El Estado del bienestar de la socialdemocracia y el de la Economía Social de Mercado

Alfredo Pastor


Versión en catalán

I

Las circunstancias del momento son excepcionales porque inclinan a pensar más allá del mundo cotidiano, no sólo a quienes convierten esta reflexión general en un hábito –los pensadores– o en un medio de vida –los intelectuales– sino también al hombre de a pie, a nosotros. ¿Qué ha ocurrido? ¿En quién podemos confiar? ¿Cómo lo superaremos? Estas preguntas nos las hemos hecho varias veces cada día, pero referidas a cosas muy pequeñas: encontrar un sitio para aparcar, hacer una gestión oficial o constatar la desaparición de nuestra cartera. Cada vez cuestionamos más aquello que no creemos que funciona como debería; pero no vemos necesario poner cada vez en cuestión la operación de nuestra economía, y menos aún las bases de nuestra sociedad, los principios que la sostienen y las virtudes que le dan vida. En esta ocasión, eso es distinto: se cumplen tres años del inicio de la crisis; los más acomodados pueden haber perdido un tercio de su patrimonio; la clase media, quizá la mitad; todos sabemos de alguien cercano que se ha quedado o que no encuentra trabajo; y nadie sabe bien cuándo va a mejorar nuestra situación, cuándo vamos a regresar a esa “normalidad” que a lo mejor jamás ha existido.

Es justo cuando todo se desequilibra que nos vemos obligados a examinar las bases de nuestro edificio social; cuanto más profunda es la crisis, más abajo tiene que llegar este examen. En el siglo pasado, uno de los más crueles de la historia, hemos tenido dos grandes ocasiones para reflexionar: los veinte años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, marcados por los conflictos sociales y por la Gran Depresión; y la segunda posguerra. Como ya conocemos, en estas dos ocasiones se puso en cuestión –más aún de cómo se está realizando hoy día la supervivencia de la economía de mercado y, más allá de la economía, la de la sociedad capitalista. Una de las reacciones a los males de este sistema –la generación de enormes desigualdades, la miseria de los parados, la injusticia social– cristalizó en el concepto Estado del Bienestar: ¿por qué tendría el Estado que ocuparse de los más desvalidos? ¿Cuáles son las obligaciones del Estado hacia los más necesitados? ¿Cuál es la mejor manera de cumplir con dichas obligaciones?

Ni que decir tiene que sobre el Estado del Bienestar se ha escrito mucho y se va a seguir escribiendo muchísimo. Es uno de los principales aspectos de la cuestión del rol del Estado en una sociedad, y por tanto, del papel de la política. Las cuestiones relativas al Estado del Bienestar se ocupan del rol del Estado en la vida económica de una economía de mercado y, en particular, de su intervención en la distribución de la renta, ya sea en especie, mediante la subvención de determinados servicios o mediante su producción pública. En las páginas que siguen, nos vamos a limitar a dar algunas indicaciones acerca de las raíces diversas del Estado del Bienestar que conocemos; indicaciones que no pretenden ser eruditas, sino que son más bien el resultado de una búsqueda personal.

 

II

Tomaré como punto de partida, en la prehistoria del Estado del Bienestar, cuando ni el propio nombre aún no existía, Hilaire Belloc (1870-1953), historiador francobritánico, hijo de padre francés y de madre inglesa, gran amigo de G.K. Chesterton, católico ferviente y prolífico hombre de letras. En un libro hoy olvidado, pero que continúa imprimiéndose, The Servile State (1913), Belloc comienza explicando porqué una sociedad capitalista no es estable: sus ciudadanos son políticamente libres pero económicamente dependientes, y la dependencia económica crea una gran incertidumbre e inseguridad entre los que no poseen nada y se ven obligados a trabajar por cuenta ajena (1). Para hacer frente a esta inestabilidad podemos actuar, o sobre la propiedad o sobre la libertad. Sobre la propiedad podemos actuar en dos direcciones: podemos regresar hacia lo que Belloc llama Estado distributivo, ese Estado idílico de hombres libres, lo que no es practicable a causa de las enormes resistencias que encontraría por parte de las clases dominantes; o bien podemos ir hacia el Estado socialista. «Al Estado socialista –escribe Belloc en 1913– todavía no se ha llegado, pero creo que será muy difícil llegar sin una gran convulsión.» Por la parte de la propiedad, así pues, poco por hacer; en cambio, por la parte de la libertad, podemos obligar al propietario a trabajar, y al empresario a pagarle un sueldo decente; esta transacción será aceptada por la mayoría: por los capitalistas, porque verán en ella una forma de preservar su patrimonio; por los trabajadores, porque ceder un poco de libertad política a cambio de la disminución de la incertidumbre les parecerá un buen negocio. Pues bien, termina Belloc, el día en que este trato sea aceptado, el Estado servil habrá empezado a instaurarse (2). Como muestra del hecho de que este proceso ya ha comenzado, Belloc cita una de nuestras conquistas sociales, las leyes laborales: «El Estado servil ha comenzado porque empiezan a salir las primeras leyes laborales (...) hay unas leyes para los individuos porque son empleadores, y otras para otros porque son empleados; son leyes distintas, y un país en el que a los individuos se les aplican leyes distintas no tiene democracia económica y política». Esta frase basta para comprobar que Belloc queda muy lejos, sin que podamos decir que esta distancia represente un progreso. Resulta muy saludable recordar con él que nuestra prosperidad económica ha sido adquirida a un precio muy elevado en términos de libertad; y que, bien mirado, el Estado del Bienestar es un pegote puesto sobre una situación injusta.

 

III

La socialdemocracia es la fuente ideológica principal del Estado del Bienestar de las economía industriales. Pero no tiene una única raíz: la de Europa continental es sobre todo de origen comunista, aunque va suavizando sus presupuestos con los años, la socialdemocracia anglosajona nace del socialismo no marxista. Desde el punto de vista que aquí nos interesa, ambas tienen un elemento común: la idea de que la propiedad individual es un derecho dudoso, o al menos muy limitado; en particular, hay que hacer lo posible para que los medios de producción –donde radica la posibilidad de explotación en las economías capitalistas– sean de propiedad estatal; por otra parte, el Estado tiene potestad para redistribuir la renta para alcanzar la distribución deseada, que tiende a ser igualitaria. Sobre estos presupuestos, la socialdemocracia admite una variedad de gradaciones según los derechos privados sean considerados como prioritarios o residuales.

Dentro del vastísimo panorama de la socialdemocracia, quisiera destacar la figura singular de Richard Henry Tawney (1880-1962), historiador y político inglés conocido entre nosotros especialmente por su libro The Acquisitive Society (1921) (3). Por oposición a los socialistas ortodoxos, para los que el individuo estaba subordinado a la sociedad, definida ésta como un partido político en casos extremos, o como la mayoría de socialdemocracias parlamentarias, y por oposición también a los libertarios, para quienes cualquier intervención del Estado era inmoral ya que atentaba contra la libertad del individuo, Tawney parte de una noción cercana a la de persona: cada ciudadano es un individuo, pero tiene una función que lo trasciende, porque la sociedad tiene objetivos comunes, y las instituciones sociales sirven para ordenar la acción individual hacia estos objetivos. Si para libertarios y liberales la sociedad no existe (frase atribuida a la política inglesa Margaret Thatcher) para Tawney, al contrario, la sociedad es un edificio y no un montón de piedras; cada uno cumple con su destino ocupando el lugar que, según sus aptitudes e inclinaciones, le corresponde en este edificio; y si el edificio está bien construido, cada uno puede tener una vida decente.

Tawney escribe al final de la Primera Guerra Mundial, al comienzo de dos décadas de conflictos, cuando se puso en cuestión la bondad de los regímenes parlamentarios: eso explica que las ideas de Tawney puedan parecer cercanas a la ideología del Estado corporativista que inspiró el nacionalsocialismo, el fascismo y, hasta cierto punto, la democracia orgánica del régimen de Franco. En cierto modo, así pues. parece como si las ideas de Tawney hubieran caído en malas manos. Pero más allá de las formas políticas, la idea que tiene la sociedad de unos objetivos comunes –la idea clásica que la función de la política es mejorar la calidad de los ciudadanos– que son estos objetivos los que otorgan legitimidad a las instituciones y a las acciones humanas y sirven de criterio para juzgarlas, sigue siendo tan válida, y tan incómoda, hoy como noventa años atrás. Y si vale la pena recordar a Tawney es precisamente porque se trata de un socialista que parte, no del individuo subordinado a la voluntad colectiva, sino de la sociedad como medio de perfeccionamiento de sus integrantes; en eso, Tawney está más cerca de la Economía Social de Mercado (ESM) que del resto de socialistas.

 

IV

La Economía Social de Mercado –de la que diré poco– se opone tanto al socialismo como al liberalismo de Friedman o Hayek, por la misma razón: porque ambas corrientes llevan a anular la libertad de la persona. En un extremo, el de la socialdemocracia de origen continental, porque subordina la acción individual a una voluntad colectiva definida arbitrariamente; en el otro, porque persigue una entelequia (4). Para la ESM, la justicia material existe: una situación es justa o injusta, sea cual sea el camino por el que se ha llegado a ella. Pero en el ámbito económico, el ESM no es igualitarista: es la competencia la que determina quiénes deben ser los vencedores, como propondrían los liberales; sólo que todo ciudadano tiene derecho a una vida digna; si no puede ganársela únicamente con su esfuerzo, el Estado le ayuda: es el concepto de Estado de Bienestar, no tanto como un conjunto de derechos específicos, como de una red de seguridad (safety net) que evita que los accidentes del mercado puedan situar a nadie por debajo de lo que se considera una vida decente. De este modo, la defensa de la competencia se sitúa en un lugar central de la ESM: se opone tanto a la organización socialista como al liberalismo extremo, pues en un mercado en el que el Estado no defiende activamente la competencia, el pez grande a menudo se come al chico, y los monopolios u oligopolios resultantes vuelven a amenazar la libertad humana.

«Hay que hallar un programa anticolectivista que responda a la verdadera situación y a los auténticos anhelos del hombre», escribe Röpke. Como Tawney, Röpke goza referirse a la naturaleza humana. También muestra cómo la concepción de la ESM tiene implicaciones prácticas sobre la organización de la economía y la sociedad: «En esta sociedad habría los mejores tipos de granjeros, artesanos, de todos los estamentos sociales, hasta llegar a los funcionarios y los soldados»; alrededor de estos ejemplos de excelencia se aglutinarían el resto; vemos cómo la organización vuelve a parecer aquella organización de hombres libres de Belloc; empresas pequeñas, comunidades abarcables, han sido siempre un elemento característico de la ESM, y ahora sabemos porqué; una vez más, como decía Tawney, el resultado es un edificio, no un conjunto amorfo de individuos.

 

V

Llegado el fin de este sendero personal abierto en un territorio vastísimo, no se puede pretender sacar conclusiones. De todos modos, lo que hemos visto a lo largo de este recorrido puede ayudarnos a abordar la crisis con una perspectiva más acertada que la puramente económica. Sólo dos ejemplos: uno de los frentes de la crisis es la reforma del sistema financiero, que se encuentra con enormes resistencias por parte del sector. La situación obliga a plantear la pregunta: ¿cuál es la importancia del sistema financiero? ¿Cuál debe ser su función en una sociedad bien estructurada? Por otra parte, la situación fiscal de muchos países está siendo aprovechada para cuestionar la extensión del Estado del Bienestar. Todos sabemos que, en cada país, la red de ayudas públicas de todo tipo necesita de una depuración, pero: ¿cuáles deben ser los criterios que tiene que seguir dicha depuración, puesto que ya no es posible limitarnos al criterio de la eficiencia? Los tres autores citados en esta nota nos pueden ayudar a dar con una respuesta adecuada: Belloc nos recuerda que la prosperidad material no es la única dimensión de la dignidad humana, que la libertad es como mínimo tan importante como aquella; Tawney nos recuerda la necesidad de considerar que una sociedad tiene objetivos comunes y que la persona, protagonista de la sociedad, es la unión del individuo y la función; que la auténtica manera de juzgar el cumplimiento de una persona es no sus resultados monetarios sino la excelencia que aplica a su función. Röpke, con la ESM, nos recuerda la necesidad de defender la libertad combinando competencia y compasión, y nos recuerda que una sociedad bien estructurada es un edificio abarcable y armónico, en el que ninguna parte es demasiado grande. Los tres nos recuerdan que es lícito hablar de la naturaleza humana y de las leyes que le son propias, y que trascienden al individuo.

Éstas son cosas que sabemos todos. Como ocurre con las enseñanzas realmente importantes, no necesitamos tanto que nos instruyan como que nos los recuerden. Desgraciadamente, no existe una gran disposición a recordarlos, y será necesaria una profunda toma de conciencia para que sean seguidos. Éste es un trabajo indispensable, pero lento e ingrato. Es posible que la crisis nos ayude a realizarlo. Pero, ¿en nombre de qué tendríamos que hacerlo? Aquí cada uno puede tener su propia opinión; la mía es que sin creer en nadie que está por encima nuestro, este trabajo no va a ser posible.

 

Alfredo Pastor.
Profesor ordinario del IESE. Fue secretario de Estado de Economía entre 1993 y 1996.

(1) Este punto de partida tiene interés en dos aspectos: en primer lugar porque habla de sociedad capitalista y no de economía de mercado; y de este modo nos recuerda que “economía de mercado” no puede ser una caracterización suficiente de una sociedad, puesto que sólo toma en cuenta dónde ocurren las transacciones económicas, y una sociedad es más que eso; una sociedad capitalista, en cambio, nos recuerda a los que toman parte en estas transacciones a menudo lo hacen en condiciones de igualdad. El segundo aspecto es que Belloc, escribiendo al final de la edad dorada del liberalismo (1870-1914), opone a la sociedad servil la imagen idílica de una sociedad de hombres libres, la misma que es la base del sueño americano y que Wright Mills desmitificó en White Collar.

(2) Belloc no había previsto que, tres cuartos de siglo después, y en nombre de la flexibilidad, volvería esta incertidumbre, sin compensación alguna en términos de una mayor libertad.

(3) El libro fue incluido entre los Grandes Libros del Mundo Occidental (Great Books of the Western World), un programa iniciado en los años cincuenta en la Universidad de Chicago; fue el único en figurar en la lista en vida de su autor.

(4) Para Hayek, la justicia material –la de los resultados– no existe; la única justicia posible es la procesal, que consiste en aplicar a todos las mismas reglas: reglas idénticas, resultados diversos. La redistribución de la renta, que tiende a modificar los resultados, es, pues, una intervención ilegítima.



 

Alfredo Pastor.
Profesor ordinario del IESE. Fue secretario de Estado de Economía entre 1993 y 1996.