De la triple hélice a la innovación social: ¿Qué está ocurriendo en el citilab de Cornellà?

Jordi Colobrans

A mediados de enero de 2010, en el citilab de Cornellà se llevó a cabo un “Taller de expo-diseño”, que reunió a una treintena de personas (hombres y mujeres de entre 25 y 70 años) en el segundo piso de una antigua fábrica textil, rehabilitada como equipamiento para fomentar la sociedad del conocimiento. Quienes acudieron venían dispuestos a participar, durante tres horas, en una nueva iniciativa del citilab. La iniciativa estaba impulsada desde uno de sus varios laboratorios ciudadanos, el ExpoLab.

Algunos participantes se conocían, otros no. Nadie sabía muy bien a lo que iba. Alguien de una mesa comentó: “Dicen que están preparando una exposición, pero no sé, porque no veo yo que de aquí vaya a salir ninguna exposición”. Otro añadió: “A mí me han dicho que ha venido una diseñadora holandesa que nos va a enseñar algo. A ver el qué”. Pero habían venido. Los asistentes se repartieron en mesas y formaron grupos de trabajo de tres y cuatro personas.

Astrid e Irene, las organizadoras, presentaron el Expolab y el taller de aquel día. Con sus mensajes crearon algo parecido a una nube de tags (tag cloud) con palabras destacadas como Ideas, Diseño, Exposición, Innovación, Creatividad o Participación. También aparecieron términos y expresiones específicas como Second Life, Techmuseum o Concurso de diseñadores. Y palabras funcionales como taller, materiales, construir objetos tridimensionales, experiencia, presentar y compartir anécdotas. Quedaron algunas ideas sueltas de difícil encaje en la nube como algo sobre cambio del rol del curator (o comisario de la exposición), que parecía tener que ver con un interés por la renovación del concepto de exposición. Y también quedaron flotando algunos mensajes sobre una tipología que describía una presunta evolución dentro del ámbito museístico: se había pasado de unas exposiciones para la contemplación, a otras diseñadas para la interacción de los visitantes con el contenido a, finalmente, su participación en el diseño de lo expuesto. Es decir, se había evolucionado del visitante pasivo al visitante activo, y del visitante activo al participante. Éste era el paradigma actual. Y esto tenía que ver con la innovación en el sector cultural. Entonces, en aquel taller se iba a participar en algo que tenía que ver con algún tipo de inquietud de vanguardia sobre la naturaleza del diseño de exposiciones participativas. Pero, en este contexto, ¿qué significa participar?

A los asistentes se les pidió una cosa: que compartieran sus experiencias con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Se les preguntó: ¿Cómo ha cambiado tu vida la experiencia con Internet, la informática, el móvil u otra tecnología? La introducción fue breve. Se trataba de un taller. Y el taller empezó con una instrucción: Había que abrir un sobre cerrado.

Dentro del sobre, había recortes de revista de diversos tamaños. A los participantes se les preguntó: ¿Qué relación podéis establecer entre las imágenes representadas en el papel y vuestras experiencias con la tecnología? Cada participante debía seleccionar entre tres y cinco imágenes del montón, explicar el por qué de su elección a los compañeros del grupo y, a continuación, en grupo, construir un mural pegando los recortes en un gran papel. Los murales se colgaron en una pared para dar ocasión a todos los grupos, por turno, a compartir  sus vivencias tecnológicas con los asistentes. Se contaron muchas anécdotas, desde la sorpresa de un chico que se había lesionado el brazo y que, gracias a la tecnología, pudo ver en 3D los huesos partidos de su brazo en la pantalla del ordenador del médico, hasta otra participante que, hace años, cuando descubrió una aplicación llamada Photoshop, quedó impresionada por la posibilidad de manipular las imágenes, y que, cuando estaba mirando por la ventana se descubrió a sí mismo estirando y encogiendo las formas de edificios reales que tenía enfrente como si tuviera un puntero en la mano y estuviera retocando las imágenes en la pantalla de su ordenador.

A continuación, cada grupo debía extraer ideas de las experiencias oídas, seleccionar una de ellas y convertirla en un objeto en tres dimensiones para, luego, exponer el objeto y presentarlo ante los demás. El objeto debía reflexionar sobre alguna de estas experiencias con las tecnologías de la información (TIC). Los objetos finales se votaron a mano alzada y los dos primeros más votados recibieron como premio una botella de cava y muchos aplausos. El segundo objeto más votado fue un brazo mecánico articulado hecho con bolitas de forespán, varillas de plástico, hebras sintéticas y cartulina que hacía de piel. Al tirar de un cordel, la mano articulada se movía. Habían hecho un robot. La anécdota de aquel chico que se roturó el brazo esquiando en los Alpes, y que se sorprendió al ver la representación digital del interior de su brazo había llegado a Cornellà aquel día y aquella hora, y había dado lugar a que, en el contexto de aquel taller y con la ayuda de otras tres personas, creara un artilugio singular.

El objeto más votado fue una placa de forespán negra atravesada por bloques de madera de colores. Por un lado los bloques se habían entrelazado con unos cordeles siguiendo determinados patrones. Por el otro, los mismos bloques de madera estaban entrelazados de manera distinta. De esta forma, la obra representaba la doble experiencia de entrelazar a los individuos en la sociedad, una mediante las redes personales que se crean a partir de la presencia en el territorio físico y, otra, mediante las que se están creando en la actualidad a través del mundo virtual al que se accede mediante Internet y su tecnología de los social media o web 2.0. La experiencia que había generado la idea y había permitido realizar el proyecto era, precisamente, la doble vida real-digital de varios miembros de aquel grupo con la que se identificaron plenamente. Para más información sobre el ExpoLab y el taller de Expo-diseño ver: Twiter y Facebook.

¿Qué estaba pasando aquel día en el citilab? ¿Por qué estaba sucediendo aquel evento? ¿Qué había hecho posible que alguien estuviera participando en aquel acontecimiento? Para entenderlo tendremos que hacer un periplo que intentará clarificar la complejidad de las relaciones que se están creando alrededor de un fenómeno llamado innovación en la UE y la red de nuevos equipamientos, relaciones y dinámicas que se está creando a su alrededor.

 

Globalización e innovación

“Paz y progreso”, este fue el objetivo del Tratado de Roma (1956) en los albores de lo que sería la UE. Se trataba de grandes palabras. La paz facilita el progreso y el progreso consolida la paz. Los estados económicamente más activos de Europa eligieron la vía del comercio y de la paz como alternativa a la guerra. Sin embargo, desde finales de la segunda guerra mundial el fenómeno de la progresiva “globalización” del mundo, el desarrollo de las TIC y la práctica de la economía de mercado, es decir, una particular relación con el espacio-tiempo, la tecnología y el sentido de la acción, han estado cambiando las bases de la experiencia humana. En los años 70 estos cambios ya eran evidentes y Bell (1973) destacó que, en las sociedades tecnológicamente avanzadas, el sector de servicios tendía a desarrollarse y a predominar sobre el industrial. Cuando esto sucedía la sociedad industrial entraba en crisis, a la vez que emergía una nueva sociedad. Bell llamó a esta nueva configuración la “sociedad de la información”. Los países avanzados iban hacia una sociedad de la información (Mashuda 1980).

El tránsito de una sociedad organizada alrededor de la producción industrial hacia otra en la que las TIC se instaurasen como las mediadoras por excelencia de la actividad humana y el conocimiento atrajera más interés que la producción o la comercialización, no sería una tarea fácil. 40 años después de la observación de Bell sigue digitalizándose la sociedad y consolidándose una civilización que cada vez depende más de las TIC para relacionarse con el mundo. Dado que esta tendencia parece inevitable y tanto la paz como el progreso parecen depender del desarrollo tecnológico que permite la articulación de una economía del conocimiento, se concibe como imperativo avanzar más y más en la economía del conocimiento. En el caso de la UE, este estado de percepción de la realidad dio lugar al incremento de la preocupación por su capacidad competitiva, la cohesión de la sociedad y la sostenibilidad del entorno, precisamente las tres preocupaciones que motivaron la cumbre de Lisboa (2000) y permitieron a los estados europeos consensuar entre ellos una estrategia y una política común para afrontar los riesgos que suponían para el continente europeo el proceso de globalización de la economía. La estrategia para hacer de Europa una economía del conocimiento, competitiva a escala global, requería una reforma estructural y social.

Estas decisiones dieron lugar a una aceleración de los procesos de cambio para renovar el sistema económico. El espacio mediático se saturó con los términos innovación, conocimiento, creatividad y diseño. En el mundo de los negocios se popularizó la expresión gestión del conocimiento. Ninguno de estos términos era nuevo, Schumpeter ya había establecido la conexión entre el progreso y la innovación en 1911 (Schumpeter 1934) y los ciclos económicos (Schumpeter 1942), pero, a partir de aquel momento se introducirían con fuerza en el lenguaje común y crearían expectativas, lo que dio lugar a una evolución de estos términos en busca de nuevos significados. Estos términos y otros asociados permitirían explicar no sólo la lógica del cambio, sino justificar el cambio por el propio cambio. Para llevar a cabo un programa de reformas estructurales en la UE una opinión pública favorable a la innovación facilitaría los procesos. Habría, pues, que fomentar la “sociedad del conocimiento” y educar a los ciudadanos para ayudarles a interpretar las nuevas realidades y las nuevas experiencias que acontecen en las sociedades mediatizadas por las TIC.

Pero, ¿en qué se traducirían las grandes inquietudes de los políticos de la UE en la vida cotidiana de los ciudadanos? ¿Cómo adaptarían, o “recrearían”, los territorios, los sectores y las personas al proceso de la globalización, a la mediación digital de las diversas experiencias humanas y a los cambios en los sistemas de educación, trabajo, producción y consumo, etc. que se tienen por la base del bienestar, la calidad de vida, la paz y la prosperidad de los individuos? Y, en definitiva: ¿Cómo se construye una sociedad del conocimiento? La coordinación en la unión de estados europeos se ha ido consolidando progresivamente a nivel nacional, entre regiones y, en algunos casos, también en las áreas metropolitanas, como en el caso de Barcelona, Paris, Berlín, Helsinki o Ámsterdam en coordinación con los gobiernos locales. En este contexto, el citilab de Cornellà es un ejemplo vivo de la implicación de los gobiernos locales en los sistemas de innovación. El citilab de Cornellà tiene el propósito fundacional de fomentar la sociedad del conocimiento y educar a los ciudadanos en la nueva cultura digital. Para ello proporciona tecnología, escenarios, actividades y acompañamiento a los ciudadanos. El citilab de Cornellà, pues, es un elemento del sistema catalán de innovación y, en este sistema de innovación, tiene una función específica: contribuir a la normalización de la sociedad del conocimiento.

Pero, ¿cómo encaja el citilab en el sistema catalán de innovación?

 

Los sistemas de innovación y la cadena de valor del conocimiento

Los sistemas de innovación, según Edquist (2005), deben entenderse como el conjunto de los factores determinantes de los procesos de innovación. Estos factores son económicos, políticos, académicos, sociales, mediáticos, tecnológicos, etc. e influyen en el fomento, desarrollo, difusión y uso de las innovaciones (sean productos o procesos). Los elementos centrales de los sistemas de innovación son las organizaciones (léase los actores) y las instituciones (léase las reglas del juego). La función de tales sistemas es la ejecución o el logro de las actividades de fomento, desarrollo, difusión y uso de las innovaciones. Las innovaciones emergen de los sistemas de innovación. Por lo tanto, y si esto es así, según como se dispongan las organizaciones y las instituciones, los procesos de innovación serán más o menos dinámicos y, en consecuencia, se facilitará o dificultará la aparición de innovaciones (nuevos productos o nuevos procesos). Los National Innovation Systems (Freeman 1987, Lundvall 1992, Nelson 1993, OECD 1997) y los Regional Innovation Systems  (Cooke, Gómez y Etxebarria, 1997; Bracyyk, Cooke y Heidenrich, 1997;  Cooke 2001) surgieron como una respuesta territorial ante los riesgos que para las economías locales, regionales y nacionales suponía la progresiva globalización de la economía.

Internamente, los sistemas de innovación debían “gestionar” el conocimiento. Para ello el modelo de la  “cadena de valor del conocimiento” proporcionaba una ontología que daba sentido a las operaciones con el conocimiento (ver Lee y Yang 2000, o Carlucci 2004). Desde los sistemas de innovación, el conocimiento se generaba en las universidades y centros de investigación, se exploraba y enriquecía en los parques científicos, se transfería a las empresas desde los parques científicos y se explotaba comercialmente en el mercado. En los sistemas de innovación los actores generaban, exploraban y explotaban el conocimiento, lo usaban y lo difundían, o lo codificaban, valoraban y transferían, etc. Los sistemas de innovación estaban construyendo su lenguaje y desarrollando sus métodos y técnicas (Buckowitz, Wendi y Williams (1999); Liebowitz (ed.) (1999); Tiwana (2000).

En aquel momento también se concibió el modelo de la triple hélice (Etzkowitz y Leydesdorff, 1998) y su conexión con la economía del conocimiento (Leydesdorff 2006), una estrategia de innovación orientada al desarrollo económico que tiene en cuenta la relación entre la academia, la industria y las políticas de ciencia y tecnología. Se trataba de una experiencia integradora y coordinadora entre los que, en aquel momento, se consideraron los principales agentes de los sistemas de innovación: las universidades emprendedoras que impulsaban el proyecto, las empresas innovadoras que vieron en los proyectos de innovación una ventaja competitiva, y las administraciones públicas que debían velar para renovar estructuralmente el territorio teniendo en cuenta su contribución al proyecto europeo. Debían coordinarse las políticas tecnológicas, las de I+D, universidad, innovación y empresa, industria, territoriales, etc., que promovieran clusters en sectores considerados estratégicos y animaran a la construcción de parques científicos como espacios de transferencia de conocimiento.

En esta operación de la civilización tecnológica de finales del s. XX, el papel de las universidades era importante. Entre las más inquietas caló el discurso de la universidad emprendedora, o post-humboldiana. La universidad emprendedora estaba descubriendo la conveniencia estratégica de implicarse en los procesos de desarrollo económico del territorio en el que estaban ubicadas y asumían que, además de la docencia y la investigación, debían llevar a cabo una “tercera misión”: la transferencia de conocimiento a la empresa. Entre los elementos de esta misión se debían incluir la creación de empresas surgidas a partir de los resultados de la investigación. Su gran aportación fue la creación de parques científicos y tecnológicos con sus viveros de empresa de base tecnológica (spinoffs y startups) y sus convenios de investigación con empresas o grupos empresariales y administraciones públicas.

Pero la financiación de los sistemas de innovación resultaba costosa y la UE valoró positivamente la posibilidad de que, en algún momento de la cadena de valor del conocimiento, la colaboración de los ciudadanos permitiera reducir algunos de los costes de la innovación o que, por lo menos, minimizara algunas actitudes tecnoescépticas o de cuño tecnofóbico del impacto de las tecnologías en la sociedad. ¿Podría entusiasmarse a los ciudadanos con el progreso tecnológico como había sucedido durante la revolución industrial? Este proyecto dio lugar a un discurso sobre la participación de los ciudadanos en los procesos de innovación en las sociedades democráticas. El discurso ya venía aplicándose al ámbito de las políticas públicas, ya que parecía contribuir positivamente a facilitar la gobernabilidad. En consecuencia, se fomentó un nuevo discurso sobre la participación, que dio lugar a un incremento en el espacio mediático de la presencia de este término y otras expresiones asociadas.

Con la inclusión de la participación como elemento estratégico de los sistemas de conocimiento, el modelo clásico de la triple hélice también evolucionó y se especuló con nuevas propuestas que no sólo contemplaban la integración de las universidades, las administraciones y las empresas, sino también de lo público como sector. ¿Había, pues, aparecido una cuarta hélice? ¿Quién era ese nuevo actor? ¿El tercer sector? ¿La sociedad civil? ¿La comunidad? ¿Las redes de ciudadanos? ¿El trabajo? ¿El sector informal? ¿El capital riesgo? ¿El público que pide innovaciones tecnológicas? (Leydesdorff y Etzkowitz 2002) ¿De qué o quién se hablaba cuando se mencionaba el proyecto de incluir a la sociedad en los sistemas de innovación? Etzkowitz y Zhou (2006) han planteado incluso el modelo de una doble pareja de hélices, la universidad-administración-empresa entrelazada con la universidad-administración-sector público Pero ¿Qué significa “participar” en la sociedad y en la economía del conocimiento?

De nuevo, las experiencias que acontecen en el citilab de Cornellà aportan una cierta desambiguación de los usos del término “participación” y de esta presunta evolución hacia sistemas de innovación, que integran a los ciudadanos en la cadena de valor del conocimiento. En el citilab actual (2010) coexisten varias fórmulas que dan sentido a la expresión “participación en los sistemas de innovación”.  La participación entendida como una colaboración de los ciudadanos a las administraciones públicas locales en el sentido de  recopilar información sobre el estado de la ciudad para reflexionar y debatir propuestas de cambio (por ejemplo, en el caso del UrbanLab) o de los servicios públicos (en el SeniorLab). También se encuentra un tipo de participación vinculado a los living labs de empresa y, por lo tanto, a la participación en la I+D de las empresas (como sucede en el LEGOLab). Otro tipo de participación sucede en los eventos destinados a explorar el impacto y rendimiento de nuevos formatos de trabajo (como en el proyecto del Breakout), o en la exploración de formatos de enseñanza e interacción con el alumnado en una educación mediatizada por Internet (como en el proyecto del Huerto Digital). En el ejemplo que introducía este artículo, la participación significa la colaboración de ciudadanos en un taller de recopilación de ideas que podrían ayudar, o no, a los profesionales del diseño a crear perfiles para Second Life y, paralelamente, a participar activamente en experiencias destinadas a explorar nuevos formatos de exposición de la ciencia (el propósito del ExpoLab).

En cada uno de los laboratorios del citilab las actividades deben contribuir a reflexionar sobre algo que existe a partir de la ejecución de nuevas experiencias. La participación de los ciudadanos en este contexto es sinónimo de colaboración. Los ciudadanos se integran a las exploraciones en curso y comparten sus experiencias, capacidades y habilidades con cada uno de los equipos del citilab que investiga sobre las nuevas maneras de interaccionar y comunicar en la sociedad del conocimiento. Las actividades del citilab crean ocasiones que permiten explorar circunstancias distintas, que pueden desencadenar procesos de innovación generalizados a una escala mucho mayor. El propio modelo citilab es un ejemplo de lo que hablamos. Las iniciativas de crear otros citilabs se están extendiendo en Catalunya y España. Quizás en algún momento haya que hablar de “citilabismo”. Pero antes de añadir un nuevo -ismo, deberemos enlazar otras dos piezas para explicar la evolución de los sistemas de innovación hacia la integración de los ciudadanos en los procesos de innovación y explicar qué sucede en el citilab de Cornellà. Se trata de la importancia del movimiento de la Open Innovation como filosofía, de los active-users como perfiles sociales y de los living labs como metodología.

 

Open Innovation, active-users y living-labs

La Open Innovation es un movimiento de “apertura” de la innovación a los usuarios (Chesbrough, 2003 y Chesbrough, Vanhaverbeke y West 2006). ¿Qué significa abrir la innovación a los usuarios? y ¿Por qué habría que abrir la innovación a los usuarios? Desde el punto de vista de la industria estamos hablando de estrategias para sobrevivir en la economía del conocimiento y teniendo en cuenta las experiencias seminales de las grandes compañías de telecomunicaciones e informática entre las que destacan Nokia, Erickson e IBM. En este escenario, las ideas se han convertido en un recurso escaso y las compañías compiten por el acceso a ideas que puedan convertirse en proyectos de negocio. La producción está sometida a un severo control de calidad, los movimientos de consumidores exigen sus derechos y, en el mercado, la competencia es muy agresiva a la vez que el ciclo de vida de los productos se acorta. En estas circunstancias, parecía razonable a las empresas escuchar la voz del consumidor de manera sistemática e, incluso, invitarle a compartir sus experiencias con los productos creando una metodología que facilitase esta participación. No era suficiente que un consumidor generoso rellenara un cuestionario de satisfacción sobre un producto adquirido como feedback a la compañía que le había proporcionado aquel producto, sino aportando experiencias e ideas en relación al producto, al servicio y colaborando activamente incluso en el proceso de conceptualización y diseño del producto (Open design, co-design, co-production). O sea, interviniendo en las condiciones iniciales de la innovación, en la fase de I+D como usuario activo (active-user).

La posibilidad de proceder de esta manera ya había sido anticipada por von Hippel (1986) al referirse a los lead-users. La práctica podía justificarse, incluso, como una contribución a la democratización de la innovación (von Hippel, 2005). Ahora las compañías descubrían las ventajas de contar con el apoyo de lo que primero se llamó consumidores activos y, posteriormente, usuarios activos. Alrededor de los usuarios activos se ha generado una metodología, la del living labs. Este fenómeno coincide con la creación de una nueva generación de equipamientos para dinamizar la economía y la sociedad del conocimiento. En Catalunya destacan el Citilab, el i2Cat, 22@, Neapolis y Tecnocampus. Estos centros se han unido para crear redes de Living Labs: CatLab en Catalunya (2007), HispaLab (2009) en España y la EnOLL (2008) y la LivingLab Europe (2008) en la UE.

Los usuarios activos (las personas), el living Lab (la metodología) y la innovación abierta (el marco conceptual) parecen, pues, estar impulsando una nueva configuración en la que el usuario adquiere una relevancia en los procesos de innovación hasta ahora desconocida. El tema de los usuarios activos se ha extendido a la administración pública, que llama participación a determinadas formas de colaboración de los ciudadanos con la administración en relación a la implantación de proyectos tecnológicos. Por ejemplo, en el caso de la eAdministration o en la eHealth. Los usuarios de la administración pública o del sistema médico-sanitario aportan su experiencia en municipios u hospitales con prototipos que luego se extienden al conjunto de la población. En este sentido, los usuarios activos emergen como un nuevo perfil dispuesto a colaborar en los procesos de innovación ya sean públicos o privados.

En este ámbito, el citilab de Cornellà aglutina a más de 4000 socios a los que se ofrece diversas posibilidades de colaboración. El citilab de Cornellà entra dentro de la categoría de living lab, aunque dada su singularidad, más bien debería considerarse una matriz de living labs en la que conviven diversos modelos de laboratorios ciudadanos y otros experimentos en curso de exploración. También, en esta línea, es de destacar que, en el momento de escribir estas líneas (2010), en el citilab de Cornellà se realizan unos cursos internos específicamente de formación de usuarios-activos.

 

El citilab de Cornellà y la Innovación Social

Finalmente, otro discurso que se articula desde citilab es el de la innovación social (Hamalainen y Heis¡kala, 2007; MacCallum, Moulaert,  Hillier y Vicari (eds), 2009; Nicholls (ed) 2006; Lessem y Schieffer,  2010). También en este caso hallamos que el campo semántico de esta expresión es ambiguo. A grandes rasgos tiene que ver con la necesidad de encontrar mecanismos para dar satisfacciones a necesidades sociales (léase, las propias del Estado de bienestar: educación, salud, seguridad, condiciones de trabajo... participación, etc.) En el lenguaje de la UE esta necesidad debe leerse como “la búsqueda del equilibrio entre competitividad, sostenibilidad y cohesión social”. Max Weber destacaría que se trata de una expresión más de la tensión entre economía y sociedad. En otro sentido, la expresión se asocia a la aparición de líderes o emprendedores sociales (social entrepreneurs), que crean redes y movimientos transformadores, que presionan e imponen condiciones que ayudan a introducir cambios o consideraciones sociales a los cambios tecnológicos teniendo en cuenta las necesidades de una población que vive en una sociedad plural, democrática, abierta y diversa.

La expresión y el sentido de la expresión “innovación social” no son nuevos. Hereda la inquietud por el respeto al individuo del proyecto kantiano, por las reformas sociales de la tradición del socialismo utópico ilustrado, el dinamismo de los movimientos asociativos populares, los movimientos sindicales y la preocupación por lo solidario, comprometido y significativo, propios de las economías cooperativas. A la vez, simpatiza con multitud de movimientos alternativos preocupados por la persona, la naturaleza y el espíritu. En síntesis, la innovación social tiene que ver, aunque no exclusivamente, con las tradiciones progresistas. Dentro de la tradición sociológica y antropológica, la innovación social engarza con el conjunto de las teorías del cambio social, ya sean de cuño marxista, funcionalista, weberiano, constructivista o sistémico, que responde a la propia constitución de las ciencias sociales.

En el citilab la innovación social es una evidencia. El citilab en sí es ya una innovación social, un hecho consumado dentro del tejido asociativo, un  nuevo tipo de entidad nativa de la sociedad del conocimiento (Colobrans 2009), que se pregunta si gracias a la ayuda de las tecnologías será posible construir una sociedad más democrática, más cohesionada, más participativa y, en definitiva, más humana. En este sentido, la innovación social tiene por proyecto la normalización de la tradición humanista en el contexto de una economía del conocimiento. En el citilab, el humanismo y la tradición social ilustrada se encuentran y conviven con las nuevas tecnologías. Experimentan con ellas, con la esperanza de aprender a construir un mundo algo más feliz; si es que ésta es la palabra. Aunque, desde luego, este debate idealista sobre las condiciones del destino de la humanidad es conveniente que siempre quede abierto.

 

Conclusión

¿Qué relación hay entre los riesgos que suponen la globalización para la UE y el taller de Expo-Diseño que tuvo lugar en el citilab?

El taller de Expo-diseño, como la sesión de breakout que había tenido lugar el día anterior en la antigua fábrica de Fabra i Coats del barrio de Sant Andreu del Palomar en Barcelona, son ejemplos de cómo los grandes discursos sobre la innovación se concretan en experiencias empíricas, en personas con nombres y apellidos, que son convocadas y que se encuentran con el propósito de participar de acontecimientos socialmente innovadores. Estas personas no van a hacer la conexión entre las políticas europeas de innovación y su experiencia concreta en un taller de tres horas en el citilab de Cornellà. Pero están ahí, participando de un proyecto muy complejo, que tiene múltiples prolongaciones. Están ahí contribuyendo, con su participación, a la construcción de la sociedad del conocimiento; dando testimonio de qué significa vivir y trabajar en una sociedad del conocimiento. Algunos de los asistentes al breakout salieron con nuevos proyectos de negocios o habiendo ampliado su red de colaboradores. Fue como un mercadillo de los conocimientos. Los desarrolladores de software encontraron diseñadores y expertos en usabilidad, otros encontraron quién les podría hacer una animación 3D o un desarrollo. Por la mañana se encontraron cincuenta desconocidos. Por la tarde se habían creado grupos, proyectos y colaboraciones reales. Y sucedió porque el citilab de Cornellà había organizado su cuarto breakout.

¿Hacia dónde están evolucionando los sistemas de innovación? Según lo que está ocurriendo en el caso singular del citilab de Cornellà podríamos decir que hacia la integración de la capa humana y social con la administración, la empresa, la universidad y el tercer sector a través de la capa tecnológica. El modelo de la triple hélice ayudó a impulsar el proceso de integración de elementos útiles para ampliar y dinamizar la cadena de valor del conocimiento. Cuando la euforia por la construcción de parques científicos y tecnológicos se ha moderado, se han podido dar las circunstancias que han permitido la emergencia de otras infraestructuras más orientadas a consolidar la capa social de las infraestructuras tecnológicas y, por lo tanto, a avanzar en la integración de las distintas dimensiones de la experiencia humana, aunque las sociedades tradicionales eran sociedades integradas. El proceso industrial separó las dimensiones de la experiencia humana. Parece que la sociedad del conocimiento está  introduciendo las piezas que deberían posibilitar una cierta reintegración de las experiencias humanas. Y todo ello en nombre de la innovación. Pero, y suponiendo que consiga realizar esta integración: ¿Dónde se realizará? ¿En el mundo real o en el mundo virtual?


 

Dr. Jordi Colobrans.
Antropólogo y sociólogo. Departamento de Sociología y Análisis de las Organizaciones. Universidad de Barcelona.

 

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