Del catalanismo social

José Luis López Bulla

José Montilla ha acuñado la feliz expresión de “catalanismo social”. De momento, esta formulación está en pañales; de ella sólo sabemos, aunque no es poca cosa, que se refiere a la necesidad de abordar decididamente los problemas generales y concretos de las personas de carne y hueso. Ahora bien, parece razonable que tan importante propuesta empiece a alcanzar, por lo menos en un principio, una incipiente “fisicidad”. En ese sentido, sería pertinente avanzar los siguientes interrogantes: ¿a qué nos estamos refiriendo?, ¿quiénes son los sectores de la población que, aunque no únicamente, serían los colectivos preferentes de ello, y una operación de este calibre debería definir quiénes son los aliados más activos para de manera itinerante se construya el mencionado catalanismo social. Por lo demás, importa afirmar que, aunque la mencionada propuesta va más allá del nacionalismo catalán, no debería confrontarse con él, porque, entre otras cosas, el catalanismo social puede, y debe, ser también obra de los nacionalistas.

Naturalmente el deseable proyecto del catalanismo social no puede escindirse del contexto en el que va a enraizarse. Y no será en otro que el siguiente: en el actual paradigma de grandes y veloces cambios que proponen y estimulan las nuevas tecnologías de todo tipo, así en los centros de trabajo, estudio e investigación (públicos y privados) como en todos los ámbitos de la vida, incluida la doméstica. De unas mutaciones gigantescas que, a pesar de haber sido estudiadas por el mundo del conocimiento, la política no ha sacado todavía sus debidas consecuencias. Es más; o bien se ha distraído excesivamente o bien se ha acomodado sin crítica.

Así pues, el catalanismo social se desarrollará en el contexto de este veloz proceso de la gran transición que va desde el final del ciclo “fordista” hasta lo que, comúnmente, se ha dado en llamar la sociedad de la información y el conocimiento. Ciertamente, en este mundo cada vez más global e interdependiente; también en el contexto de la áspera caminata que significa la construcción política de Europa. Hablando en plata: Catalunya forma parte de ese mundo real. O, lo que es lo mismo, no es una variable independiente de tales procesos.

Ni que decir tiene que en Catalunya se han operado cambios de gran relevancia. Se ha producido una modernización bien visible en los servicios públicos y en los centros de trabajo y en nuestras ciudades. Ciertamente, todo ello es manifiestamente mejorable, y no pocas cosas necesitan una radical transformación, pues persisten viejas desigualdades y, a diario, surgen no pocas de nueva planta. Una mirada objetiva, pues, no debe desdeñar lo que ha ido bien y, por tanto, mejora. Pero es más necesario todavía fijarse en lo que no va. El catalanismo social puede y debe impulsar más y mejor lo mucho que funciona bien y remover lo mucho que va mal y, en ciertos sectores, rematadamente mal. Se trata de reformas auténticas, no de achicorias, y lo puede hacer: siempre y cuando el catalanismo social sea el fruto de un análisis razonado del presente con la voluntad de proponer un proyecto creíble y factible; y, también, siempre y cuando se tenga la responsable capacidad de representar -cada sujeto con su propio carné de identidad- las voces que indican que falta esto, aquello y lo de más allá. Una representación apoyada, por supuesto, por prácticas participativas, bien informadas e inteligentes.

 

Operación transversal

Tengo para mí que el catalanismo social debe ser una operación transversalmente colectiva. Yendo por lo derecho: no es solamente la necesaria obra del gobierno y la suficiente legislación del Parlament; es también la acción plural de los sujetos organizados de la sociedad civil. En resumen, es un planteamiento diversamente compartido que propone el acuerdo y no excluye el conflicto. Eso sí, capaz de enhebrar síntesis sucesivas que gradualmente vaya reunificando todos los dispersos retales, en el bien entendido que reunificar no significa homologar. Diversamente compartido quiere decir que hay plena consciencia de que se está realizando un proyecto general desde la independencia y autonomía de cada sujeto colectivo participante. Háblese pues. Porque de no hacerlo, se corre el peligro de que sea otro slogan más. La ocasión la pintan calva.

Se trata de poner en marcha un conjunto de reformas que, en el terreno social y económico, dentro de las competencias y poderes de la Generalitat de Catalunya que marca el actual Estatut d’Autonomia, impulsen el desarrollo económico, compatible con el medio ambiente, para mejorar la condición de vida y trabajo del conjunto asalariado en todas sus diversidades. Los elementos fundamentales, aunque no únicos, de dichas reformas son: las políticas de gobierno, las medidas que surgen del Parlament, las disposiciones de las instituciones locales y las políticas contractuales de los agentes sociales. La gestión limpia y transparente de todo ello es parte esencial de la fuerza moral que debería presidir el catalanismo social.

Ahora bien, el gran desafío de tan amplia y diversa labor reformadora es la compatibilidad de todas y cada una de las reformas entre sí. Es un desafío para la credibilidad de las mismas, para su sostenibilidad financiera y para el objetivo general: la reunificación de la dispersión corporativa en el proyecto general. O lo que es lo mismo. Las medidas de protección social deben ser compatibles entre sí, y ese conjunto compatible lo debe ser de igual modo con la política de sostenibilidad ambiental y de crecimiento económico. Es decir, el catalanismo social no es -ya se ha insinuado anteriormente- un conjunto de retales incapaces para hacer un traje.

El objetivo de dichas reformas es la mejor atención a la población laboriosa. Y especialmente a los sectores nada favorecidos y menos tutelados. De ahí que aparezca otro relevante desafío: el establecimiento de las prioridades. Los líderes políticos y la representación de los agentes sociales deben expresar con claridad que no todo es posible hacerlo, por importante que sea, de manera inmediata y simultánea. De ahí que lo razonablemente responsable sea establecer el camino -José Montilla ha hablado de “hoja de ruta”- que indique la solidez y sostenibilidad del proyecto reformador.

 

Juventud y trabajo

Una “hoja de ruta” se ha dicho. Aunque no es intención de este escrito hacer propuestas programáticas, no me perdonaría dos consideraciones concretas y una general. Las concretas: esta hoja de ruta debe tener en un lugar de primerísimo orden los agudos problemas que tienen nuestros jóvenes, especialmente en lo que se refiere al trabajo, mayoritariamente precario, y a la calidad del mismo y el acceso a la vivienda. La consideración general: el proyecto que se preconiza debe inexcusablemente resituar la importancia social del trabajo, de un trabajo que progresivamente va cambiando.

He utilizado conscientemente la vieja expresión de aliados al preguntarme quiénes serían los sujetos que participarían en esta operación reformadora del catalanismo social. Me hago una auto-enmienda: hablaré de los coaliados, dejando que el lector distinga, como yo mismo lo pienso, la diferencia entre las diversas modalidades de representación: institucional, política y de los agentes sociales. Y de las diferentes competencias entre unas y otras.

Digamos, así las cosas, que la jerarquía entre los coaliados la establece el compromiso real y concreto de unos y otros con relación a cada reforma en particular. En ese sentido, tal vez valga la pena insinuar que si es importante la tarea legislativa, no menos lo son los contenidos de la trama contractual que los agentes sociales establecen entre sí. Lo uno y lo otro son formas de compartir diversamente el paradigma de la construcción de las reformas que genéricamente estamos mentando.

Lógicamente el catalanismo social requeriría una sociedad más robusta, capaz de irse desprendiendo de las gangas de algunos de sus asentados o incipientes corporativismos. Digámoslo antes de que sea tarde: no confundimos corporativismos con la defensa de lo diverso y de las subjetividades, viejas y nuevas. Naturalmente, el perno de todo ello puede ser la puesta en marcha de unas prácticas participativas que sean acordes con los tiempos que corren y que, de manera inteligente, pueden ser recreadas mediante la potente facilidad que, para ello, promueven las nuevas tecnologías.

Por último, el catalanismo social es también una importante operación de hondo contenido moral. De ahí que la sociedad bien informada y razonante aprehenda “ex novo” el “ethos” republicano que vincula los deberes con los derechos. Algo de ello dejaron dicho los redactores de la letra de la vieja canción: “No más deberes sin derechos, ni más derechos sin deber”. Que tan en pañales ha estado desde aquellos entonces.

 

Sociedad civil robusta

El catalanismo social requeriría, como anteriormente se ha dicho, de una sociedad civil robusta, con un fuerte sentido de la civilidad democrática y estructurada en una amplia red de asociaciones. En buena medida ésta ha sido la tendencia histórica de Catalunya: en ese espejo se han mirado los pueblos de España, de los que así mismo hemos aprendido no poco.

La importancia del asociacionismo catalán de nuestros días no tiene nada que enviarle al de tiempos pasados. Así pues, ninguna añoranza. Es más, afirmamos que nuestra sociedad civil organizada es, por lo general, más cosmopolita y, dicho con claridad, menos eurocéntrica. Sólo desde una mitificación del pasado se puede afirmar lo contrario. Ahora bien, no podemos dejar de decir que -también en parte como fruto de las transformaciones en curso- han aparecido nuevos síntomas y algunas patologías sobre las que conviene estar al tanto, y algo más. No es intención de este ejercicio de redacción, tal como se entendía en mis tiempos de escolar, enumerar todos los síntomas y patologías. Ni es obligado, ni tengo preparación para ello. Pero si abordaré lo que, al menos, me preocupa sobremanera. Y es lo que sigue.

Se trata, en primer lugar, de algo que ya se ha avanzado anteriormente: de un lado, los elementos de corporativismo y, de otra parte, algunas derivas de desagregación social. En principio, una de las causas de ello es el tránsito de la homogeneización del sistema “fordista” -que fue algo más que un modelo productivo- hacia lo actual. Dígase, en todo caso, que la mencionada “homogeneización fordista” fue, por así decirlo, impuesta; y que dicha imposición acabó siendo asentida por la sociedad. Más todavía. En ese sistema poca o ninguna cabida tenían las subjetividades. De manera que, por así decirlo, el hundimiento del sistema “fordista” estuvo acompañado, en pura lógica, con la emergencia de las diversidades. Así pues, no fue la política en primera instancia -incluso con sus olvidos y distracciones- la, digamos, responsable de estos particularismos. Fue, se insiste machaconamente, el tránsito del sistema “fordista” a lo actual. Pero, tomada buena nota de ello, al proyecto de catalanismo social le incumbe enhebrar todos esos retales para reunificar, proponiendo un mínimo común denominador, tantas diversidades y subjetividades. No para homologar u homogeneizar, como se ha dicho anteriormente. Sino, incluso impulsándolas más, si cabe, para incrustarlas en el proyecto general del catalanismo social. Cada movimiento o asociación puede, de ese modo, compartir diversamente la construcción del (reformador) catalanismo social.

Estamos hablando de un amplio movimiento asociacionista que debe ampliar su potencial de representatividad y de representación, basados en la propia independencia y autonomía de proyecto, actividad cotidiana y medios propios, incluidos los financieros. Un movimiento asociacionista fuerte en su autonomía e independencia es escasamente compatible –lo diré sin remilgos- con la generalización indiscriminada de querer estar subvencionado por los poderes públicos.

 

Representatividad y representación

De representatividad. O sea, de aprehender las demandas de las personas. De representación. Es decir, de consolidar y ampliar el número de hombres y mujeres que se organizan, libre y voluntariamente, en todas y cada una de las organizaciones y movimientos. En el bien entendido que la representación es, en parte, una consecuencia de la buena capacidad de expresar la representatividad. Lo que también atañe a la organización política en tanto que tal. Séame permitida una breve observación. Los partidos políticos tienen –y esto viene de muy antiguo- una doble mirada al tejido asociativo. De un lado, intentan manipularlo, directa o indirectamente, y, de otro, desconfían en buena medida de él. No será fácil que se invierta esa vieja manera de ser, pero siempre será una anomalía en el camino reformador del proyecto de catalanismo social. Porque interfiere lo que hemos dado en llamar compartir diversamente el proyecto, cada cual con su carné de identidad.

Lógicamente cada asociación o movimiento debe primar los deseos y reivindicaciones que concretan su representatividad y su capacidad de representación. Eso no es, en mi opinión, corporativismo. Lo es, a mi entender, cuando representatividad y representación se orientan al margen del resto y del proyecto general. Cuando, por ejemplo, se está sólo con él mismo y en contra de los demás. En ese caso no estaríamos hablando de un razonable catalanismo social sino de un conjunto de tapas variadas que no conforman un buen menú. Sobre todo, haría inviable la premisa en la que se apoya este ejercicio de redacción: la compatibilidad y el establecimiento de buenos vínculos entre todos los mecanismos de bienestar que deben presidir el catalanismo social.

Por último, no podemos soslayar la siguiente pregunta: ¿existen saberes y conocimientos para construir el proyecto de catalanismo social? La respuesta es afirmativa: el sindicalismo confederal ha participado en decenas de miles de negociaciones colectivas en todos los niveles; los movimientos vecinales han participado en no pocas reformas urbanas; los científicos, tanto de las humanidades como de la técnica, son noticia frecuente con sus descubrimientos, especialmente en el terreno de la medicina y la salud. En suma, todo ese amplio universo de los saberes ha ido construyendo cotidianamente Catalunya. De ahí que los saberes y conocimientos sean una componente fundamental del proyecto de catalanismo social.


 

José Luis López Bulla.
Secretario general de CC.OO. de Catalunya de 1976 a 1995.

http://lopezbulla.blogspot.com