1965

José Luis López Bulla

Cuando uno hace las maletas para trasladarse definitivamente a otra parte tiene una vaga conciencia de que se mete en una cierta aventura; o, al menos, eso fue lo que me ocurrió hace ya tantos años en aquel lejano agosto de 1965. Desde luego, para mí era lanzarme a lo desconocido. Me hablé muy seriamente con esa gravedad que uno tiene consigo mismo en las grandes ocasiones; tras ponerme de acuerdo me dije sin dudar que me iba a Catalunya. Era igual el sitio concreto; por eso me pareció de perlas la oferta de un colega del dragaminas Genil -cuando yo hacía el servicio militar- que casualmente era socio de la empresa de cartonajes en la que yo me ganaría la vida después. Allí, en la toldilla de popa de aquel barco, en Porto Pi, quedó zanjado el lugar: Mataró sería mi tierra prometida. Lo único que sabía de esta ciudad era la historia del primer ferrocarril de España en 1848; me acordaba de esta fecha porque -según leí en algún librillo- fue un año importante para el maestro Verdi. Así que, cuando acabé mis obligaciones con la Marina, cogí mis bártulos y me subí al Sevillano. Éste fue un tren de leyenda, conocido por centenares de miles de personas que dejaban sus pueblos, camino de la tierra donde atan los perros con longanizas; tras no sé cuántas horas interminables llegué a Barcelona la noche del día 4 de agosto de 1965 cubierto de carbonilla y con los huesos molidos. La verdad, nunca olvidaré aquel viaje; mi vagón, igual que todo el tren, estaba atestado de familias granadinas que volvían a Catalunya, después de las vacaciones, a reemprender sus trabajos. Me di cuenta, casi de inmediato, de la extraña jerga que hablaban aquellas buenas gentes: Mi marido es paleta, y yo plego del trabajo a las ocho de la noche, que aludían a albañil y dar de mano; no se me escapó tampoco la curiosa fonética, en especial aquellas eles extrañas que surgían de la garganta y provocaban un golpe largo de la lengua en el cielo de la boca, haciendo que la voz pareciera más obscura. Así hablaba aquel gentío, plantado en Catalunya muchísimo antes que un servidor, en busca de trabajo y mejores horizontes. A eso iba yo mismo: a ganarme la vida y ver qué tipo de futuro, y con quién, era capaz de labrarme.

De modo que estoy en Catalunya, y soy de Catalunya, desde 1965, salvo algunos largos ratos que nada tienen que ver con mi voluntad, y sí con la feroz manía de quienes han odiado cualquier chillerío a lo que siempre estuvo instalado. Esta gentualla, que ha tenido tanta ojeriza y tanto miedo histórico a los de abajo, me envió a cierto cuadrilátero de Soria durante un año y medio; no obstante, en dicho sitio estábamos también gente catalana y -mira por dónde- aprovechamos el tiempo leyendo algunas cosas que nos fueron de utilidad. Por eso, aquella casona, al pie del Moncayo, era un lugar de sentimientos catalanes porque allí estábamos unos cuantos de Barcelona, Terrassa y Mataró en contra de nuestra voluntad, pensando cómo volver a las andadas cuando nos dieran el alta. Ese año y medio, en aquella prisión -que no otra cosa era el cuadrilátero- ha sido el único tiempo que me privó de ver la playa de Sant Simó, irme a Can Bruguera o -¿por qué no decirlo?- echarme al coleto algunos tragos de champán (hoy se dice cava) con quien yo quisiera, y donde me diera la gana. Pero yo vine a Catalunya a labrarme un porvenir, no para que cuatro conmilitones del horror me enviaran al penal. Sin embargo, las cosas vinieron como vinieron; a fin de cuentas no sólo no me quejo, sino que tengo un cierto gustazo personal por lo que debo a este país y por lo que haya podido darle. Me he casado dos veces; mejor dicho, la primera vez fue, por cierto, en el Penal de Soria; mis segundas nupcias, hace pocos años, las hice en Badalona por motivos que no vienen al caso. He tenido un hijo, quiero a mis amigos, cuento con miles de compañeros y compañeras: lo que se dice una familia numerosa. En más de una ocasión me han dado por el saco; y más de cien veces les he hecho la puñeta a más de cuatro, la verdad es que se lo tenían bien merecido. Así que, ¿se puede pedir más?. Esta es la certidumbre de mis cosas catalanas.

En aquellos días lejanos sabía que dejaba atrás una tierra bellísima, que sólo unos pocos podían disfrutarla; me iba, en especial, huyendo de un prolongado tedio histórico, que estaba perfectamente organizado para que nadie fuera capaz de sobrepasar la regla de tres compuesta, no fuera que se desparramara un poco de ciencia entre las personas subterráneas.

Antes de tomar el tren tenía que despedirme obligatoriamente de alguien muy importante en mi vida; conviene tener buenos modales y seguir las reglas de la urbanidad. Por lo tanto, me dirigí a Puerta Real, enfilé hacia una plazuela, y le dije adiós a Mariana Pineda. Con un quédate con Dios, Mariana me consideré cumplido.

Camino del Paseo de Andaluces iba canturreando las granadinas del maestro Álvarez, ésas que dieron la vuelta al mundo con las voces de Caruso y Fleta. Estas coplas me las enseñó mi padre adoptivo, el maestro confitero Ceferino Isla; él me explicaría la historia de la Mariana, que así le llaman a Marianita Pineda la gente de Granada; me hablaba también de Federico y de don Fernando de los Ríos; de las diferencias entre los demócratas y los republicanos en los Estados Unidos, porque no le hizo ninguna gracia que yo celebrara el triunfo del partido republicano cuando ganó Eisenhower -en el pueblo le conocíamos por Eizennove- que yo leí en El Ideal. Claro, si me hablaba de la República española ¿cómo no iba a ser yo del partido republicano?; aquello quedó zanjado al explicarme que los republicanos eran los gordos y los demócratas eran los nuestros, a fin de cuentas -me aclaraba- Rooselvelt había sido una buena persona. En La Vega los gordos eran los ricos, y no se trata de ninguna metáfora. De todos modos, este fue el primer misterio político de mi vida, disculpable a todas luces porque era niño chico todavía, pero ya anunciaba los pocos aliños que siempre tendría en ese menester.

Atrás se quedó La Vega y la memoria del maestro Ferino, que se me había muerto hacía ya algunos años; entendí que era la primera vez en mi vida que estaba realmente solo. Yo me iba a Barcelona y quería comerme el mundo. Desde luego, no volvería a Santafé con tres o cuatro bolígrafos en el bolsillo de la camisa, las gafas de sol y el transistor a la bandolera, como hacían algunos cuando venían de vacaciones. Es verdad, muchos de los que volvían por unos días hacían ostentación de tanta baratija, con el ánimo de insinuar que las cosas les iban de maravilla; una decía que su hija se había casado con el dueño de una empresa de tejidos de Sabadell, otro afirmaba ser encargado de una obra; los más consumían en las tabernas brebajes tales como cubalibres y cosas por el estilo, en vez del vino blanco pasto que se estilaba en Santafé. En fin, se trataba de demostrar que las cosas les iban a las mil maravillas en Catalunya. La realidad era otra: aquella mozuela se había casado, todo lo más, con un contable; el que decía ser encargado de una obra era (nada más y nada menos) que un buen oficial destajista que se dejaba el lomo de sol a sol. La gente del pueblo empezó a rehuir a los que consumían cubralibres porque la ronda salía muy cara para aquellos bolsillos tan endebles: en mi pueblo pagar cada uno lo suyo era impensable; hubiera sido motivo de ruptura de amistades o por lo menos fuente de amplios chismorreos.

Antes de aquel largo viaje había tenido una cierta relación con Catalunya: cuando era niño admiraba al Barcelona CF porque me gustaban los colores de la camiseta de sus futbolistas; con quince años leí una serie de entrevistas de García Lorca, en catalán, publicadas en las obras completas editadas por Aguilar, que mi padre, Pepe López, iba pagando cinco duros cada mes al ditero hasta las doscientas cincuenta pesetas que costaba el libro, ¡mil reales de los de entonces!; y más tarde -en el servicio militar, en Porto Pi- me hice amigo de un grupo de marineros catalanes, destinados en la Comandancia de Palma de Mallorca y en la III Escuadrilla de Dragaminas.

Lo dicho: las camisetas de Seguer, Biosca y Segarra fueron como una especie de heraldo que ya indicaba una determinada preferencia estética, desoyendo la opinión de mi padre, seguidor del Atlético de Bilbao porque no tenía extranjeros. De todas formas había algo más: el delantero centro del Barcelona, César, había jugado en el Granada, mientras que Telmo Zarra no constaba que hubiera tenido esa atención. De modo que me hice furibundo partidario del Barcelona con diez años; además del color de las camisetas, como el Granada estaba en Segunda división no había peligro de que Basora perforara las redes contrarias, y eso sí que hubiera dado hablar: esta situación me libraba de tener problemas de fidelidad entre la voz de la tierra y los colorines azulgranas. De todas formas yo no me limité a apuntar los resultados del Barcelona en un cuadernillo al uso, también participaba en el campeonato de una primera división, organizado por la chiquillería. Nosotros íbamos a las tabernas -de nombres rotundos como el Mau Mau o El Infierno, que tenían carteles curiosos como se prohíbe el cante y la palabra soez- y allí recogíamos las chapas de los botellines de las cervezas, las forrábamos con tela, y en aquella cosa pegábamos los retratos de los futbolistas, que venían en las pastillas de chocolate, con un extraño amasijo de agua y harina. Cada uno tenía su equipo particular, y con unas normas más o menos convenidas jugábamos nuestros partidos. Me parece recordar que mi Barcelona CF no estuvo a la altura de su prestigio, y pocos trofeos cayeron sobre mis chapas azulgranas. Al parecer, tampoco en estas artes estaba mi futuro.

Cuando tuve las obras completas de Federico García Lorca (a los catorce o quince años) observé que había una serie de entrevistas al poeta en lengua catalana; entendí bastantes cosas de aquellas conversaciones con el crítico Bagaría, con las floristas de la Rambla como telón de fondo, aunque no tenía con quien consultar algunas palabras, tan complicadas para mi en aquel entonces, como nogensmenys o tanmateix, que ya me insinuaban una lengua hecha y derecha. Recuerdo perfectamente que le leía al maestro Ferino, aquellas entrevistas en catalán; con toda seguridad mi fonética debía ser inventada, aunque yo procurara, sin saber porqué, seguir las reglas de la pronunciación francesa. Un día le dije: Oye tito, ¿cómo hubiera traducido Federico al catalán su verso noche que noche nochera?. Me aclaró, socarronamente, que los de La Fuente no hablan catalán; en efecto, era constatable que si cogías el tranvía y te plantabas en Fuentevaqueros, allí no se hablaba catalán. Mi tío y yo, cuando conversábamos sobre Federico, lo hacíamos muy bajito para que mi tía Pilar López, su esposa, no lo oyera porque decía que Lorca había sido rojo y maricón; era, realmente, una mujer contradictoria porque afirmaba que don Fernando de los Ríos era un caballero, y lo único que no entendía de Franco era que el Maestro Falla se hubiera ido de España. Pero mi tío Ferino y yo no hablábamos de estas cosas con ella. ¿Para qué darle irritación alguna?, decía él, nosotros somos republicanos y eso ya nos basta. Quiyo, sigue leyendo eso de que el coñac de las botellas se disfrazó de noviembre para no infundir sospechas. Y yo, con mucho gusto, le recitaba el romance de la Guardia civil; eso sí, en el sótano, para que no se enterara ella, que me acogió con seis meses y me hizo de madre; de esa manera la llamé siempre. Ahora, de vez en cuando, me pregunto cómo podría traducirse al catalán éste y otros versos del Romancero gitano; lo hago porque siempre me quedo alelado con las formidables traducciones que se han hecho, por ejemplo, de Homero, Virgilio, Ovidio y Dante; también de los rusos. En aquellas canículas, yo no sabía estas cosas, ni el maestro confitero tampoco.

Pero lo más singular fue la relación con aquellos marineros catalanes de Palma de Mallorca; ellos me enseñaron a chapurrear el catalán y, ¿quien lo diría?, hasta fundamos algo así como una peña que se llamaba Blau i gris. Era la única actividad anómala que se hacía en la Base naval. Alrededor de una inmensa lata de caballa y de un buen garrafón de vino mallorquín hablábamos de lo humano y de lo divino, despellejando vivos a Ortega y Gasset, Unamuno y a cuantos se nos pusieran por delante; allí me enteré de cosas asombrosas como, por ejemplo, que Unamuno era un pesetero de cuidado, y que Ortega era un caprichoso: ¡quien lo iba a decir!. El alma de aquel cónclave era Xavier Mas, de Canet de Mar, que tanto me ayudó después, en mis primeros años en Mataró. De modo que con tal bagaje -la vistosidad de los colores de un gran equipo de fútbol, las entrevistas de Lorca a Bagaría, y mi pertenencia a un grupo de contertulios, que nos cubríamos la cabeza con un lepanto, que es el gorro marinero- debí considerar que ya estaba en condiciones de marcharme a Catalunya una vez que acabara mi compromiso con la Marina. Dicho y hecho, iría a trabajar a Mataró en la empresa de la que era socio el cabo segundo, encargado del Detall del Dragaminas Genil; en mis tiempos de mili pude comprobar, además de cincuenta mil cosas inútiles, que todos los cabos furrieles eran catalanes. Los correajes y el armamento los guardaban los cabos primeros, naturales de ambas Castillas; la despensa sería para los furrieles catalanes: normal, tenían buena letra y sabían las cuatro reglas. De esta suerte se iban poniendo, al alimón, los cimientos de la artillería castellana y la intendencia catalana, como anticipo de futuras manías casamenteras.

Como he dicho antes, llegué a Barcelona el 4 de agosto por la noche. Tenía la intención de acercarme a la casa de un pariente en la calle Ripoll, que -según me habían dicho en el pueblo- estaba cerca de la Estación de Francia. Al primero que vi le pregunté por la calle Ripol, alargando yo la ele hasta el infinito; no es que no supiera pronunciarlo debidamente, pero así resultó. La respuesta de aquel hombre fue textualmente: No sé donde está la calle Ripol; pero la calle Ripoll está por allí, enfrente de la Catedral. Me quedé profundamente indignado con el sujeto, y conmigo mismo; consideré que aquel tipo me había vejado de manera cruel, y me enfadé conmigo mismo por no haber hablado adecuadamente. ¿No se daba cuenta de mi maleta? ¡Por la Virgen del Pasmo! ¿a dónde has ido a parar? ¡Cuánta malafolla tiene esta gente!; vuélvete a La Vega que allí tienen más modales, y a nadie se le ocurre ser muy exigente con determinados sonidos. Verbigracia, si a un servidor, pongamos por caso, le para un catalán en Granada y me dice: Por favor, ¿ustet me puede decir dónde para el tranvía que va a La Cartuja?, yo no me hubiera hecho el quejicoso; sabría que ustet quiere decir usted, o sea yo; y, muy finamente le hubiera contestado: Está al caer, y esta es su parada; hasta luego, señor.

De verdad, mi primera reacción fue volverme al pueblo; sin embargo, tenía un problema enorme: no sabría explicárselo a mi tía Pilar. La única consolación era, de momento, soltar una retahíla de juramentos. Entre blasfemia y blasfemia me olvidé de la desdichada calle, y me fui a cenar allá donde pude, sin compañía por primera vez en mi vida. ¡Madre mía, lo fastidiosas que son las primeras impresiones cuando tienen ciertas inconveniencias!. Menos mal que, en mi caso, todo se había reducido al problema de una maldita elle que, para mi mayor estupidez, yo sabía pronunciar; ¿qué pasaría con otras personas, qué otros problemas verdaderamente serios habían tenido o tendrían en el futuro?. Me dije que lo mío no era nada, pues quedaba reducido a una vejación fonética; me jaleé pensando que si no tragaba ese sapo no me comería el mundo. Pero la solución no llegó con estas disquisiciones extremosas, sino gracias a la buena amistad de un porrón de vino, en mi primera cena en Catalunya, que me hizo olvidar el tropezón e, incluso, la existencia del abecedario; evidentemente, a las penas puñalás.

Al día siguiente llegué a Mataró, y di con mis huesos en una pensión de la calle Pujol; su dueña era profesora del Instituto de Enseñanza media. No recuerdo muy bien porqué motivos, pero lo cierto es que no me alojó en una habitación de las normales, sino en una buena sala atestada de libros de toda índole, miles de volúmenes de no sé cuántas generaciones. Este es mi primer recuerdo fuerte de aquel Mataró. Supongo que el peso de la maleta, y las ganas de dejarla en su sitio, me impidieron observar el itinerario de la calle Churruca, el Camino Real, la Rambla y un poquito de la Riera hasta llegar, torciendo a mano derecha, como corresponde, a la calle Pujol; así que mi primera mirada despaciosa en Mataró fue aquella sala familiar con tanto libro ordenado. La verdad es que nunca había visto cosa igual; ni siquiera en la Biblioteca municipal de Santafé, que en aquel entonces no debía llegar a los cien libros. Aquella profesora y fondista tenía más volúmenes que los comprados por el ayuntamiento de mi pueblo; además, estaban los clásicos, mientras que en Santafé ni siquiera tenían a Federico, aunque sí disponían de los novelones de Gironella y Tomás Salvador, que eran un eficaz remedio contra el insomnio. Llegué a la primera conclusión en Catalunya: ¡cómo se nota la cultura de la burguesía catalana!, no sospechando todavía que una fondista ilustrada no necesariamente puede encajar en esa categoría. De todas formas percibí una diferencia rotundamente clara: en la Posada del Paseo del Señor de la Salud, de Santafé, no tenían ni siquiera las novelas de don Marcial Lafuente Estefanía. De suerte que fueron los libros de aquella biblioteca familiar en una pensión, lo que estableció la primera distancia entre el Santafé que había dejado atrás y Mataró.

Santafé era un pueblo en medio de La Vega; al fondo está Sierra Nevada -para nosotros era simplemente La Sierra- y por todos los lados hay choperas y más choperas acompañando el río Genil, que, según decíamos, cubre de alimento al Guadalquivir, allá por tierras de Córdoba. Mataró parecía ser otra cosa muy distinta; pero de eso me iría dando cuenta cuando dejé aquella habitación tan ilustrada, salí de la pensión y me eché a la acera. Al momento di de bruces con una de las calles que bajaba hacia la mar, y me alegré. Curiosamente no había relacionado todavía que Mataró era una ciudad costera, ni durante el corto viaje en tren desde Barcelona había caído en la cuenta; claro que había mirado las playas llenas de gente, pero una cosa era viajar, y otra es vivir para siempre en una ciudad que da a la mar. Recuerdo perfectamente mi primera reacción, porque ha sido una constante de toda mi vida en mis emociones con otras ciudades; he procurado en mi primera visita mirar un poco, sólo un poco, posiblemente como contrayendo un compromiso de volver a verla. Así pues, divisé la mar, y -como allí estaba para siempre- tornaría en otro momento. Tenía, en efecto, todo el tiempo de mi vida; sigue este consejo y no te precipites, de golpe y porrazo, viéndolo todo. Pero otra cosa, además de los libros, parecía clara: Mataró tenía la mar, y La Vega -en aquella época antigua- estaba muy lejos de cualquier playa.

Bien lo sabía muy bien mi abuelo Pepe López Vázquez que, durante muchos años, había transportado pescado -boquerones, sardinas, y japutas, que eran los pescaítos del nombre feo- desde Motril a Santafé en una recua de burros, atravesando todos los vericuetos de la Sierra; eso duró hasta que lo quitaron de en medio un día aciago, allá por el año de 1912. El viaje de ida a la costa era más liviano, y mi abuelo podía viajar encima de cualquier acémila; el de vuelta ya era más complicado, pues los serones y los capachos estaban llenos de pescados, así que el buenhombre desandaba el camino a pie; y de esa manera debía dormir, mientras sus manos se cogían a la cola del último burro, según la técnica antigua de los contrabandistas del campo de Gibraltar. Mi abuelo -pasados sus cincuenta- era muy atrevido con las mujeres, y eso le perdió. Efectivamente, chicoleaba con una vecina, cuyos apellidos encadenados tenían resonancias medievales. En cierta ocasión, la pareja creyó estar a salvo de miradas indiscretas, y aprovechó el momento, como era de esperar; desde luego ignoraron algo elemental: en el pueblo, en cada instante, todo se sabe. El caso es que el marido burlado cargó la escopeta como corresponde, atravesó la casa de puntillas, abrió los postigos con muchísimo cuidadito, llegó al tálamo, apretó el gatillo sin acordarse de la Virgen del Pincho, y la bala rompió el alma de mi abuelo; no hubo que lamentar más víctimas, menos mal. De esta manera el hombre aseó su frente, y con la ayuda de la justicia pagó lo que debía. Desde luego, aquel burlado, como no era querido, no podía perdonar que se amaran mi abuelo y la dama. Ningún poeta local tensó su lira para cantar las desventuras de mi López Vázquez; la familia tejió, sobre el particular, un hondo silencio que dura todavía.

Este recuerdo, sin embargo, me lo trajo aquel cacho de mar que deja ver la Baixada de Sant Antoni, según se mira desde la Plaça de Santa Anna. Supe en su momento que conmigo se rompió una tradición familiar poco respetuosa con ciertos maridos puntillosos. A lo único que me he atrevido ha sido a ponerle los cuernos mentalmente al marido de Gene Tierney; y con la intención también, al mismísimo Ives Montand; de esta manera, ya puedo decir que soy mayor que mis antepasados inmediatos, partidarios de ir más al grano; pero, en fin, ellos lo quisieron de esa forma.

Durante los primeros días en Mataró me llamó la atención el modo de vestir de la gente. Eran, ciertamente, personas trabajadoras que estaban todavía de vacaciones, pero no vestían como en Santafé; más bien se parecían al público de Granada, que incluso en los días laborables daban la impresión de ir bien mudados. No es que en mi pueblo fuéramos unos adanes; se trataba de otra cosa claramente diferenciada: nuestras ropas eran más catetas y, de alguna manera, recordaban los retratos antiguos, colgados en el comedor de cada casa andaluza. Pues sí, durante algunos meses tuve la extraña impresión que cada día era domingo en Mataró. Por lo que parecía, había dejado atrás la boina, el sombrero de paja, las abarcas y los pantalones zurcidos; eso sí, bien zurcidos y aseados. Ante mi aparecían personas todas ellas con zapatos -¿será posible en días laborables?- reservados en Santafé al médico, al practicante, al secretario del ayuntamiento, a los boticarios, y al representante de El Ocaso... Sin embargo, lo más llamativo eran los colores; en Mataró apenas se veían hombres y mujeres de luto, mientras que en el pueblo mucha gente, especialmente las mujeres, iban de negro; todo lo más de medio luto. Eran negros eternos, por así decirlo. Suponía vagamente que el vestir de la gente del campo no era igual que en las tierras industriales, pero yo no estaba en condiciones de hacer demasiadas disquisiciones sociológicas. Así es que, ya el primer día, tuve que soportarme a mí mismo con una ropa no muy acorde con lo que yo veía a mis alrededores; a aquella gente, sin embargo, le daba igual de qué manera iba yo vestido, y esto -¡qué bien para mi, de momento!- era impensable en mi pueblo.

En Santafé nos mirábamos los unos a los otros de una manera muy distinta de cómo se hacía en Mataró, en Granada y en las otras latitudes donde yo había estado. La mirada en los pueblos -al menos en aquellos entonces- formaba parte de un quehacer cotidiano, de una necesaria cultura; por supuesto, mirar no costaba dinero, y, de paso, se rellena un tiempo que siempre está en el mismo minutero. Sin embargo, a quienes se escrutaba, despaciosa y profundamente, era a los forasteros, en especial a los que viajaban en el autobús de Granada a Málaga de la compañía Alsina y Graells, cuyos dueños eran catalanes. Eran unos forasteros que bajaban a tomarse un café, ora en el Bar Americano, ora en el Café Colón, según las preferencias y manías de cada cual. En mi pueblo todos los autobuses eran conocidos como la alsina, aunque fueran de otra compañía. A los viajeros se les miraba como si les estuviéramos sacando la piel a tiras; desde luego, no con una mirada agresiva, porque a todos se les decía con toda educación cuando el autobús despegaba: Vaya usted con Dios, vaya usted con Dios. Nuestra mirada hacia aquellas personas tenía otro interés añadido, porque hacían estraperlo de medias de seda, de pastillas Roter para el dolor de estómago, de paquetes de tabaco de picadura Jorge Russo que traían de Gibraltar... Nos preguntábamos si les cogería la brigadilla de la Guardia civil, cuánto género costaría a cada contrabandista que los civilones hicieran la vista gorda, o qué sobo les darían a las mujeres estraperlistas. Mirarles (mirarlo todo constantemente) era una actividad obligada para matar un tiempo que, de lento que era, podía sofocar al más pintado. Pero la mirada era absolutamente imprescindible para las cosas de la labor; ¿cómo está el cielo? ¿cómo está la noche? ¿cómo están los campos? ¿cómo baja el río? ¿cómo están las nubes? ¿cómo está la Sierra? ¿de dónde viene el viento?. En realidad, nada dependía del hombre, siempre a merced de lo que pasaba por las azoteas del firmamento; el único recurso era la mirada larga, que no decidía gran cosa, pero es lo único de que disponías. De ahí que todo el mundo se supiera al dedillo las estrellas, si llovería o no, si el viento vendría del Veleta o de Parapanda, y otras cosas por el estilo.

En Mataró eso importaba bien poco; mejor dicho, no figuraba entre las preocupaciones de la gente: interesaban otras referencias no menos importantes. Desde luego mi vestimenta importaba un comino. Comoquiera que no era mirado ignoraban que era forastero. Y es que la gente de Mataró, cuando iba por la calle, se parecía a la de todas las ciudades, dándome la impresión, aquel primer día, que se dirigían a alguna parte; en Santafé no se iba a ningún punto fijo, siempre se estaba en el mismo espacio diminuto, que -desde las Capitulaciones de América- lo conocíamos de pitón a rabo.

Pero, a pesar de que nadie me echara un vistazo (una cosa es mirar y otra es echar un vistazo) yo era un forastero en Mataró, y lo peor del asunto es que no sabía si sería un extraño para toda la vida como lo fue El Tío de las Tortas en Santafé. Este buen hombre llegó al pueblo hacía muchísimos años y se ganaba la vida vendiendo tortas, pipas, altramuces (que allí decíamos chochos), tebeos, novelas del Oeste y demás género en un tenducho casi al lado del Ayuntamiento; más tarde puso una heladería y hacía, según nosotros, los tutti frutti mejores del mundo; sus hijos nacieron en el pueblo y, ya mayores, ensancharon el negocio a mejor, por todo lo alto. Pero El Tío de las Tortas, ya cargado de edad, seguía siendo un forastero, un extraño; daba la impresión que los santaferinos teníamos un concepto de ciudadanía local tan estricto como los andorranos, de los que sólo teníamos noticias a través de los discos solicitados a Radio Andorra.

Yo también corría el peligro de ser un forastero eterno en Mataró, y si había dejado Santafé, ¿qué señas propias tendría? De momento no podía hacer nada, lógicamente; así es que me dediqué a ver, oler y tocar todo lo que pudiera aquel 5 de agosto; es de suponer que la construcción de nuevas raíces debe empezar por una continua mirada de todo lo que te rodea.

Aquel primer día estuvo lleno de sensaciones nuevas: la ciudad tenía unos establecimientos, unas cafeterías y unos pasos de cebra igual que en Granada, y unos autobuses como en Granada. Cada cual puede pensar que yo era un cateto. No tal, porque había estado en Sanlúcar de Barrameda y en Utiel, y había hecho el servicio militar en Palma de Mallorca. Incluso estuve una vez en Madrid; allí me llevaron a visitar el Museo del Prado del que sólo recuerdo el inmenso cuadro de Las Lanzas, que en mi pueblo tenía poquito, lo que se dice poquito predicamento debido a cierto sentido común de la esposa de un capitoste local. El asunto fue famoso y, desde luego, muy comentado por los sabihondos del lugar que lo contaban retorciéndose de risa. No sé por qué razones la dama fue invitada a ver el Museo por don Antonio Gallego Burín, a la sazón Director General de Bellas Artes, y medio paisano nuestro. El caso fue que durante la visita la dama hizo una serie de aspavientos ante el cuadro de Las Lanzas. Don Antonio le preguntó si acaso no le gustaba; la respuesta fue, ya digo, de sentido común: ¿Qué quieres que te diga, Antoñito?. Prefiero aquel más chico de allá al fondo de la sala; Gallego Burín le dijo que tenía el mismo gusto que don José Ortega y Gasset, que era un enamorado de Mantegna. Que no, Antonio, que no es eso; es que con este cuadro tan grande de Velázquez, te pasas todo el día quitándole el polvo; el otro, tan insignificante, con un tris tras ya lo tienes limpio; mientras tanto, su mano zurda caracoleaba por el aire con un plumero imaginario.

Así es que yo no era un palurdo pues había estado en algunas sitios de cierto relumbrón, pero era lógico que tuviera un amasijo de nuevas emociones en mi primer día mataronés; quiero decir, en una ciudad donde quería aposentarme. Debí decirme ante tanta variación que aquí, en efecto, me iba a comer el mundo, aunque más adelante de manera más realista tuve que rebajar mucho mis pretensiones. En resumidas cuentas, aquel primer día fue un atracón de cosas nuevas, una mirada de pasmarote de quien no se acaba de creer que justamente ahí está su presente y su porvenir. Es algo así como la perplejidad ante una serie de cosas normales con las que no se ha tenido nunca, estando solo, una relación estable; no había más remedio, pues, que bucear en ese nuevo mundo lleno, además, de coches y de motos, que nada tenía que ver con los carros, los mulos y demás animales de labranza que había en Santafé.

La primera noche me vino una riada de extraña y profunda melancolía. En esa hora en que te metes en la cama, a pesar del amparo que me venía desde el padre Homero hasta Dos Passos, la garganta se me extrañó como si una poderosa raspa de bacalao me invadiera desde el cielo de la boca hasta el escroto. Algo me tentó, como indicando que debía volver al pueblo. Es verdad, allí estaba el tedio histórico, gobernado con mano dura y vara verde por los gordos contra los de abajo; allí tenías el desespero de si llovía o no llovía para poder trabajar en el campo o donde encartara; allí se agolpaba una rutina secular desde que Doña Isabel de Castilla y su esposo Don Fernando fundaron el campamento militar para expulsar a los nazaritas granadinos de una tierra que hicieron famosa. Allí no había pasado casi nada desde que la Iglesia parroquial se quemara en el siglo XVIII, la espantosa epidemia del cólera del siglo pasado, o el invento de los dulces piononos a cargo del padre del maestro Ferino, o el ingenio de la pastilla koki contra la tos a cargo del doctor Faustino (que, según decían, era gitano), o cuando aquel famoso mitin de don Fernando de los Ríos durante la República. De todas formas lo más importante que ocurrió en Santafé fue el nacimiento de La Tortajada, la mejor bailarina del mundo, nos decían los viejos. Había danzado -según las envidiosas, en cueros vivos- ante los mismos zares de Rusia, ganando tantas espuertas de dinero que podía haber comprado media vega; más tarde, nuestra bailarina fue arruinándose -¡cosas de los artistas, ya se sabe, que no guardan para la vejez!- y se retiró al pueblo acogiéndose a la hospitalidad de una familia amiga. Nosotros decíamos que nadie había bailado, ni bailaría nunca como La Tortajada. Pero, ahora que caigo, tuvimos un héroe local de muchas campanillas, a quien yo traté de tú a tú; se trataba del famoso ciclista José Pérez Garzón, a quien no se sabe muy bien por qué todos llamábamos don José. En aquella época se corría de otra manera; las carreteras estaban llenas de pozancones y de adoquines, mientras los pobres ciclistas iban con las llantas de repuesto cruzadas en las espaldas. Nuestro don José ganó no sé cuántos premios y era la gloria de La Vega; para nosotros Coppi, Bartali y Bernardo Ruiz eran unos señoritingos al lado de Pérez Garzón; el pobre murió muy joven, y ahora no recuerdo cómo fue aquello. Descansa en paz, don José. En realidad esas eran las grandes efemérides locales, dignas de figurar en los cronicones del pueblo. Necesitaba, por lo tanto, una poderosa coartada que me justificara la necesidad de volver a Santafé. ¿El tedio histórico, las rutinas centenarias, la ausencia de futuro? ¿Qué más daba? En todo caso eran mis seguridades. Por lo que yo sé todo el mundo se agarra a sus certezas como a un clavo ardiendo; al final, te achicharras la mano, y tú finges seguir tan campante.

Siendo yo muy niño supe que el maestro Ferino había recibido una importante oferta para trabajar en un hotel de postín, de Barcelona; eso suponía que los tres (mi tía Pilar, el maestro Ferino y yo) iríamos a vivir a Barcelona. El maestro confitero rechazó el ofrecimiento con la alegría de su mujer. A mi tía Pilar no le hacía gracia el asunto, seguramente porque tenía una opinión muy particular de los catalanes, a los que censuraba por su ateísmo, en unos casos, y en otros por su poco temor a Dios. Pero la opinión del maestro Ferino fue determinante. Recuerdo perfectamente que íbamos una tarde de otoño -el día de la merendica, festividad de Santa Catalina- por las alamedas, que acompañan al Genil. Le pregunté que por qué no nos íbamos a Barcelona, que iba a ganar mucho dinero, que si patatín, que si patatán. Me dió la respuesta al instante: ¿Cómo vamos a dejar esto?. Esto era la Sierra que estaba nevada hasta Monachil, La Vega más verde que una sandía, el río que le presta el agua al Guadalquivir; esto era, en efecto, una tierra portentosamente bella, a pesar de los gordos; esto era el paisaje de Federico, que fue asesinado por tres chupacharcos a sueldo.

 

Esta nostalgia me mandaba regresar mañana mismo. Sin embargo, algo debió auxiliarme contra aquella melancólica cobardía, que era una coartada nacida del pavor. Me vino a la cabeza un viaje en tren a Granada haciendo yo el servicio militar; un marinero de mi dragaminas empezó a llorar cuando estábamos llegando a la capital. No paraba de hacer pucheros, y decir ¡esta tierra, esta tierra!. Yo sabía que era extremadamente pobre, y me di cuenta que se refería a los campos feraces en manos de los gordos. Gracias, amigo; si me quieres escribir ya sabes mi paradero. Te debo varias resmas de recuerdos y -aunque no lo sepas- buena parte de mi forma de ser. Por eso salté de la cama como un tigre: Ni hablar, allí no vuelvo. Si lo hubiera hecho, habría sido el hazmerreír, y estaría a la altura de cierto mozuelo santaferino que trabajó unos cien días en una empresa metalúrgica de Cornellà; este mozalbete, sin embargo, dijo que le sentaba mal el Bajo Llobregat, y se volvió tan peripuesto al pueblo. No se sabe si las artes metalúrgicas perdieron un buen operario, porque no se dió el tiempo suficiente; pero sí es conocido que, después ya en la democracia, llegó a ser senador por Granada. Nunca se entendió bien por qué las aguas de Madrid le cayeron mejor que los ruídos de la fábrica de Cornellà; pero, en fin, así es la vida. En cualquier caso, estoy en deuda con aquel senador por su inestimable ayuda, pues sin ella hubiera sido como él, que tiene la suerte de seguir viviendo en La Vega de Granada.

La primera noche, pues, se zanjó de manera definitiva cualquier duda: no volvería a La Vega, como tampoco volvió el doctor Faustino que se quedó en Madrid y allí inventó las pastillas koki (de mentol penicilina, decía la propaganda). Me dije: no es posible que aquí seas forastero; el Tío de las Tortas lo fue en Santafé porque era el único de fuera; aquí, lo sé positivamente, hay miles y miles de personas que hemos venido de por allí. En cualquier caso debía atarme los machos y estrujarme la sesera. Ábreme las puertas, Catalunya, o te diré cuatro frescas.

Mañana será otro día.



 

José Luis López Bulla.
Director del CERES de CCOO de Catalunya.

http://lopezbulla.blogspot.com

Este artículo es el primer capítulo del libro de José Luis López Bulla, que publicará próximamente Editorial Empúries.