Un nuevo equilibrio de bienestar

Gösta Esping-Andersen

¿Seguimos políticas sociales acertadas orientadas a la familia? ¿Invertimos suficientemente en nuestros hijos? La mayoría de los padres probablemente responderían que no. Los Estados de Bienestar europeos son generalmente lentos en su adaptación a los cambios, y las políticas familiares no son una excepción. Los Estados mediterráneos han sido particularmente reacios a este respecto.

El familiarismo refleja una visión tradicionalista de la política familiar, que data del principio de subsidiariedad recogido en la encíclica papal Rerum Novarum (1891). En la sociedad post-industrial, el familiarismo se convierte en contraproducente porque las mujeres han redefinido su ciclo vital, las familias son más inestables, las familias “atípicas” se convierten en la norma y el sustentador familiar varón no es ya una garantía creíble de un nivel de vida adecuado. La mayor ironía de todo esto es que el familiarismo se ha convertido ahora en anatema para la formación familiar.

El fracaso en el apoyo a las familias puede producir dos escenarios indeseables. Nos enfrentaremos a una sociedad sin niños si la maternidad se convierte en incompatible con el trabajo. Y si los padres fallan al invertir adecuadamente en sus hijos, Europa podrá decir adiós definitivamente a su sueño de convertirse en la economía del conocimiento más competitiva del mundo. Las exigencias de cualificación están creciendo rápidamente y aquellos en situación de pobreza verán sus oportunidades vitales severamente perjudicadas.

El gasto público a favor de las familias varía tremendamente a lo largo de la UE, oscilando entre casi un 4 por ciento del PIB en Dinamarca y un 0,5 por ciento en España (véase Cuadro 1). Examinando las cifras adaptadas al poder adquisitivo, la inversión “per cápita” danesa multiplica exactamente por 10 la española. Ni siquiera hay una tendencia coherente. Algunos países, como Alemania, incrementaron sus esfuerzos en los 90 mientras otros, especialmente los Países Bajos, están dando marcha atrás.

La razón por la que se hace necesario un nuevo contrato social es que la fecundidad y la calidad de los hijos combinan al tiempo utilidad privada y ganancias sociales. Y como en ninguna otra época en el pasado, las ganancias sociales están subiendo al tiempo que la habilidad de las familias para producirlas se está debilitando.

 

Cuadro 1:
Apoyo Público en Favor de las Familias

 

Gasto per cápita de la población en paridad de poder de compra en € (2002)

Gasto como porcentaje del PIB (2001)

Bélgica

575

2.3

Dinamarca

1050

3.8

Francia

680

2.8

Alemania

750

1.9

Italia

237

1.0

Países Bajos

330

1.1

España

105

0.5

Reino Unido

450

2.2

EE.UU.

-

0.4

Fuente: Eurostat (SSEPROS) para el gasto en paridad de poder de compra y ficheros sociales de la OCDE para el gasto como parte del PIB.

 

El déficit de niños

La fecundidad contemporánea está muy lejos de las preferencias de los ciudadanos. Los adultos jóvenes en todos los países avanzados expresan un deseo de tener 2.2-2.4 hijos de promedio (Van de Kaa, 2001; Esping-Andersen et.al., 2005). El número preferido decae con la edad, pero no está claro si esto refleja la resignación de la gente ante un hecho consumado o, en cambio, una decisión más madura y razonada sobre lo que es óptimo (McDonald, 2002).

Retrocediendo el reloj 30 años, las naciones más avanzadas sobrepasaban tasas de fecundidad por encima del nivel de reemplazo: Escandinavia ocupaba el puesto más bajo, con una tasa de fecundidad de 2,0, Francia representaba el promedio con 2,6, y España lideraba el grupo con casi 3,0. Posteriormente, todos los países empezaron la caída hacia abajo, alcanzando el punto más bajo a mitad de la década de los 80. Los países nórdicos, Francia, y los EE.UU. consiguieron recuperar sus tasas de fecundidad, pero otros tocaron suelo con tasas de 1,2 (Italia y España en particular). Dinamarca, Francia, Noruega y Reino Unido son raros ejemplos de estabilidad a niveles medios de fecundidad (1,7-1,8). El promedio de la UE-15 está en un estable 1,5, y los países del Sur, se encuentran también en torno a 1,2. El paisaje parece aún más dramático a nivel regional: regiones como Veneto, Liguria, Galicia y Asturias tienen tasas de fecundidad por debajo de 1,0.

Incluso diferencias mínimas en la tasa de fecundidad tendrán enormes efectos en el crecimiento a largo plazo de la población. Si la tasa permanece en 1,3, la disminución de la población neta será de cerca del 1,5 por ciento por año, produciendo cumulativamente una sociedad un 25 por ciento de su tamaño original en 100 años.

Así, por ejemplo, la población de España al final del siglo veintiuno caería hasta los 10 millones. Si, en cambio, la tasa de fecundidad fuera de 1,9, la caída de la población se limitaría al 0,2 por ciento, con el resultado de una disminución de la población hasta el 82 por ciento de su tamaño actual (McDonald, 2002).

La inmigración puede compensar este efecto, pero no mucho. Para compensar una fecundidad por debajo de 1,6, el volumen anual de inmigración necesitaría cuadriplicarse (McDonald, 2000; Storesletten, 2000). Por poner un ejemplo, la afluencia de inmigración anual de Italia debería llegar a 400.000 personas para poder garantizar un tamaño de la población estable. Considerando que la mayoría de los países de la UE buscan limitar la inmigración, tales escenarios no son realistas. Pero incluso si lo fueran, el efecto compensatorio de la inmigración podría terminar siendo mucho más pequeño a la larga porque la fecundidad de los inmigrantes tiende a converger con el tiempo con la de la población nativa.

Una fecundidad muy baja puede tener consecuencias serias a nivel de la sociedad en su conjunto. Produce una sociedad de viejos y disminuye el crecimiento. Consideremos las diversas proyecciones de dependencia para el 2005: en España, la ratio de dependencia se dispararía hasta el 138% (del 24 al 57 por ciento), mientras que la tasa sueca aumentaría sólo un 36 por ciento. La OCDE estima que el cambio demográfico reducirá el crecimiento de los ingresos europeos per cápita del actual 1,7 a un 1,1 por ciento en torno a 2050 (Sleebos, 2003)1.

El déficit contemporáneo de niños correlaciona positivamente con una multitud de cambios socio-demográficos. El déficit de hijos ha ido en aumento, especialmente entre las mujeres trabajadoras de alto nivel educativo, así como en países donde la conciliación trabajo-familia es particularmente difícil (González y Jurado, 2005). Pero mucho más importante es la postergación de los primeros nacimientos, una tendencia bastante general en todas las sociedades avanzadas (Gustafsson, 2001). ¡La media de edad para los primeros nacimientos es ahora 28-29 años, con España en el extremo superior, en 31 años! Postergar la el momento de tener los hijos implica generalmente una disminución del número total de hijos.

Si la fecundidad retrasada fuera simplemente un efecto propio de un período específico, podríamos esperar un retorno a la “normalidad”, pero todos los datos sugieren lo contrario. Retrasar los primeros nacimientos forma parte de la nueva trayectoria vital femenina en la que la educación y la consolidación de la carrera laboral son condición sine qua non. La pregunta, entonces, es si un comienzo tardío frustrará inevitablemente la búsqueda de niños por parte de los ciudadanos. La respuesta es no, ya que en algunos países las mujeres se las arreglan para ponerse al día a pesar del comienzo tardío. La tasa de fecundidad danesa es exactamente un 50 por ciento más alta que la italiana (1,8 comparado con 1,2), aunque la media de edad en el primer nacimiento es prácticamente idéntica. Y el espectacular boom de fecundidad de Suecia previo a los 90 se debe en su mayor parte a una aceleración de los segundos nacimientos (Jensen, 2002; Billiari et.al., 2001). Las mujeres en Dinamarca, Francia y los países Bajos tienen dos veces más probabilidad de recuperar el tiempo perdido que las mujeres alemanas, italianas y españolas.

Mayor educación y empleo femenino no implica necesariamente menos hijos. Incluso si la participación femenina se convirtiera en un fenómeno cuasi universal eso no significaría que las preferencias de las mujeres se centraran en sus carreras profesionales. Como Hakim (1996) nos recuerda, la gran mayoría de mujeres prefiere un modelo doble de maternidad y trabajo para toda la vida. Tanto la oferta de empleo como las preferencias respecto a la maternidad lo confirman. En segundo lugar, en algunos países –especialmente en Escandinavia– el perfil educación-fecundidad tradicional está en cambio. Estos países registran ahora las tasas de fecundidad más altas (2+ hijos) justamente entre mujeres con niveles altos de estudios, y la más baja entre mujeres que sólo tienen los estudios obligatorios (Esping-Andersen et.al, 2005).

 

Explicando el déficit de niños

Un argumento común es que la baja fecundidad es un espejo de las tensiones que se producen cuando el comportamiento familiar no consigue adaptarse a las preferencias cambiantes de las mujeres (McDonald, 2002). En esencia, la baja fecundidad se da cuando las mujeres adoptan un nuevo curso de vida en un mundo de familiarismo tradicional. Las tensiones están relacionadas con los altos costes de los hijos y las barreras para la conciliación familia-trabajo. Ambas son caras diferentes de la misma moneda.

Hay costes monetarios directos relacionados con el consumo de los hijos. Una estimación reciente sugiere que los costes añadidos de un hijo oscilan en torno al 20-22 por ciento en media. Pero la dispersión es bastante grande y las madres educadas tienden a gastar sustancialmente más (de Santis, 2004; Bianchi, 2004)2. El coste convencional de un niño (comida y ropa) está decreciendo, pero esta tendencia favorable es neutralizada por el gasto creciente en “nuevos” bienes de consumo (especialmente cuidados infantiles) (Bianchi et.al., 2004). Las ayudas a la familia pueden mitigar el coste, pero dado que incluso los sistemas más generosos, como el danés, equivalen tan sólo al 4% de los ingresos medios, el efecto es marginal. En Europa del Sur, los beneficios por niño son miserables (OCDE, 2002: Cuadro A2)3. En cualquier caso, la investigación muestra que las transferencias familiares en dinero no tienen un efecto real en la fecundidad (Gauthier and Hatzius, 1997; Sleebos, 2003).

El coste realmente importante de los hijos es indirecto, y comprende dos efectos. En primer lugar, está el valor monetario implícito del tiempo dedicado por los padres a los niños. No es fácil calcular su valor monetario equivalente. Klevemarken (1998), desde supuestos más bien conservadores, estima el valor monetario equivalente alrededor de 22.000-29.000 dólares americanos para una familia media sueca. Esto implica que el cuidado colectivo de los padres suecos a sus hijos añadiría un equivalente al 20% del PIB nacional.

El segundo efecto se basa en el coste de oportunidad (o penalización por hijo) de la maternidad en términos de ingresos perdidos a lo largo del curso vital. Considerando el creciente poder adquisitivo de las mujeres, las interrupciones laborales y la restricción de la oferta de trabajo pueden resultar en penalizaciones sustanciales de sus ingresos. La penalización es el resultado conjunto de la pérdida de ingresos durante los años de interrupción más un efecto de depreciación a largo plazo debido a la pérdida de capital humano y experiencia.

Las mujeres reaccionan acortando las interrupciones y atrasando los nacimientos4. Single-Rushton y Waldvogel (2004) muestran una caída general en la pérdida de ingresos a lo largo de la vida, pero sólo en algunos países. Para las madres con educación media y con dos hijos, la pérdida bruta de ingresos hasta los 45 años alcanza desde el 23-25 por ciento en Escandinavia y EE.UU. y hasta el 40 por ciento en Alemania y los Países Bajos. Si extendemos la estimación hasta la edad de 60 años, el análisis sugiere que una parte importante de la penalización por hijo se recupera a la larga si las mujeres permanecen ininterrumpidamente en el mercado hasta la jubilación. En este último escenario, las madres danesas habrían perdido sólo el 8 por ciento de sus ingresos potenciales, y las inglesas y británicas un 25 por ciento.

La gran diferencia entre Escandinavia y cualquier otro lugar reside tanto en la duración de las interrupciones como de las trayectorias laborales. Mientras las mujeres británicas y alemanas tienen largas interrupciones y luego reanudan el trabajo con horario reducido, las mujeres escandinavas vuelven relativamente rápido y normalmente optan por jornadas a tiempo completo. En un estudio británico reciente, Rake (2000) identifica una tendencia de polarización social debido a que las mujeres con mayor nivel de educación están emulando el patrón nórdico, mientras las mujeres con menor nivel de educación reducen aún más su oferta de empleo tras el nacimiento de los hijos.

 

Cuadro 2:
Penalizaciones económicas a lo largo del ciclo vital simuladas para las mujeres con dos niños en la década de los 90

 

Promedio de interrupción por nacimiento (meses)

Porcentaje total de penalización de ingresos durante la vida

Dinamarca

 

 

Todas las mujeres

9

5

Con bajo nivel  educativo

20

9

España

 

 

Todas las mujeres

46

20

Con bajo nivel educativo

50

21

Fuente: Estimaciones a partir del Panel de Hogares de la Unión Europea (PHOGUE), 1994-2001. Nota: las estimaciones asumen que las madres vuelven al empleo a tiempo completo al concluir el período medio de interrupción.

 

Dada la expansión del empleo femenino durante los 90, particularmente en Europa del Sur, se podría esperar cierta convergencia respecto al patrón nórdico entre las mujeres más jóvenes. Los datos relacionados con las interrupciones por nacimiento se pueden utilizar para hacer una predicción aproximada sobre qué pasará entre las que son madres ahora. Usando los paneles PHOGUE, 1994-2001, el Cuadro 2 compara dos extremos dentro de Europa, Dinamarca y España. Las penalizaciones económicas simuladas aplican los coeficientes estándar de Mincer-Polacheck sobre la base de las interrupciones asociadas al nacimiento de los hijos del promedio de todas las mujeres y de las mujeres poco educadas (por debajo de educación secundaria). La simulación asume que las madres vuelven al trabajo a tiempo completo tras la interrupción media para el conjunto. La penalización podría resultar mucho mayor si no fuera este el caso.

La distancia entre aquellas mujeres con un menor nivel de educación y el promedio es mayor en Dinamarca que en España. Pero incluso las danesas con menor nivel de educación interrumpen sus carreras durante períodos relativamente corotos, por lo que las pérdidas económicas acumuladas son modestas. En contraposición, las interrupciones de las españolas son sistemáticamente más largas, lo que da lugar a penalizaciones económicas a lo largo de la vida mucho mayores en todos los niveles.

Aquí es donde importa el cuidado infantil. Si no hay una oferta amplia de servicios de cuidado, los padres deberán destinar entre 7.000 y 10.000 euros anuales por plaza a jornada completa en un centro de calidad en cualquier país típico de la UE. Esto implica, en esencia, un impuesto regresivo sobre la oferta laboral de la madre, siendo en cualquier caso prohibitiva-mente caro para la mayoría de las familias jóvenes. Si no hay alternativas más baratas las familias deberán elegir entre uno de estos dos males:

O bien posponer los niños en interés de la carrera profesional de la madre; o sacrificar la carrera profesional de la madre en beneficio de la formación de la familia.

De manera nada sorprendente, la fecundidad está correlacionada con el cuidado infantil (Kravdal, 1996; Esping-Andersen, 2002; del Boca, 2002; Aeberge et.al., 2005)5. Hay tres posibles caminos para hacer el cuidado infantil más asequible: vía soporte familiar (la abuela), vía mercados de servicios no regulados (estilo americano), o vía generosos subsidios gubernamentales (propuesta nórdica). Las abuelas han sido la principal solución en Europa del Sur, pero la reserva de cuidadoras disponibles está disminuyendo bastante rápidamente (González y Jurado, 2005). La estructura de precios altamente diferenciada de EE.UU., unida a las deducciones fiscales, puede satisfacer la demanda, pero la consecuencia es un cuidado extremamente desigual y principalmente de baja calidad (Mayers et.al., 2004). En el modelo nórdico, los subsidios públicos sufragan la parte del león de los costes. Considerando que la cobertura es de facto universal desde que el primer año de edad, el coste neto de la paternidad es claramente asequible para todas las familias. Algunos países, especialmente Reino Unido y Países Bajos, persiguen un modelo híbrido que combina la provisión del mercado con algunos subsidios estatales. Examinaré más de cerca las implicaciones de ambos modelos en la siguiente sección.

Las políticas de cuidado infantil, por muy generosas que sean, no podrán resolver el problema por sí solas. Su impacto depende, en primer lugar, de la duración del permiso por maternidad remunerado; si este último es demasiado breve, las madres se ven obligadas a hacer una elección radical entre volver al trabajo e interrumpir sus carreras profesionales. Las madres con bajo nivel educativo son más tendentes a acortar sus carreras, mientras que las más educadas responderán con una fecundidad reducida.

En segundo lugar, sabemos que gran parte del problema de la conciliación se encuentra enterrado en el mercado de trabajo. Los horarios flexibles y el acceso al trabajo a tiempo parcial son esenciales. La seguridad en el empleo importa porque las mujeres ahora valoran la autonomía económica. El desempleo, la inestabilidad y los trabajos precarios afectan a la fecundidad muy negativamente. El hecho de que las mujeres (jóvenes) estén enormemente sobrerrepresentadas entre los desempleados y entre los que tienen contratos temporales –especialmente en Europa del Sur– ayuda a explicar la omnipresente y bajísima fecundidad (Bernardi, 2005; Esping-Andersen, 2002; González y Jurado, 2005; McDonald, 2002). Visto desde un punto de vista distinto, las investigaciones escandinavas muestran que una fecundidad alta entre las mujeres con alto nivel educativo se encuentra mayoritariamente entre las empleadas del sector público (Jensen, 2002; Datta Gupta et.al., 2003). El Cuadro 3 ilustra la importancia del estatus del empleo sobre la decisión de las mujeres de tener hijos.

Excepto en Dinamarca, el desempleo es en todas partes el mayor obstáculo para la fecundidad. En Alemania y España disminuye la probabilidad de nacimientos hasta casi la mitad. La inseguridad en el trabajo es también claramente un impedimento principal. En España, tener un contrato indefinido incrementa la probabilidad de tener hijos en 2,5 veces. El coeficiente para el empleo del sector público, que indudablemente ofrece unas condiciones laborales más confortables, es positivo en todas partes, pero sólo significativo estadísticamente en Alemania y España.

Como es sabido, la baja fecundidad refleja un desajuste entre el nuevo curso vital de las mujeres y la persistencia en los roles de género tradicionales. La primera parte de este desajuste, esto es, los cambiantes roles de las mujeres, se pone de manifiesto en la importancia de las condiciones de empleo y del estatus laboral: las mujeres vacilan en tener un hijo hasta que sus carreras estén adecuadamente aseguradas.

 

Cuadro 3:
Inseguridad en el empleo y fecundidad. Odds-ratios (regresión logística)

 

Dinamarca

Holanda

Alemania

España

Reino Unido

Desempleado

2.5***

.64*

.22**

.54***

.33**

Contrato permanente

1.4

2.6**

.30*

2.5***

1.9

Empleo en Sector público

1.0

1.1

1.6**

2.2**

3.4

Fuente: Estimaciones a partir del Panel de Hogares de la Unión Europea (ola 1995). 
Nota: En el análisis de regresión se controla por nivel educativo y estatus de empleo (tiempo completo/parcial).

 

La segunda parte de este desajuste tiene que ver con los roles de género. La reconciliación es más fácil cuando los Estados de Bienestar ayudan a “desfamiliarizar” la carga humana del cuidado. Esto puede, no obstante, no ser suficiente a menos que vaya unido a un contrato de género más igualitario entre los cónyuges. Duvander y Anderson (2003) muestran que la decisión de tener un segundo hijo en Suecia depende mucho de si el padre tomó el permiso de paternidad tras el primer nacimiento. Esping-Andersen et.al. (2005) muestra que la implicación de los padres daneses en la carga del primer hijo también está fuertemente relacionada con la decisión de tener un segundo hijo. En otras palabras, una división más igualitaria del trabajo retribuido y no retribuido debería surgir como una condición básica para la fecundidad futura.

Los datos sobre uso del tiempo muestran que los hombres incrementan generalmente su cuota del trabajo doméstico cuando las madres trabajan a tiempo completo, pero la sustitución total no se da en ningún caso6. Los hombres escandinavos y americanos en parejas de doble ingreso a tiempo completo son mucho más propensos a involucrarse. Por ejemplo, la ratio de horas no retribuidas entre hombres y mujeres es ahora de 1,4 en Dinamarca y de 1,7 en Suecia y en EE.UU.. En Gran Bretaña, la ratio crece hasta 2,4, y en Italia hasta la embarazosa cifra de 3,67. La contribución masculina al cuidado de los hijos está también positivamente relacionada con el nivel de educación. A medida que la autonomía y el logro educativo de las mujeres aumentan podemos esperar una profundización mayor de la igualdad de género entre las parejas.

 

La calidad de los niños

La dinámica de la economía del conocimiento incrementa el capital humano necesario para asegurar buenas perspectivas de empleo. No hay un consenso claro sobre qué destrezas, concretamente, importan más (Bowles et.al., 2001). La educación formal es obviamente una condición sine qua non, especialmente para el progreso en los primeros momentos de las carreras laborales. Los abandonos escolares tempranos de hoy probablemente terminarán siendo los trabajadores mal pagados y precarios de mañana. Las políticas correctoras, como la “activación” y la formación de adultos constituyen generalmente un remedio de baja eficacia (Heckman, 1999; Heckman y Lochner, 2000). La no terminación de la educación secundaria superior va a constituirse como punto de referencia para el problema de la exclusión social en las décadas venideras.

Otras dimensiones del capital humano están ganando importancia. Las compañías modernas ponen una prima a las habilidades sociales y a la “inteligencia emocional”, y el capital social puede ser muy importante para progresar. A pesar de todo, el consenso predominante es que unas fuertes destrezas cognitivas son las primeras y más importantes pre-condiciones; en parte porque las habilidades cognitivas son decisivas para el aprendizaje y, por lo tanto, para la terminación de la escuela, y en parte, porque –casi por definición– una producción intensiva de conocimiento supone que la gente tiene las capacidades para entender, interpretar y aplicar productivamente la información. Las competencias clave, como las habilidades cognitivas y la motivación para aprender, se desarrollan muy pronto en la vida (Karoly et.al., 1998; Ramey y Ramey, 2000).

El continuo y potente impacto de los orígenes sociales en las oportunidades vitales de los niños que los estudios de estratificación intergeneracional identifican se debe en gran parte al hecho de que las competencias básicas de los niños quedan grabadas en los primeros años de la infancia, cuando están en gran medida bajo el ámbito privado. Las desigualdades en los estímulos paternos son transmitidas subsecuentemente a las escuelas que, a su vez, tienen en general poca capacidad para rectificar el diferencial en las habilidades de aprendizaje.

Los reformistas de la posguerra creían que la herencia social podía ser contrarrestada de manera efectiva a través del acceso público a la educación. La idea principal era que eso eliminaría los contrastes económicos y, de este modo, igualaría las oportunidades entre las clases sociales. Desde el rompedor informe de Coleman para el gobierno de EE.UU., seguido de virtualmente una montaña de investigaciones, sabemos que el diseño de los sistemas educativos tiene un impacto muy limitado en la desigualdad de oportunidades. La introducción temprana de itinerarios, la falta de personal y las escuelas segregadas sin duda empeoran las desigualdades sociales, pero el núcleo del mecanismo se basa en la familia de origen (Shavit y Blossfeld, 1993; Eriksson y Jonson, 1996)8. Esta visión ha recibido una poderosa confirmación a través de los estudios de PISA (OCDE, 2003).

 

Explicando las desigualdades de resultados de los niños

Las inversiones de los progenitores en sus hijos toman dos formas principales. Una es monetaria, la otra es, hablando toscamente, “cultural”. Si bien el acceso universal a la educación disminuye el impacto de la desigualdad de ingresos, el dinero sigue influenciando crucialmente los resultados escolares de los niños. En la mayoría de los países, la participación en la educación pre-escolar de calidad depende de los ingresos del hogar. Los padres acomodados están mucho mejor posicionados para invertir en actividades adicionales de aprendizaje extra-curricular, sean estas ballet o clases de idiomas, y la salud infantil también está relacionada generalmente con los ingresos familiares.

Mucho peor es la pobreza y la inseguridad en los ingresos. Una investigación muestra que un niño estadounidense pobre tendrá, de media, dos años menos de escolarización y, posteriormente, ganará aproximadamente un 30 por ciento menos cuando sea adulto (Mayer, 1997; Haveman y Wolfe, 1995). Peor aún, el niño pobre tiene muchas más probabilidades de terminar siendo un padre pobre, reproduciendo así el síndrome de generación en generación. Investigaciones europeas identifican de manera muy similar –aunque algo menos dramática– los efectos de la pobreza (Machin, 1998; Maurin, 2002; CERC, 2004).

Puesto que la inseguridad económica perjudica los resultados del niño, la tendencia actual en la distribución de los ingresos debe ser un asunto de seria preocupación ya que los hogares jóvenes y, en particular, las familias con niños están perdiendo terreno de manera especial. Con la sola excepción de Escandinavia, la pobreza infantil se ha incrementado en las últimas dos décadas.

Para expresarlo de otro modo, por lo que a los efectos de los ingresos se refiere, las naciones más avanzadas están nadando contracorriente en el mismo momento que la necesidad de asegurar los resultados infantiles se intensifica. De ello se deduce que cualquier medida que combata de manera efectiva la pobreza infantil supone una inversión clave en las oportunidades vitales de los niños y en nuestro futuro colectivo. Este punto queda remarcado en los análisis de Eriksson y Jonson (1996) sobre por qué los países nórdicos ostentan mayor nivel de igualdad en la educación comparado con cualquier otro lugar. Enfatizan, particularmente, la efectividad de los apoyos económicos públicos a las familias con hijos y, como muestran los datos, el hecho de que la pobreza infantil escandinava no se haya incrementado a pesar de que estas naciones también han sido testigos del incremento general de las desigualdades de ingresos9.

La dimensión “cultural” es más difícil de identificar con precisión. Se trata de una dimensión polifacética, pero un aspecto importante tiene que ver con el ambiente de aprendizaje familiar. Una manera de capturar esta dimensión es a través de la información sobre los hábitos de lectura de las familias y la posesión de libros (De Graaf, 1998; OCDE, 2002; Esping- Andersen, 2004). Además, los análisis de regresión multivariable muestran que esta dimensión cultural es mucho más importante que el estatus socio-económico parental al explicar las habilidades cognitivas de los hijos (Esping- Andersen, 2004).

Un segundo aspecto descansa sobre la intensidad de la interacción y educación entre padres e hijos. Aquí enfrentamos una cuestión algo controvertida, esto es, si los trabajos de las madres fuera de casa tienen consecuencias adversas para el desarrollo infantil. Si esto fuera así, estaríamos nadando otra vez contracorriente considerando que la mayoría de las mujeres modernas insisten en la continuación de su carrera profesional.

Hay algunas evidencias de que el empleo de las madres puede ser perjudicial (Ermish y Francesconi, 2002; Ruhm, 2004). Esto está bien documentado para los primeros 9-12 meses de los niños (Waldvogel et.al., 2002; Ruhm, 2004; Gregg, 2005). Pero el efecto posterior depende mucho de la calidad del trabajo de la madre y del cuidado externo. El estrés relacionado con el trabajo y la fatiga son demostrablemente problemáticos. Y hay una amplia evidencia de que el cuidado infantil de alta calidad contrarresta cualquier efecto negativo potencial (Curie, 2001; Wldvogel, 2002). Un modelo similar surge cuando se analizan los datos de PISA. En los países donde el acceso al cuidado infantil de calidad es escaso, como en España, Alemania y los EE.UU., el trabajo con jornada completa aparece como un efecto adverso (aunque no demasiado fuerte) en el desarrollo cognitivo de los niños, mientras en Escandinavia, donde la asistencia es esencialmente universal, el impacto del trabajo materno parece ser, de hecho, positivo.

Cuando ponemos junta toda esta evidencia, tenemos una explicación clara de por qué los países escandinavos son los únicos casos claros donde el impacto del origen social en los logros educacionales (y el desarrollo cognitivo) ha decaído de manera significativa en las últimas décadas (Esping- Andersen, 2005). Por un lado, el efecto de los ingresos ha sido minimizado vía erradicación de la pobreza infantil. Por otro lado, el efecto de la “cultura” se ha debilitado porque todos los niños, sin tener en cuenta los recursos parentales y los orígenes sociales, se han beneficiado de un cuidado de idéntica calidad. El efecto neto está obligado a ser redistributivo en el sentido de que el hijo de la familia más débil es el que más recibe. Es revelador que el efecto combinado de las variables del estatus socioeconómico y el capital cultural parental en el rendimiento (literacy performance) de los hijos es la mitad de fuerte en Suecia que en otros países de la OCDE (Esping- Andersen, 2005)10. Es igualmente revelador que los datos PISA muestren que los países nórdicos recogen in-usualmente pequeñas variaciones en las habilidades cognitivas de los niños.

 

Rediseñando el estado de bienestar: Una aproximación a la inversión social

Las cohortes jóvenes contemporáneas son, históricamente hablando, muy pequeñas y deben cargar con una carga demográfica sin precedentes. También afrontan un conjunto mucho mayor de riesgos, puesto que las oportunidades vitales son cada vez más contingentes respecto a las capacidades. Invertir adecuadamente en nuestros hijos no hará que los precios se desplomen, pero producirá una prima doble de ganancias inmediata, repartiendo bienestar individual y social.

Puede ser difícil de precisar el valor social neto exacto de los hijos. La heterogeneidad de los hijos en términos de sus destrezas potenciales y productividad a lo largo de la vida es enorme. Una investigación estadounidense sugiere que un típico niño americano, a lo largo de su recorrido vital, producirá un retorno social neto en su barrio de $100.000 (Preston, 2004). La cantidad precisa no es muy importante, pero sí el hecho de que nos alerte sobre muchos principios fundamentales a los que una política social reajustada debe adherirse.

En primer lugar, si el beneficio social de los hijos es sustancial al tiempo que los costes de tener hijos para los padres van en aumento, tenemos un argumento para la redistribución a favor de las familias con hijos. Si consideramos que el gasto social en familias no es nunca mayor del 4% del PIB, la sociedad está indudablemente haciendo un buen trato, y las que carecen de niños en particular11. Por lo tanto, tenemos razones para apoyar la redistribución a favor de los niños, con niveles de imposición proporcionales a los retornos sociales. Esto me lleva al segundo principio. Si se puede demostrar que los gastos en los hijos producen un incremento en su valor social neto, los gastos públicos implicados tendrán un carácter claro de inversión social.

 

Política pública y fecundidad

Como se ha discutido más arriba, una fecundidad creciente requiere que ayudemos a reconciliar las preferencias vitales de las mujeres con la formación de familias. Partiendo de que nuestra meta principal es ayudar a los ciudadanos a tener su número de hijos deseado, el incremento de la fecundidad supondrá una ganancia sustancial. Cada niño adicional puede estar añadiendo $100.000 a nuestro bienestar colectivo. Como en la dimensión de la “calidad”, no es necesario decir que cualquier medida que mejore las oportunidades vitales de los niños producirá retornos individuales y sociales sustanciales.

¿Pueden las políticas amigables para las familias llevarnos a un límite de Pareto superior? ¿Cómo tendría que ser este paquete de políticas para conseguirlo? Como hemos visto en la sección anterior, las investigaciones científicas pueden ser útiles para contestar tales cuestiones.

Si la fecundidad está ahora principalmente relacionada con el coste de oportunidad de la maternidad, cualquier medida que disminuya de manera efectiva la penalización por hijo debería ayudar a acercar la tasa de fecundidad hacia los niveles de preferencia social. Las ayudas familiares pueden no ser demasiado efectivas, pero las políticas de reconciliación familia-trabajo –y las de cuidado infantil en particular– parece que si lo son. Puesto que las políticas de conciliación nacionales tienden a desarrollarse en sincronía, es muy difícil separar estadística-mente los distintos efectos de los componentes principales (por ejemplo: el cuidado infantil, las licencias y las medidas en los lugares de trabajo). Para Noruega, Kravdal (1996) encuentra que doblando el cuidado infantil se incrementa la tasa de fecundidad más de 0.1 puntos. Knudsen (1999), analizando los datos daneses, estima que la fecundidad creció unos 0.3 puntos porcentuales (de una tasa de fecundidad de 1.5 a 1.8) como resultado de la expansión del cuidado infantil y de los permisos por maternidad desde principios de los 80. Del Boca encontró también fuertes efectos en Italia y, para EE.UU., Blau y Robins (1998) muestran que los costes y las carencias de acceso al cuidado reducen la fecundidad.

Son especialmente las medidas para los menores de 3 años las que producen un impacto en la fecundidad más positivo (Esping- Andersen, 2002; Castles, 2003). Tanto Castles (op.cit) como Aaberge (2005) concluyen que las medidas laborales de ayuda a las madres, como el tiempo de trabajo flexible, influencian positivamente la fecundidad. Y, como se ha mencionado, ya hay también evidencias sólidas de que una mayor igualdad de género en la división de las tareas del hogar aumentará la tasa de fecundidad, al menos entre las mujeres con mayor nivel educativo. Por lo tanto, nuestras consideraciones políticas deben incluir asistencia infantil e incentivos de permisos para los hombres.

En conjunto, el beneficio directo sobre la fecundidad de un paquete de medidas de apoyo a las familias no parece tener proporciones arrolladoras, pero en la medida en que también ayuda a reconciliar trabajo con maternidad hay un indudable efecto positivo indirecto. Su impacto sin duda es también desigual entre la población: es más efectivo entre mujeres que enfrentan los costes de oportunidad más elevados respecto a la maternidad. E incluso si las ganancias de fecundidad parecen minúsculas, debemos recordar que incluso un pequeño incremento en la tasa de fecundidad (por ejemplo sobre 0,3 puntos) suma una ganancia sustancial de bienestar social e individual. Esto significa que los padres y las madres se acercan a su tamaño familiar deseado, lo que como he mencionado antes, tendrá enormes consecuencias a largo plazo en términos de crecimiento demográfico.

 

Política pública y oportunidades vitales de los hijos

No hay una fórmula simple que garantice un buen rendimiento de los hijos. Puesto que sabemos que las habilidades cognitivas están correlacionadas con los orígenes sociales, no resulta una sorpresa que la desigualdad de nivel cognitivo entre los niños dependa del grado conjunto de desigualdad entre las familias. En las sociedades más desigualitarias, como Reino Unido y EE.UU., la parte que cae en el quintil de capacidad cognitiva más bajo (esencialmente disfuncionales) es mucho más grande que en las naciones igualitarias, como Suecia, Noruega o los Países Bajos (aproximadamente un 20 por ciento comparado con un 8 por ciento en Noruega y 11 por ciento en los Países Bajos)12. Calculando los coeficientes de Gini para los test cognitivos las puntuaciones proveen de un indicador revelador: el Gini danés es 0.8 comparado con un 0,16 para EE.UU. El gráfico 1 recoge el resultado de una regresión del índice de Gini de las puntuaciones cognitivas sobre el origen social (la fuerza de la asociación entre el logro educativo de hijos y padres)13. La correlación sería incluso mayor si hubiésemos hecho la regresión con los coeficientes cognitivos de Gini sobre la distribución de los ingresos de las distintas naciones. De hecho, hay una correlación muy fuerte también entre las desigualdades de distribución de los ingresos y la herencia intergeneracional.

 

Figura 1:
La Relación entre las desigualdades cognitivas y la fuerza de la herencia social intergeneracional

(A la izquierda, cognitivo de Gini: de arriba hacia abajo 0,18 - 0,16 - 0,14 - 0,12 - 0,1 - 0,08 - 0,06 - 0,04 - 0,02 - 0).

Fuente: Esping-Andersen (2004: 123). La regresión está basada en los 15 países de la OECD.

 

En consecuencia, esto indica que la política debe enfocarse en primer lugar hacia estos mecanismos monetarios y culturales que unen los orígenes sociales con los resultados de los hijos. Puede haber ganancias muy sustanciales al minimizar el efecto de los bajos ingresos. Por lo tanto una política que elimine de manera efectiva la pobreza infantil debe producir unos resultados muy positivos en términos de igualación de las oportunidades educacionales de los niños.

Una pista de cómo la política social puede dirigirse de manera efectiva a reducir los hándicaps socioculturales surge de la gran cantidad de investigaciones de evaluación de programas de intervención temprana en EE.UU.. En todos los terrenos, desde la salud y el crimen hasta los logros escolares y más tarde las carreras profesionales, hay una evidencia clara de que el cuidado de alta calidad en la primera etapa infantil produce resultados poderosos y persistentes (Curie, 2001; Duncan y Brooks-Gunn, 1997; Haveman y Wolfe, 1995; Karoly et.al., 1998).

La magnitud del problema “cultural” está relacionada en cualquier país con el tamaño de la generación parental, que carece de recursos para estimular adecuadamente las habilidades de aprendizaje de sus hijos. En algunos países de la UE –como España e Italia– todavía existe un gran número de adultos con niveles mínimos de educación. Dentro del paréntesis típico de edad de la paternidad (35-44 años), el 54 por ciento de las madres españolas no tienen más que la educación obligatoria –comparado con sólo el 12 por ciento en Suecia (OCDE, 2003)–. El rápido incremento en los logros educativos hará disminuir este problema en las próximas décadas. En España, por ejemplo, el porcentaje de mujeres 10 años menores (25-34 años) sin más educación que la obligatoria ha caído 13 puntos. Pero también afrontamos contra tendencias que se derivan de las grandes oleadas de inmigrantes de bajo nivel educativo que, además, afrontan múltiples desventajas culturales y educativas que pueden poner en peligro las oportunidades de sus hijos. Incluso en Suecia, donde el sistema escolar ha buscado más ambiciosamente rectificar las desventajas de aprendizaje de los niños inmigrantes, el salto entre las puntuaciones cognitivas entre niños nativos y no nativos es uno de los más amplios de la OCDE, y la probabilidad de fracaso escolar es casi 5 veces más grande para los inmigrantes que para los nativos14.

Muchos análisis sobre los programas de intervención temprana de EE.UU. deben su éxito al hecho de orientar la estimulación cognitiva a favor de los más necesitados. Un fenómeno muy similar se ha revelado, más por fiat que intencionalmente, en los países nórdicos al haber expandido la asistencia infantil en la primera etapa en respuesta a las crecientes tasas de empleo de las mujeres. La política puso deliberadamente el énfasis en la generalización de los niveles de calidad de las “clases medias”.

El modelo nórdico ha tenido indudablemente un impacto no trivial en la igualación de la preparación escolar de los niños15. Dinamarca, Noruega y Suecia son los únicos países avanzados que muestran una reducción sustancial del efecto de la educación parental, del nivel de ingresos y también del “capital cultural” en el logro educacional infantil. Por ejemplo, el impacto de la educación de los padres en la probabilidad de alcanzar la educación superior se ha reducido a la mitad para las cohortes más jóvenes –nacidas en los 70 y las primeras para las que el cuidado de los hijos se convirtió en la norma–. En los países como EE.UU., Reino Unido o Alemania, el impacto parental permanece tan fuerte como lo era para las cohortes nacidas en los 40 y los 50. El potencial igualador del cuidado universal temprano es también evidente cuando nos centramos específicamente en los hijos de padres con un nivel de educación muy bajo (obligatoria o menos). En Dinamarca, su oportunidad de completar la educación secundaria superior se ha duplicado para las cohortes más jóvenes y en Noruega incluso se ha triplicado. De nuevo, existe un claro contraste con otros países donde en líneas generales no ha habido una mejora relativa en la suerte de jóvenes de las mismas características16.

La cuestión clave es cómo diseñar una política social capaz de encauzar los efectos perversos del entorno familiar. Avanzamos hacia tierra firme cuando nos acercamos a las políticas de sostenimiento de los ingresos familiares. Muy pocos países desarrollan una política de mantenimiento de ingresos que garantice de facto la lucha contra la pobreza infantil, aunque los países nórdicos quedan muy cerca cuando unimos al impacto de los beneficios familiares, las ayudas de vivienda y la asistencia social.

La buena noticia es que el coste adicional de eliminar la pobreza infantil, financieramente hablando, es una ganga. Adoptando una línea de pobreza del 50 por ciento de la mediana como referencia, esta política supondría un coste del 0,26 por ciento del PIB en el Reino Unido –el país de la UE con las tasas más altas de pobreza (Esping-Andersen y Sarasa, 2002)–. En cualquier caso, el crecimiento del empleo de las madres constituye una garantía antipobreza mucho más efectiva. Cuando las madres trabajan, la probabilidad de pobreza se ve reducida por un factor de 3 o 4. Por lo tanto, el apoyo al empleo de las madres supone también una importante compensación del riesgo de pobreza infantil.

En otras palabras, volvemos una vez más a las políticas de conciliación. Si, como la mayoría de las investigaciones concluyen, el empleo materno es problemático para el bienestar infantil durante el primer año, tenemos un argumento claro a favor de extender un permiso mixto de maternidad y paternidad.

La UE ha emitido recientemente una directiva que reclama un permiso mínimo de tres meses para los padres, además del permiso por maternidad. Sin embargo, los permisos para las madres (sumados a los de los padres) varían enormemente a lo largo de la UE, oscilando entre los miserables 4 meses en España a los más de 12 meses en los países más generosos. Los permisos que son demasiado cortos pueden producir efectos adversos en términos de conciliación. Permisos combinados retribuidos que cubran al menos los primeros 9 meses de vida del niño se aproximan bastante a una solución óptima. La experiencia escandinava nos dice que: a) el periodo de permiso retribuido estándar (ahora de un mínimo de 48 semanas) no produce ninguna penalización sobre los ingresos a lo largo de la vida apreciable; b) la mayoría de las madres pronto vuelven a la jornada a tiempo completo; y c) las mujeres se acercan bastante al número de hijos que realmente desean.

La mayoría de los países de la UE tienen normas que parecen consistentes con estos objetivos múltiples (y con la directiva de la UE) pero las apariencias son engañosas puesto que los permisos por paternidad opcionales muchas veces implican claramente subsidios reducidos. Formalmente hablando, el Reino Unido provee de un total de 40 semanas de permiso. Las primeras 18 están cubiertas en su totalidad, pero las 22 que quedan suponen un ingreso menor del 15% del salario medio17. Es dudoso que las mujeres comprometidas con el trabajo opten por permisos de larga duración sin compensación, lo que las impulsará de vuelta al trabajo.

 

Diseñando un sistema de asistencia infantil

Los programas de intervención infantil temprana pueden producir resultados muy positivos, pero están generalmente estrechamente orientados a favor de niños excepcionalmente necesitados. Hay muy buenos argumentos a favor de subvencionar el cuidado de alta calidad para los más desfavorecidos, pero el problema es que el tamaño de la población “en riesgo” es generalmente mucho más grande que el ámbito realista de semejantes políticas. El “Comienzo Seguro” del gobierno laborista británico busca ensanchar su alcance interviniendo en barrios deprimidos antes que en familias específicas. El fallo aquí es que las familias problemáticas no viven necesariamente en esas comunidades. Hay por lo tanto mucho que decir a favor de una perspectiva de cuidado infantil universal (reforzado por intervenciones específicamente orientadas), puesto que esto es al tiempo una necesidad en la reconciliación entre maternidad y trabajo: el cuidado infantil mata dos pájaros de un tiro.

Si el cuidado infantil emerge como pieza central de cualquier estrategia de bienestar infantil, necesitamos examinar cuidadosamente sus ramificaciones en otros ámbitos de las políticas de bienestar. Es obvio que un sistema de cuidado infantil universal y asequible no resultará barato. Peor, el inherente problema “coste-enfermedad” de los servicios de asistencia (debido a la productividad baja) implica constantes y crecientes presiones financieras. Por supuesto, la presión del coste no depende de si el cuidado infantil se financia de manera privada o pública.

Asegurar calidad implica personal con cualificación pedagógica y ratios pequeñas de cuidador-niño. Las normas nacionales de calidad para la ratio cuidador-niño entre los menores de 3 años oscilan entre 1:12 para España y la excepcionalmente baja ratio de Dinamarca de 1:3 –aunque la mayoría de los trabajadores daneses dedicados al cuidado infantil no tienen una formación pedagógica especial18. La asequibilidad disminuye proporcionalmente al tamaño de la subvención y del copago parental. Al tiempo, el nivel de la oferta de cuidado infantil dependerá directamente de la efectiva demanda –de nuevo una cuestión en gran medida de subsidios y asequibilidad.

No sé de ningún país donde la provisión del cuidado infantil temprano sea financiada predominantemente con fondos públicos. Los países nórdicos cuentan con una mezcla de centros municipales (en torno al 70 por ciento en Dinamarca) y cooperativas, establecidas a menudo por asociaciones de padres. Los centros privados no tienen acceso a subvenciones públicas y, por lo tanto, básicamente no existen. El modelo tiene desde luego éxito en establecer un amplio acceso puesto que cubre a un 85 por ciento de los niños de 2 años –97 por ciento de ellos a tiempo completo (OCDE, 2003). Si los estándares de calidad están asegurados a todos los niveles, no hay razón particular por la que uno pudiera preferir la cobertura privada o la pública a menos, claro está, que se introduzcan costes asociados a la equidad o la eficiencia.

En cuanto al acceso, muchos países de la UE se enorgullecen de poseer una alta tasa de inscripción de niños de 3 años en adelante. Pero es para los menores de 3 cuando la mayoría de los países caen debajo de la media europea del 33% de cobertura. Podemos distinguir tres grupos de países. El grupo nórdico alcanza actualmente una cobertura casi universal, lo cual no es sorprendente puesto que el acceso está garantizado legalmente a todas las familias y los municipios están obligados a defender esta garantía19. En el segundo grupo, que incluye Bélgica y Francia, la cobertura gira en torno al 30 por ciento. La mayoría de los países europeos caen en el tercer grupo, con una cobertura por debajo del 10 por ciento (Gornik y Meyers, 2003). Inglaterra y los Países Bajos (con una cobertura del 17 por ciento) están progresando hacia la cota europea, aunque diversos factores sugieren que el progreso puede ser lento.

Indudablemente, el problema inglés para alcanzar algo parecido a una cobertura total está relacionado con el coste financiero. A pesar de los subsidios públicos (vía créditos fiscales), el copago de los padres británicos supone casi la mitad del coste total, y no existen exenciones para las familias con bajos ingresos. Esto puede explicar por qué el ambicioso plan para extender el suministro no acaba de despegar. De las más de 600.000 nuevas plazas creadas entre 1998 y 2003, más de la mitad han desaparecido posteriormente porque los padres no podían permitirse inscribir a sus hijos (Evers, et.al., 2005: 202). desaparecido posteriormente porque los padres no podían permitirse inscribir a sus hijos (Evers, et.al., 2005: 202).

Comparativamente hablando, Suecia probablemente oferte las condiciones más generosas con un pago coparental igual al 10-15 por ciento del coste total. La vecina Dinamarca tiene una escala de pago gradual. Las familias con menos del 60 por ciento de los ingresos medianos no pagan, mientras que las familias de ingresos medios tienen que asumir la totalidad de la cuota (un 30 por ciento del coste total). Considerando que actualmente la participación es de facto universal, uno puede concluir que se trata de un sistema asequible para todos. El coste se incrementará a medida que lo haga la cualificación formal del personal –a menos que se equiparen con ratios más elevadas de cuidador-niño–. Tal como está, una oferta de asistencia completa, como en el modelo danés, necesita importantes inversiones públicas –equivalentes casi al 2 por ciento del PIB–. ¿Son los gastos en cuidados infantiles una buena inversión social?

¿Obtendrían los países que gastan poco, como Gran Bretaña, beneficios adicionales que pudieran incentivarles a emular los niveles de inversión daneses o suecos?

Para contestar a semejantes preguntas deberíamos hacer, antes de nada, la contabilidad adecuada. Para empezar debemos recordar que el coste global efectivo del cuidado infantil permanece constante ya sea financiado desde un bolsillo u otro. Si el objetivo político es suministrar cuidados de calidad para todos los niños, la parte total del PIB que deberíamos dedicar no debería cambiar mucho dependiendo de quién se haga cargo del coste. Si aceptamos que Dinamarca se acerca a ambos objetivos, deberíamos esperar que el gasto total final gire alrededor del 2.7-2.8 por ciento del PIB.

Rosen (1996), en un análisis muy controvertido, argumenta que los gastos públicos destinados a ayudar a conciliar maternidad y trabajo en Suecia son ineficientes, produciendo un alto retorno negativo –que él estima sobre la mitad del total. Los cálculos que sostienen esta conclusión comparan el gasto público total con la ganancia total de las madres de hijos pequeños. Se trata, sin embargo, de un análisis falaz, ya que ignora completamente cómo las ganancias de toda una vida (y de este modo también los impuestos de toda una vida) se ven afectadas por los programas de apoyo a las madres. Un método de análisis dinámico del ciclo vital produce lógicamente resultados diferentes.

En el Cuadro 4 presento estimaciones de los ingresos a lo largo de la vida para Dinamarca sobre la base de un modelo estándar de Mincer. Siendo conservadores, tomamos como madre de referencia una trabajadora a tiempo completo con bajos ingresos salariales (2/3 del salario medio), que a la edad de 30 años tiene 2 hijos. La asunción es que tendrá que interrumpir su actividad durante 5 años si no tiene acceso a cuidado infantil, mientras que si lo tiene volverá al trabajo inmediatamente después de finalizar su permiso de maternidad. Suponemos también que permanecerá empleada hasta los 6020.

 

Cuadro 4:
Contabilidad dinámica de los costes y retornos de la provisión de cuidado infantil (daycare)

 

Coronas danesas

Coste para el gobierno:

 

2 años en guardería (x2)

=168.000

3 años en pre-escolar (x2)

=342.000

Total

510.000

Ganancias para la madre:

 

(a) 5 años de ingresos completos

=800.000

(b) las ganancias de sueldo de toda una vida por no haber interrumpido

=1.400.600

Total

=2.200.600

Ganancias de Hacienda:

 

Ingresos adicionales por (a)

=280.000

Ingresos adicionales por (b)

=490.000

Total

770.000

Retorno neto a Hacienda:

 

Sobre la inversión original (770.000 – 510.000)

260.000

Nota: el precio y los datos de ingresos, proporcionados por el gobierno Danés, se refieren al año 1995.

Supuestos:
Madre, edad de 30-35 años, dos hijos.
No interrumpe su trabajo (salvo un año por maternidad).
Su sueldo es del 67% del salario medio, y
Continuará trabajando hasta los 60 años.

Aplicamos un 1.5% p.a. según la ‘Estimación de Mincer’ de la pérdida acumulativa para 5 años de interrupción.

 

El Cuadro 4 muestra que el coste para el gobierno de proveer cuidados pre-escolares para una madre con dos hijos (por un periodo de 5 años) suma poco más de medio millón de coronas danesas (aproximadamente 67.000 euros). Puesto que esto permite a la madre volver al trabajo, esta recibe el salario completo durante este periodo y evita una pérdida sustancial de experiencia y capital humano. Por lo tanto a lo largo de su vida ganará cerca de 2.2 millones de coronas (alrededor de 290.000 euros) más que si hubiera interrumpido su carrera. Esto, a su vez, implica que pagará más impuestos a lo largo de su vida: 770.000 coronas adicionales (cerca de 103.000 euros). Comparando el beneficio de los ingresos fiscales adicionales con la inversión original del gobierno en cuidado diario se produce un retorno al gobierno de 260.000 coronas (35.000 euros) –¡lo que suma una respetable cantidad del 50 por ciento de la inversión inicial!–. El retorno neto podría haber sido mucho mayor si hubiéramos examinado el caso de una trabajadora con un salario medio21.

El impacto sobre bienestar infantil de las políticas amigables para la familia no puede ser monetarizado fácilmente. Sin embargo, si los permisos por maternidad son inadecuados o si la cobertura del cuidado infantil es incompleta emergerán inevitablemente desigualdades en el desarrollo infantil. Los niños cuyos padres estén obligados a trabajar sufrirán un efecto negativo, al igual que aquellos cuyos padres tengan ingresos insuficientes debido a que deban permanecer para hacerse cargo de sus hijos. Si existe una amplia laguna de cobertura en el cuidado infantil, aquellos niños que estén en el sistema conseguirán un punto de partida mejor en la vida en comparación con aquellos que hayan permanecido excluidos.

El problema principal no es sólo que semejantes dualismos sean indeseables sino que están socialmente sesgados. Es bastante probable, diríamos casi seguro, que los hijos que más se beneficiarían del cuidado infantil sean los que tengan más probabilidad de quedar excluidos. Este es el caso cuando el coste es la razón principal que se esconde tras la no-participación. La principal ganancia marginal de la estimulación infantil temprana estará dirigida por definición a niños de hogares social, cultural y económicamente desaventajados. Es principalmente por esta razón por lo que una estrategia universal puede producir un alto beneficio al tiempo individual y social.

 

Conclusiones

Si nuestra meta es construir una arquitectura de bienestar que responda mejor a las nuevas realidades hay razones convincentes para dar prioridad a los niños. Ante todo, es obligación de la política social asegurar la igualdad de oportunidades para todos los niños de la sociedad. En segundo lugar, y prácticamente por definición, la tarea de la política social es asegurar a sus futuros ciudadanos contra los riesgos sociales.
Y los niños de hoy enfrentarán diferentes y más intensos riesgos que las generaciones anteriores.

En tercer lugar, para cualquier nación genuinamente comprometida con asegurar la mínima exclusión social y la máxima competitividad económica, invertir en nuestros hijos debe ser lo primero. Y, en cuarto lugar, si tenemos éxito en tener muchos niños sanos hoy, usted y yo tendremos mejor asegurado un buen retiro en los años venideros.

Al afrontar una reforma de bienestar, también necesitamos criterios de igualdad, en particular porque las políticas que ayudarán a establecer un equilibro positivo no serán baratas y coincidirán con las fuertes presiones financieras que produce el envejecimiento. Una estrategia centrada en los niños combina dos elementos que deben dictar nuestros criterios de igualdad. Representa, por una parte, un componente sustancial de inversión.
Los gastos que benefician al bienestar de los niños hoy producirán un retorno positivo dentro de muchos años. Por otro lado, representa también una combinación única de ganancias individuales privadas y externalidades sociales positivas.

En el núcleo del nuevo edificio de bienestar descansa por lo tanto un fuerte componente de inversión social que lógicamente requiere una financiación redistributiva.

Si deseamos mejorar la cantidad y la calidad de los niños, mi perspectiva sugiere que –en ambos frentes– no existe ni un solo remedio político fácil de aplicar. Las razones de que los ciudadanos tengan un número de niños inferior al óptimo son múltiples. Muchos de los déficits de natalidad se conducen a los problemas de conciliación entre maternidad y carrera profesional, y no es difícil demostrar que un conjunto bien diseñado de permisos y cuidado infantil asequible es la primera y necesaria precondición. Pero hay muchas más evidencias que sugieren que semejante paquete de medidas necesita ir acompañado de factores generalmente ignorados, como las características del empleo femenino. Es también muy probable que un equilibrio óptimo de fecundidad necesite un cambio fundamental en el proyecto vital de los hombres.

Cuando examinamos el cambio contemporáneo de los ciclos vitales es inmediatamente evidente que las mujeres han venido asumiendo la parte del león del cambio. Diciéndolo crudamente, las mujeres están adoptando un modelo de proyecto vital cada vez más masculino. En contraste, los hombres apenas han alterado –salvo casos marginales– de manera importante su comportamiento respecto a su proyecto vital. En el pasado, la preocupación primordial de las mujeres en lo tocante a la maternidad era el potencial económico de sus maridos. Este rol masculino está perdiendo relevancia puesto que las preocupaciones de las mujeres se están centrando cada vez más en sus costes de oportunidad personales. Por lo tanto, la relevancia del hombre en la ecuación de la fecundidad se cernirá cada vez más alrededor de la contribución al cuidado infantil y las tareas del hogar. Puede ser que el nuevo equilibrio de fecundidad/ requiera que los hombres se embarquen en una “feminización” de su proyecto vital. El principal obstáculo para esto se encuentra en la naturaleza crecientemente competitiva de la vida económica. Como Suecia ejemplifica, la política puede no ser efectiva si los incentivos no son lo suficientemente fuertes. Puesto que la estructura salarial sueca es inusualmente compacta, adaptar a otros países el modelo sueco puede ser difícil o costoso.

La búsqueda de la calidad infantil es igualmente polifacética, pero está claro que nuestra atención debe enfocarse en el ámbito familiar. Un primer y necesario paso es minimizar la inseguridad económica dentro de las familias y, por lo tanto, asegurar algún tipo de garantía pública contra la pobreza infantil aparece como una prioridad urgente. Pero hay una conciencia creciente de que el “dinero” quizás importe menos que la “cultura”, algo que podría paralizar la elaboración de políticas. No obstante, tenemos evidencia de que las inversiones en el desarrollo temprano de los niños a través de cuidados de calidad y otros programas de intervención producen resultados muy positivos. La clave, en cierto modo, descansa en minimizar el impacto parental entre aquellos niños de orígenes desfavorecidos. El programa “Head Stara” de EE.UU. nos informa de que la intervención orientada puede producir excelentes resultados, pero que finalmente el grupo beneficiario termina siendo mucho más pequeño que la población real necesitada. La experiencia escandinava sugiere que podemos recoger beneficios mucho más grandes vía cuidado infantil universal, de calidad y sin excepción.

Los ministros de finanzas probablemente se opondrán a estas reformas, señalando los altísimos costes implicados. Hemos simplificado las cosas al tomar la práctica danesa como punto de referencia sobre qué tipos de requisitos financieros se verían implicados. Quizá tendríamos que haber convencido a los ministros de finanzas para proponer algo equivalente al 4 por ciento del PIB. Para dar cierta perspectiva, esto es un poco menos de lo que el gobierno holandés gasta actualmente en toda la educación (y alrededor de 2/3 de lo que gastan los gobiernos sueco y danés). Es también un poco más de lo que le costaría al gobierno proveer de una cobertura total para la dependencia anciana.

Cualquier estimación de coste debe, sin embargo, tener en cuenta dos consideraciones clave. En primer lugar, los tipos de gasto que promoverán mayor fecundidad son más o menos los mismos que promoverán la calidad de los niños y, por lo tanto, el mismo compromiso de gasto mata dos pájaros –incluso tres– de un tiro. Un cuidado infantil asequible y accesible para todos ayuda a incrementar la fecundidad (quizás incrementando la tasa de fecundidad en 0,3 puntos, como sugiere la estimación danesa), el empleo de las madres (de nuevo quizás unos 3 puntos porcentuales por cada reducción de precio del 10 por ciento), y beneficia al desarrollo infantil, especialmente en niños desaventajados. En segundo lugar, el gasto público infantil inicial –con mucho la partida de gasto más gruesa dentro del paquete– producirá un retorno neto positivo al gobierno a largo plazo –al menos si las madres adoptan la preferencia de un trabajo a tiempo completo para toda la vida–. Y en tercer lugar, terminaremos probablemente gastando de manera similar, ya sea desde el bolsillo del gobierno o desde los bolsillos de los propios ciudadanos. Cuando debatimos los costes deberíamos recordar siempre que lo que es barato para el gobierno acaba siendo más caro para los ciudadanos. El resultado real es cómo la asignación financiera afecta a la equidad y a la eficiencia.

Para terminar, señalo la importancia del largo camino que queda por hacer por dos razones. Una, en mi opinión hay sólo un camino para dirigir un buen análisis de la política de bienestar y es pensar en términos de las dinámicas del ciclo vital de la gente. Dos, el diseño de las políticas depende del ciclo electoral y, por tanto, se tiende a desincentivar aquellas reformas que tienen efectos en el largo plazo, independientemente de lo urgentes que sean. Tomar conciencia de cómo las diferentes fases del ciclo vital están interconectadas es un paso muy importante para la mejora de nuestra capacidad para acometer el tipo adecuado de reforma de bienestar.



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Notas
1 La UE (ECOFIN) estima que el envejecimiento por sí solo reducirá los ratios de crecimiento a largo plazo hasta el 0,75 por ciento (de media actual que oscila entre el 2% y el 1,25%).

2 Estimaciones basadas en el método convencional de Engel llegan a costes sustancialmente más altos por niño. Nótese que la estimación del 20-22% descansa muy cerca de la elasticidad usada en la nueva escala de equivalencia de la OCDE.

3 Puesto que las subvenciones familiares son habitualmente tipo fijo de beneficios, su efecto marginal puede ser algo más alto para los padres con bajos ingresos.

4 Este es el caso para los Países Bajos y el Reino Unido, pero en Alemania las interrupciones se han alargado (Gustafsson et.al., 2002). En los 90, la media de meses interrumpidos oscilaba desde 32 en Alemania a 10-13 en Escandinavia. El Reino Unido ha sufrido un cambio dramático en sólo una década desde que la media decayó desde 25 en los 80 a 14 en los 90 (Gustaffson et.al., 2002).

5 Hay una evidencia aún más fuerte de que el empleo de la madre es muy sensible al precio y/ o la disponibilidad de cuidado infantil. Para el Reino Unido, Anderson y Levine (2000) muestran que una reducción del 10 por ciento en el coste de un día de cuidado podría incrementar el empleo en más de un 3 por ciento. Para Europa, Gustafsson y Stafford (1992), Kreyefeld y Hank (1999), y Del Boca (2002) muestran que la disponibilidad es decisiva para la participación.

6 De hecho, en el Reino Unido la división masculina es menor que cuando la esposa trabaja con jornada partida (para datos, ver OCDE, 2001: Cuadro 4.5).

7 La ratio en los Países Bajos es 2.3 pero hace referencia a esposas con empleos de jornada partida (OCDE, 2002: Cuadro 2.13). La contribución de escandinavos y americanos se ha duplicado más o menos en los últimos 10-15 años. Las mujeres danesas: la ratio masculina de trabajo en las tareas del hogar cayó de 1.7 en 1987 a 1.4 en 2001 (Deding y Lausten, 2004).

8 Véase Machin (2005) para una revisión de puesta al día sobre el efecto de la escuela.

9 La efectividad del modelo escandinavo es evidente en los niveles comparativos de pobreza infantil: en 2000, menos de un 3 por ciento en Dinamarca y Finlandia; 4 por ciento en Suecia (estimado por el Lis y por la ola del 2001 del ECHP).

10 Las dos variables, unidas, explican el 11 por ciento de la varianza en Suecia comparado con la media de la OCDE del 20 por ciento. 

11 Incluyendo también el gasto público en educación se añadiría otro 4 o 5 por ciento del PIB.

12 Contabilizado desde los datos de IALS. 

13 Para más detalles, ver Esping- Andersen (2004).

14 Esta evidencia deriva de la participación del autor en una misión de la OCDE para Suecia en febrero de 2005. 

15 Para una visión de conjunto sobre investigación en el impacto del cuidado infantil y resultados de los mismos, ver Waldvogel (2002). 

16 Para análisis detallados, ver Esping- Andersen (2005).

17 España es una caso inusualmente engañoso. Las mujeres tienen formalmente reconocido el derecho a 128 semanas enteras de permiso por paternidad pero sin subsidio.

18 El gobierno danés está debatiendo actualmente una reforma que exige un perfil pedagógico más estricto.

19 No obstante, en algunas áreas las carencias permanecen. Aún hay 4000 familias en lista de espera en Dinamarca. En Suecia y, y en menor medida que en Dinamarca, los municipios subvencionan niñeras para ayudar a cubrir la demanda.

20 Un estudio muy similar realizado por Price-Waterhouse por encargo del gobierno de Blair llega a una estimación muy similar de la que yo presento aquí.

21 Sólo en el caso de altos ingresos el retorno neto puede ser negativo, ya que en ese caso podemos suponer que semejantes familias comprarían cuidados privados en ausencia de provisiones públicas subvencionadas.



 

Gösta Esping-Andersen.
Catedrático de la Universidad Pompeu Fabra. Barcelona.

Traducido del inglés por Marina Couso.
Artículo publicado en la revista Política y Sociedad, 2007.  Volumen 44. Número 2: páginas 11 a 30.