El Estado de bienestar en América Latina

Álvaro Portillo

El conjunto de reflexiones que expongo tiene su sustento, su origen, en una larga actividad de estudio en el ámbito académico, pero también conjuntamente con la actividad política, básicamente referida a un excelente laboratorio de experiencias de transformación que se ha venido desarrollando en el gobierno de izquierda de Montevideo, en la República de Uruguay, en donde ha habido la posibilidad de experimentar una serie de cosas y, sobre todo, de poner en práctica algunas ideas que en el papel pueden ser muy interesantes, pero a la hora de llevarlas a la práctica se descubren cosas novedosas para bien o para mal. Voy a tratar de abordar dos grandes momentos. El primero, desarrollar un conjunto de precisiones más de tipo teórico que tienen que ver con el Estado de bienestar. Porque creo que hay muchos malos entendidos, siento que no se tienen en cuenta algunas implicaciones, connotaciones, que hay detrás de estos conceptos. Y aunque el rigorismo académico que puede haber es marginal, lleva luego a que cuando estemos discutiendo alternativas surja este inconveniente de no ver el estado sustentado en determinados conceptos más precisos. Y, en una segunda parte, intentaré desarrollar con mayor precisión y mayor énfasis, lo que entendemos pudieran ser un conjunto de ejes que estén componiendo un estado del siglo XXI, que no sé si llamarlo de bienestar. Pero un nuevo estado que dé, de alguna forma, respuesta a un conjunto de deseos, aspiraciones de transformación social y política en el contexto de los nuevos escenarios que están planteados precisamente en este momento.

Pero, ¿qué es el estado y qué es el bienestar, hoy en el 2003? Con respecto al estado habría que hacer un primerísimo y muy rápido señalamiento. Usualmente, sobre todo desde la opinión pública, tenemos la tendencia a referirnos a un concepto de estado cosificado, como si fuera una cosa, la cual se la toma o se la destruye. Esta definición fue muy alimentada por la teoría clásica del estado, fue alimentada por una serie de interpretaciones o perspectivas del propio materialismo histórico y llevó, muchas veces, a tener visiones políticas muy equivocadas acerca de esta entidad que llamamos estado. El estado no es una cosa, no es un bloque monolítico que se destruye o se toma. Tiene una plasticidad y una permeabilidad sumamente complejas que están permanentemente refractando lo que ocurre a nivel de la sociedad en su conjunto. El estado expresa a nivel político las correlaciones de las fuerzas sociales y políticas históricamente desplegadas en las distintas sociedades. Y eso hace que, muchas veces, el estado ofrezca esta perspectiva errática, incoherente, cambiante, que solemos observar. Porque es eso precisamente: una entidad extraordinariamente compleja y dinámica.

El Estado de bienestar creo que es importante ubicarlo en sus orígenes como modelo, noción, concepto, en la política del New Deal, en la década de los 30 en los EE.UU. El relanzamiento del capitalismo que supuso la crisis del 29 requería de una respuesta política, cultural y económica a esta crisis que sufría el capitalismo en ese momento. Allí se diseña este modelo que será experimentado, consolidado, en los EE.UU. y luego exportado a todo Occidente. Creo que hablar de este Estado de bienestar con esos orígenes debe de articularse con el desarrollo, el industrialismo de tipo fordista y taylorista que también comienzan a desarrollarse en ese momento y a desplegarse en la mayor parte del mundo occidental. Hay una estrechísima correlación entre este modelo político y esta situación económica, este tipo de relaciones históricas de producción de riqueza material y de su distribución. Y además, conjuntamente con esta propuesta política llamada Estado de bienestar, creo que también tenemos que tener presente la difusión de ese proyecto cultural que se puede llamar sintéticamente como modernidad. La modernidad ha tenido expresiones muy claras a partir del siglo XX, incluso algunas en el siglo XIX. Sin embargo, la modernidad, como concepto cultural, se expande, se aplica y se interioriza en las personas a partir de este momento de que estamos hablando y que políticamente tiene su expresión en el Estado de bienestar. Esto hace posible que se desarrolle este modelo, que encuentra su punto de agotamiento en la crisis de los 70, la crisis del petróleo, y que de alguna forma es precipitado por una serie de presiones sobre un conjunto de factores estrechamente concatenadas, que simplemente voy a nombrar: la revolución científica-tecnológica; la nueva economía que nuevamente relanza el capitalismo (en términos diferentes a la anterioridad), la nueva economía globalizada; la ideología económica neoliberal que se impone progresivamente y un proyecto cultural, que también hemos denominado como la postmodernidad y que se refiere a la crisis, agotamiento, sepultura, de todo aquello que había sido el conjunto de desarrollos políticos y culturales que se habían desarrollado a lo largo del siglo XX bajo el gran manto de la idea de modernidad, que se había impuesto por estas épocas. En el plano político esto implica un desmantelamiento, o intento de desmantelamiento, del estado como tal, una minimización como tal de esta entidad política, expresado en lo que fueron las privatizaciones y la desregulación.

En América Latina, esto ¿cómo se expresó? El siglo XX para América Latina es el momento de consolidación y expansión de las relaciones sociales y de producción capitalistas. El capitalismo latinoamericano fue muy diferente -y lo sigue siendo- al del resto del mundo occidental. Es un capitalismo que ha sido denominado como desfigurado, como asimétrico, que ha sido muy bien estudiado por un conjunto de perspectivas teóricas (como la teoría del subdesarrollo, la teoría de la dependencia, la teoría del desarrollo desigual y combinado) que, de alguna forma, intentan describir una situación de las relaciones sociales y de producción capitalistas muy diferentes a como se la ha denominado en el primer mundo formado por Europa y los EE.UU. Un capitalismo que no tuvo la capacidad integradora que a lo largo del siglo XIX y del siglo XX en los países europeos, occidentales y EE.UU. se había podido realizar. En América Latina siempre hubo situaciones de marginalidad, de dificultad de incorporar al conjunto de la sociedad. En este contexto, también aproximadamente en la década de los 30 en adelante, surge una idea de Estado de bienestar en América Latina que reproduce en buena medida los aspectos y los conceptos que mencionaba con anterioridad. Pero, y esta es la gran diferencia, en América Latina el Estado de bienestar fue un factor de cohesión y consolidación nacional. Los estados latinoamericanos aún, en la primera mitad del siglo XX, eran extraordinariamente débiles en cuanto a que el sentido último político y cultural de su existencia no quedaba del todo claro. Y ahí este Estado de bienestar latinoamericano, más que ser un mecanismo redistribuidor de los ingresos y abarcativo de las necesidades de las grandes mayorías y, de alguna forma, garante de la gobernabilidad, fue fundamentalmente un elemento de cohesión. Por eso en el Estado de bienestar de América Latina va a ser importantísimo el sistema educativo y su desarrollo, la alfabetización e imposición de una lengua y, conjuntamente con esa lengua, su currículum oculto que es el conjunto de valores que la modernidad capitalista estaba ofreciendo e imponiendo a estas sociedades jóvenes y nacionalmente consideradas débiles.

El impacto de la crisis de principios de los años 70 se expresa en América Latina como un freno muy fuerte del crecimiento económico y da pié a la imposición de un mecanismo de redistribución negativa del ingreso. El relanzamiento del capitalismo en América Latina, suponía una redistribución del ingreso negativa muy fuerte. Y es por eso que en las décadas del 70 y parte de los 80 hubo en América Latina tantas crueldades, tantas represiones, tantas dictaduras. Porque era necesario, para la perpetuación y el relanzamiento del sistema, desactivar una cantidad de mecanismos y dispositivos que habían sido históricamente desplegados y aplicados en las décadas anteriores. Y vino, en consecuencia, la necesidad de reformular la forma estatal. Y, para ello, la necesidad de un nuevo dispositivo de seguridad interno, que hiciera posibles unos mecanismos represivos que permitieran el desmantelamiento de los derechos y las garantías existentes, el vaciamiento del sistema educativo que había cumplido un papel tan importante con anterioridad y las privatizaciones generalizadas de partes enteras del estado que tenían cierta rentabilidad y que son prácticamente regaladas a las grandes corporaciones nacionales e internacionales a efectos de poder reconstituir una nueva alianza o un nuevo pacto. Todo esto se hace también, al igual que en el resto del mundo, bajo la crítica del Estado de bienestar, bajo la ideología de las políticas económicas neoliberales, bajo el proyecto cultural de la postmodernidad. Los efectos que tiene todo esto en América Latina, hoy perceptibles, son francamente devastadores: desocupación, pérdida de calidad de los empleos, urbanización desbordante transformando a las grandes ciudades que hoy tenemos en América Latina en escenarios inimaginables en la anterioridad. En general, una muy fuerte disminución de la calidad de vida.

 

El hoy, el mañana y el futuro

Hechas estas precisiones que buscaban tratar el Estado de bienestar y su crisis particular y recordar sus articulaciones más contextuales y generales, a efectos de ubicarnos en la coyuntura presente, pasaría a la segunda parte. He decidido titularla “El hoy, el mañana y el futuro”. ¿Por qué en América Latina, y creo que también es extrapolable a toda Europa, esta reflexión está planteada en términos de un estado subjetivo de las sociedades, de franco hastío y de absoluta pérdida de credibilidad de lo que fue ese fugaz glamour de la propuesta postmoderna neoliberal, que en América Latina también tuvo su momento?

En la década de los 80 y los primeros años de los 90 realmente el pensamiento crítico de América Latina, padeció el aislamiento, la falta de escucha del común de la gente, porque las propuestas de la postmodernidad aparecían realmente como una alternativa y como el cambio que era necesario operar en los nuevos contextos. Recordar que en América Latina la tutela norteamericana es muy fuerte, la cultura mass mediática pasa a sustituir ampliamente el sistema educativo del período anterior y, por consecuencia, la penetración en la difusión e internalización de valores y concepciones del mundo y de la vida tiene una intensa manifestación. Esto, hoy, está francamente en crisis. Y hoy en América Latina hay claramente un momento de ruptura, de interfase, en que no está muy claro hacia donde vaya.

Y por eso hablo del hoy porque hoy ya están planteadas en la agenda un conjunto de tareas que podrán tener un símbolo transformador o conservador y perpetuarán esta situación casi demoníaca del sistema actual latinoamericano. Un hoy que es ni más ni menos que las tareas del gobierno del Partido de los Trabajadores del Brasil, el principal país de Latinoamérica, y de quizá otros gobiernos con actores sociales y políticos diferentes, con un cierto enigma de cómo puede ser el camino que van a tomar pero que participan de esta incertidumbre, de esta crisis de la gobernabilidad, del pensamiento único, la postmodernidad y el neoliberalismo. Por eso mismo las cosas hoy están planteadas para ser aplicadas mañana. No es que estemos trabajando en la perspectiva de la persuasión para convencer y ganar en conciencia a mayorías. Hoy, de alguna forma, hay importantísimos actores sociales que están abiertos al cambio. El tema es que sepamos encontrar estos caminos, algunos ejes en cómo pensar este nuevo estado que nos permita un camino hacia un mañana con mejoras y hacia un futuro de transformaciones profundas. He seleccionado cuatro grandes conceptos, que atraviesan transversalmente la totalidad de la intervención estatal en el conjunto de la sociedad: el tema de la descentralización y el desarrollo local, la necesaria renovación de la gestión gubernamental estatal, las nuevas formas de participación social y ciudadana y la necesidad de un horizonte cultural diferente desde el estado.

 

Descentralización

La descentralización fue algo que en la misma crisis del Estado de bienestar y en la inauguración de las propuestas neoliberales, estuvo presente. El pensamiento denigrador del Estado de bienestar planteaba, en su desmantelamiento, la necesidad de descentralizar en el territorio una gestión, que estaba muy claramente centralizada y que se transformaba en muy poco operativa. Creo que si recorremos la literatura y las aplicaciones estratégicas de la política vamos a encontrar, a lo largo de los últimos diez años, desde propuestas descentralizadoras de ultraderecha, como la de Ronald Reagan o Pinochet, hasta propuestas descentralizadoras francamente de izquierdas, como la del Partido de los Trabajadores en Brasil o del Frente Amplio de Uruguay. La descentralización tiene tres sustentos. Un sustento político que hace a la profundización de la democracia, que hace a una cultura cívica, que acerque las decisiones a la gente. La descentralización tiene un fundamento económico que tiene que ver con las nuevas relaciones sociales de producción. Vivimos en un mundo cada vez más descentralizado, no solamente desde un punto de vista cultural, de la búsqueda de la proximidad de las relaciones interpersonales, está profundamente descentralizado en la forma de producir y distribuir la riqueza material. Y también tiene un fundamento estratégico porque en el momento actual, el éxito del desarrollo nacional ya no es el resultante del éxito de un proyecto político nacional centralizado. El éxito del desarrollo nacional será la sumatoria de éxitos de desarrollo local desplegados en el territorio. Y esto requiere una reconceptualización del estado, claramente alentando las autonomías locales en todas las instancias en que nos situemos y un estado que sea articulador del conjunto. Un estado que lo que haga sea alentar la igualdad de oportunidades a las distintas instancias del desarrollo local, apoyando los más débiles y evitando que los más fuertes, los más ricos posterguen a los más débiles. Ese es el papel del estado, pero el motor central hoy está en el éxito del desarrollo local descentralizado. Desarrollo local que puede ser en el ámbito municipal, provincial o incluso urbano.

 

La participación

El segundo tema, las nuevas formas de participación social y ciudadana. Esto no es ninguna alternativa a la democracia representativa. La democracia representativa fue un logro y en América Latina, luego, en el difícil periodo de las dictaduras militares, aprendimos a valorar la importancia, en general, de las instituciones democráticas y de los derechos ciudadanos y, en particular, de la democracia representativa. Aprendimos a respetar a los parlamentos, a considerar que la forma republicana democrática representativa del gobierno era algo bueno para la actividad social, la administración de la política. Pero la democracia representativa tiene férreos límites y, sobre todo, alienta esa separación entre la política y la actividad social, esa separación entre el representante, el gobernante, y su entorno inmediato. Y el aliento a esa separación conduce a la corrupción, a la separación entre lo que los gobernantes hacen y deciden y lo que la gente quiere. La participación es también un factor de cultura cívica, no solamente un elemento superador de estos límites o disociaciones que plantea la democracia representativa. Es también un factor de eficacia y de gobernabilidad. Una sociedad a través de su estado que sepa involucrar activamente a través de la participación ciudadana y social al conjunto de su sociedad podrá gobernar, y administrar, con mucha mayor eficacia los objetivos que se proponga con los recursos de que disponga. Y de esto también hay ejemplos que demuestran que en este aspecto, que es el ámbito cívico, no sólo político y ético, la participación es válida. Pero ¿qué es participar? Creo que ya hay experiencias suficientes para visualizar cómo es que una sociedad adaptándola a sus identidades, a su memoria, a su historia, a su idiosincrasia… debe de concebir la participación como complemento de la democracia participativa. Voy a señalar tres grandes aspectos, creo que pueden ser más, que pueden permitir visualizar la participación en los actuales contextos.

En primer término, los pronunciamientos institucionalizados del tejido social. Creo que la presencia ciudadana, en jurisdicciones territoriales, en ciertos actos decisorios y estratégicos de la vida de la sociedad como es el presupuesto, es muy importante. El presupuesto participativo, la descentralización con presencia ciudadana cogestionando en ámbitos más pequeños, es un primer ejemplo que ilustra cómo incorporar a la ciudadanía en estos nuevos mecanismos de participación. Un segundo aspecto más reconocido por la teoría del estado pero muy débilmente ejercido en los estados contemporáneos, son las expresiones masivas de la sociedad: los plebiscitos, los referéndum, las consultas populares. En general, estos han sido los recursos del pueblo organizado frente a sus gobiernos, y no los estados a través de sus gobiernos, apelando con periodicidad a estas formulaciones y modalidades de expresarse. Pareciera que debería ser natural, con los avances de la informática y recursos que la tecnología permite, que en los distintos estados y sociedades, haya oportunidad, dos, tres, cuatro veces al año, que las sociedades se pronuncien sobre los aspectos centrales que están rigiendo la vida de la sociedad. Pareciera que las decisiones más importantes que deben tomarse a lo largo del año sean refrendadas con un pronunciamiento ciudadano que haga que todo el mundo vaya, aunque sea para expresarse con el sí o con el no, o a favor de esto o a favor de lo otro. En definitiva, que se busque ese consenso, esa presencia masiva del conjunto de la sociedad, en lo que es la vida política de los países. Y, en tercer lugar, otra forma muy importante de participación es la participación de la gente en la cogestión programática concreta.

Escuchamos trabajos y ponencias muy interesantes de distintos profesores: el análisis de las políticas familiares, de la realidad de la familia, de la atención a la infancia, del nuevo papel de la mujer, de la necesidad de un nuevo presupuesto social y del manejo del gasto social. Pero lo que nos ha llamado realmente la atención es que en la propuesta de atender a estos nuevos problemas no se ha considerado algo que entendemos que es fundamental. No podemos concebir una política social alternativa que atienda a todos estos nuevos problemas que han surgido a nivel de la sociedad si no es mancomunadamente con la participación protagonista de los usuarios de estos programas y estas políticas, desde determinadas estrategias, genéricamente diseñadas y aprobadas desde el estado. Creo que no es posible que pensemos en políticas de atención a la infancia, en políticas a la familia, en políticas para la mujer si no es a través de programas específicos que incorporen a estos actores sociales, conjuntamente, en el diseño, en la aplicación, en la ejecución y en la evaluación de estos programas. Es esto una forma no solamente de hacer un uso más racional, eficaz y eficiente de los recursos públicos sino también una manera enriquecedora de, a través de un conjunto de estrategias y de políticas sociales muy generalmente formuladas, recoger la riqueza de ese fresco heterogéneo que es la sociedad (que es exactamente aquello que el Estado de bienestar de la modernidad no hacía porque era profundamente homogeneizador, estandarizador, no respetuoso de las heterogeneidades manifiestas de la sociedad). Heterogeneidad por edad, cultura, género. Y más ahora cuando las sociedades, en la nueva cultura globalizada, han incrementado de gran manera el proceso de heterogeneidad en el mercado laboral, en la familia (hablar de la familia es hablar de una multiplicidad de arreglos posibles) y así sucesivamente. Por lo tanto, creo que una tercera forma ineludible a la participación es su articulación en la cogestión concreta de programas sociales, culturales, de aquellas modalidades que tienen que ver con los aspectos de asistencia social.

 

La gestión gubernamental

En tercer término, renovación de la gestión gubernamental. Este nuevo estado, que podemos llamar de bienestar o no, definitivamente requiere una nueva tecnología de gestión. Ni el estado ni los restos del Estado de bienestar ni, menos aún, el estado que ha quedado en el formato de la desfiguración neoliberal, permiten que sea una herramienta, un instrumento, eficaz para actuar al servicio de estos objetivos. Y aquí hay mucho por hacer, y es más el señalamiento de los problemas y la formulación de las preguntas que la formulación de los caminos posibles. Como señala, por ejemplo, el profesor Esping-Andersen, tenemos que redefinir un nuevo presupuesto social. No podemos seguir identificando los problemas e intentando conocer la dinámica de la sociedad con el presupuesto social clásico. Es importantísimo que toda esta flexibilidad y descentralización de que hablábamos se refleje en la estructura estatal. Necesitamos un estado mucho más ágil, que se nutra de la informática, que incorpore la flexibilidad laboral, que incorpore el márqueting, que tenga transparencia y que sea sometido a evaluaciones periódicas. No debemos temer a estas prácticas que, de alguna manera, han pasado a componer nuestra cultura contemporánea y no necesariamente tenemos que verlas al servicio de la ganancia, del lucro, de la actividad privada. Y una gran pregunta que queda abierta es la reconversión del estado en este nuevo esquema, la cual plantea un problema muy serio: la difícil relación con la burocracia existente. El estado no es un concepto, es la sumatoria de personas de carne y hueso, que son ciudadanos, que son padres y madres, que son hijos, que son hinchas de cuadros de fútbol y que son burócratas. Y que, de alguna manera, están insertos en una cultura determinada, en un conjunto de inercias, en un conjunto de prácticas que realmente dificultan mucho el ensamble inmediato con este nuevo esquema. Me limito a señalar esto como un problema, no creo que existan caminos muy claros y, en cada caso, habrá que ver cómo. Pero me siento con la obligación de establecerlo porque sería muy fácil diseñar un estado ideal sin recordar que hoy ya existe un estado y que ese estado ideal debe de ser realizado por este estado que hoy existe.

 

Un nuevo horizonte cultural

Y, finalmente, voy al último aspecto o eje de transformaciones. Creo que este nuevo estado tiene que manejarse con un nuevo horizonte cultural. Vivimos una fuerte crisis del proceso civilizatorio. No estamos sólo ante un problema de una crisis económica o de poder, es una crisis del proceso civilizatorio. Parafraseando a Freud, estamos ante un malestar en la cultura. Por lo tanto, el Estado de bienestar que nos imaginemos no debe ser más de lo mismo. Por lo pronto, en términos latinoamericanos, con la degradación que ha habido de los ingresos de la gente, con la pérdida de calidad de vida, con todo este fenómeno de redistribución negativa del ingreso que se ha producido y el incremento sobremanera de las desigualdades (América Latina es el continente donde más desigualdad de ingresos hay), no debemos pensar que lo que el estado a construir tiene que hacer es, nuevamente, encaminar a las sociedades en una perspectiva de consumo para poder acceder a la oferta, de consumo, que en la actualidad está planteada en el primer mundo.

Desde luego que es necesario definir, y en el caso latinoamericano es fundamental, ciertos mínimos que la elemental dignidad humana requiere en materia de salud, vivienda, alimentación, ciertos mínimos que el estado deberá necesariamente garantizar a toda la sociedad. Pero en ese horizonte cultural (esto me pareció revelador hace unos años conversando con un dirigente sindical del partido de los Trabajadores en Brasil) no debemos estar en un horizonte donde cada persona debe llegar a tener un auto y que todos tengan ese arsenal de mercancías que se multiplican exponencialmente para cada quien. Ese circuito hay que romperlo, detenerlo, y eso supone el redefinir el proceso civilizatorio. Eso supone un proyecto cultural diferente que se nutra de otros valores, de otras concepciones. Fíjense en la propuesta tan interesante del gobierno del P.T. en Brasil y que ha reformulado de forma tan clara el presidente Lula: el Plan de Hambre Cero. Es indispensable. En Brasil es un escándalo que haya 40 millones de personas que comen solamente una vez al día. Allí, el estado tiene que garantizar, y es lo que se propone con el Plan Hambre Cero, que todas las personas coman como mínimo dos o tres veces al día.

Hay que redefinir el proyecto cultural en que se inserta la sociedad en su conjunto. Y esto requiere de un estado profundamente elocuente, que hable con la sociedad. La propuesta liberal nos atosigó con la idea de un estado silencioso, administrador, que callaba, porque quien hablaba, desde los medios, eran los principales exponentes de la cultura más mediática, los grandes capitostes del concierto internacional. Y los estados debían ser exclusivamente buenos administradores que no robaran (aunque terminaron robando muchísimo) y hicieran las cosas bien, llevaran bien las cuentas y mantuvieran los equilibrios fiscales, y se acabó.

Creo que tal cual como ocurrió en el pasado, e incluso en ese pasado reciente que supo edificar en su momento el Estado de bienestar, hay que recuperar un estado que sea sumamente elocuente, que sea capaz de plantearle a la sociedad todas estas disyuntivas. No para imponer modelos sino para saber convocar, a través del debate y la participación, a una nueva construcción colectiva de este proyecto cultural. La calidad de vida a construir, el sentido de la educación, el uso masivo de los medios de comunicación, el medioambiente, la manipulación genética, las relaciones interpersonales… son todos problemas que angustian sobremanera a las personas hoy en día. Y no es posible que el estado calle ante ellos, debe ser un gran promotor del debate y de la construcción colectiva de propuestas, en todos estos temas, que de alguna manera sepan movilizar al conjunto de la sociedad para progresivamente estar reenfocando el desarrollo, en términos globales (no solamente el desarrollo económico sino también el desarrollo político, cultural y moral del conjunto de la sociedad).

Finalmente, en el campo de las políticas sociales creo que es necesario no solamente tener identificada la cuantificación del problema y las características rigurosamente en forma descriptiva. Tampoco es necesario señalar por donde establecer los aportes. Creo que la forma operativa de plantearse las intervenciones en todos estos ámbitos de las políticas sociales es extraordinariamente determinante. Por ejemplo, el abordaje integral de los problemas: ya no más salud, educación, vivienda, infancia, mujer, familia. La descentralización, lo que permite es, precisamente, aplacar al grupo. Y, en consecuencia, intentando diseñar e intervenir en una plena coherencia de los distintos niveles. El entorno comunitario, como un elemento protagonista, también de la aplicación de estos programas y en el diseño de esta actividad tan importante por su impacto social en la actividad total, la reflexión colectiva acerca de las implicaciones, de las connotaciones y de los alcances culturales de las distintas alternativas a asumir.

Simplemente, terminar señalando que el Foro Social Mundial ya se ha transformado en una instancia de diálogo verdaderamente asombrosa. Como sociólogo, no dejo de asombrarme de, en tan breve lapso, la transformación que ha habido a nivel de la sociedad. Fíjense que ahora se convocan movilizaciones de alcance planetario en tan sólo 24 horas. Es un hecho insólito, en la historia de la humanidad era inimaginable hace tan sólo unos pocos años. El Foro Social Mundial ha sido el elemento que ha dado comienzo a esta integración planetaria de los pueblos y de las sociedades y ha definido que otro mundo es posible. Lo importante es que ya debemos comenzar a construirlo.



 

Álvaro Portillo.
Catedrático de sociología urbana en la Universidad de Montevideo, Uruguay.

Este artículo es la transcripción de la ponencia desarrollada por el autor en el encuentro “La participación de la sociedad en el Estado de bienestar del siglo XXI”, organizado por el “Forum Europa” los días 19, 20 y 21 de marzo del 2003 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) y patrocinado por la Diputación de Barcelona.