay en Catalunya y los 330.000 de la provincia de Barcelona lo merecen y justifican.


 

Pere Navarro Olivella.
Inspector de Trabajo